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29 de octubre de 2017

¿QUÉ ES EL AMAGÜESTU?

¿Qué es el amagüestu?

El término amagüestu, que también se denomina magüestu, magüesto, amagosto o magostada, es una tradicional celebración en la que se toma sidra dulce con castañas. Tiene lugar en el mes de noviembre y  prácticamente se celebra en toda Asturias.
El amagüestu es una fiesta pagana cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, si bien las referencias mas cercanas son las del pueblo celta, ya que se sabe que estas fiestas agrarias formaban parte de las celebraciones del hombre prehistórico.
La castaña y el día de los difuntos aparecen vinculados desde tiempo inmemorial a la fiesta del amagüestu, que normalmente tiene lugar en la primera quincena de noviembre, ante la llegada del invierno que supone la muerte de la luz, es decir, el fin de un ciclo que se repite cada año.
Según creencias antiguas la castaña era el símbolo del alma de los difuntos.


Cada castaña que se comía liberaba un alma del purgatorio. En otros muchos lugares se festeja el día 1 de noviembre, coincidiendo con la celebración celta conocida como Samhain, una ceremonia de origen celta, de culto al fuego y a su efecto purificador sobre los malos espíritus y algunos malvados habitantes del bosque.
El día 1 de noviembre, los celtas apaciguaban los poderes del otro mundo y propiciaban la abundancia de las cosechas con la celebración de la fiesta samhain, la cual era, para unos, el comienzo del invierno y, para otros, el final de verano; en todo caso era el principio de una nueva gestación y de un periodo de intensa comunicación entre los habitantes de éste y del otro mundo. Se reunía una gran multitud porque era una fiesta obligatoria. Quien no asistía corría el peligro de perder la razón. La fiesta era para los celtas, una concentración de lo sagrado, en un tiempo y lugar determinados.
Por las mismas fechas, los romanos celebraban las saturnales.

La costumbre de comer castañas asadas con motivo de la festividad de la fiesta de ánimas, ha sido común en toda la zona norte de España.

10 de agosto de 2015

Tesoros que nos hacen amar Covadonga


 Tesoros que nos hacen amar Covadonga

Covadonga es uno de esos lugares con una magia que solo se siente al estar allí, al vivirlo en primera persona. En estas tierras, donde abundan las leyendas, se inició la Reconquista a manos del rey Pelayo. Enclavado entre las montañas y el Cantábrico, este lugar histórico esconde múltiples tesoros. Tres de ellos destacan por encima del resto, convirtiendo a Covadonga en un lugar único: la Santa Cueva, la basílica y los lagos que, a más de mil metros de altitud, reflejan la belleza natural de los Picos de Europa. Un trinomio de película.

Santa Cueva

Es sin duda una de las imágenes más impactantes que podemos llevarnos de Asturias:   en el medio de un valle, rodeado de frondosos bosques, hay un santuario en el interior de una cueva natural. El lugar guarda una magia especial, no solo por su significado religioso e histórico sino también por el entorno natural de excepción en el que está ubicado. En la roca encontramos una pequeña ermita que conserva la imagen más venerada de esta tierra, la virgen de Covadonga, también llamada popularmente La Santina. Otro tesoro de la cueva es la tumba de Don Pelayo, primer rey de Asturias, y su mujer Gaudiosa. El encanto de este santuario se hace todavía mayor gracias a una preciosa cascada que hay justo bajo la cueva y que cae a una pequeña poza.

Este entorno natural fue alterado por primera vez por la mano del hombre durante el reinado de Alfonso I (enterrado también aquí), que ordenó construir una capilla dedicada a la virgen María para celebrar la victoria ante los musulmanes en la batalla de Covadonga. En 1777 un incendio afectó al recubrimiento de madera destruyendo la talla original de La Santina. La talla actual data del siglo XVI y fue donada por la catedral de Oviedo en 1778.
 
La Basílica

A pocos metros de la cueva, sobre una pequeña colina, encontramos la basílica de Covadonga, centro monumental de culto de los asturianos. Este gran templo fue erigido por el arzobispo de Oviedo Don Benito Sanz y Florésen en 1877. Es de estilo neorrománico, con piedra rosácea y marmórea de las propias montañas del valle. Con dos torres enmarcando su portada de triple arco, consta de una nave central y tres ábsides escalonados. Su grandiosidad se percibe sobre todo en los días grises, cuando la niebla inunda Covadonga por completo.

Al recorrer el interior de la basílica, debemos fijarnos especialmente en algunas de sus obras de arte, como el lienzo de Luis de Madrazo, que representa la Proclamación de Rey Pelayo, así como el de Vicente Carducho, que simboliza La Anunciación. Otra de las obras que más nos impresionarán, sin duda, es la imagen de Nuestra Señora, hecha por el escultor catalán Juan Samsó. En el altar, además, destaca el panel de oro que retrata la batalla de Covadonga.

Lagos de Covadonga

Lago Ercina
Su belleza es sencillamente espectacular. Aunque se les conoce popularmente como lagos de Covadonga, lo cierto es que se encuentran a 10 kilómetros de distancia de la localidad de dicho nombre, y se denominan oficialmente Enol y Ercina. Los dos se encuentran en la parte asturiana de los Picos de Europa  y el acceso hasta ellos es en sí mismo toda una experiencia. Desde el monasterio de San Pedro debemos tomar una carretera de 12 serpenteantes kilómetros que nos lleva hasta este otro santuario acuático. Poco a poco vamos descubriendo este paraje natural, según avanzamos en la ruta. A mitad de camino merece la pena hacer un alto en el mirador de la Reina, que ofrece una espléndida panorámica de la zona como adelanto del indiscutible atractivo que nos aguarda.

Los lagos están separados por la loma de la Picota y rodeados de sinuosos parajes montañosos y campos de un verde intenso. El primer lago que encontramos es el Enol, a 1.070 metros de altura y con más de 12 hectáreas de superficie, rodeado de praderas donde pastan vacas, caballos y ovejas, ajenas al turismo. Desde aquí debemos seguir el ascenso hasta los 1.108 metros de altitud en que se encuentra el Ercina. Sus aguas resultan más peculiares por sus variaciones cromáticas. La vegetación acuática y los cambios de iluminación hacen oscilar el tono del lago del verde claro al oscuro, incluso pudiendo identificar a veces matices amarillentos o rojizos.

El reflejo de las cumbres en las aguas serenas es una imagen difícil de olvidar. El esplendor de este entorno se aprecia claramente con los colores propios de primavera y otoño, con las agradables temperaturas veraniegas, o con la blancura de las nieves invernales.

Reproducido de ABC Madrid. Fuente: Repsol.    

3 de marzo de 2015

ASTURIAS, PATRIA QUERIDA. -


Asturias, Patria querida.

(Génesis y metamorfosis de un himno)

Por Nicolás Aguila.- 

Cuentan que cuando Juan Pablo II visitó Asturias en el año 1986, lo recibieron como era de rigor con los acordes del himno asturiano. Y el Papa, que además de ser polaco las cazaba al vuelo, les dijo con cierta picardía a los altos cargos presentes en el acto: "Esa música… a mí me suena". Y cómo no le iba a sonar si era una melodía de su propio país, trasplantada a Asturias tiempos atrás por mineros polacos que se habían asentado en esa región al norte de España.

Para algunos era casi un escándalo constatar que la música del himno no fuera originariamente asturiana —más aún, ni siquiera española en general—, sino que había sido importada de Polonia como los pepinillos encurtidos. ¿Quedaba entonces el consuelo de la letra, al parecer tan auténticamente asturiana como la fabada misma? Eso era lo que se creía hasta que los investigadores se pusieron a examinar con lupa el texto de la canción devenida en himno y hallaron que todas las pistas apuntaban a una inevitable conexión cubana. La letra, si se juzgaba por su origen, era tan dudosamente asturiana como en su tiempo lo fuera El Encanto, la famosa tienda habanera gestionada por empresarios astures residentes en Cuba y precursora de los grandes almacenes Galerías Preciados y El Corte Inglés.

El letrista desconocido de repente dejaba de serlo. Salía del armario del anonimato, pero con un nombre que no tenía nada de anónimo ni de anodino. Se llamaba Ignacio Piñeiro, y así se sigue llamando, puesto que es una figura inmortal de la música popular cubana junto con su afamado Septeto Nacional. El maestro Piñeiro fue nada menos que el autor de éxitos tan sonados e inolvidables como Suavecito y Échale salsita, este último parcial y descaradamente plagiado por George Gershwin en su mundialmente famosa Rhapsody in blue.

Antes de conocer la letra original de Ignacio Piñeiro, ya yo había conocido en Cuba, de niño y en un contexto escolar, una versión de Asturias, Patria querida con la letra adaptada a fines religiosos. De ahí que a mí también me sonara esa musiquita que guardaba en el último rincón del disco duro. Se trataba de un canto sencillo que solo saco del cajón de los recuerdos porque no deja de resultarme curioso haber cantado en mi niñez una versión, digamos catequética, de Asturias, Patria querida, muchos años antes de conocer el himno asturiano como tal. Si la memoria remota no me hace quedar mal, la estrofa decía textualmente así:

Tengo que ser fervoroso,
tengo que amar a Jesús
llevándole todos los días
una pequeñita cruz.

Llegados a este punto, conviene aclarar que Asturias, Patria querida aún no había alcanzado por entonces su rango de himno regional. No fue sino hasta 1984, poco antes de la visita del Papa, cuando fue oficialmente declarado himno del Principado de Asturias. En mis tiempos de escolar con las hermanas de El amor de Dios, Asturias, Patria querida era simplemente una canción muy conocida en España, cantada en fiestas y celebraciones, muy especialmente entre asturianos. De ahí que, con excepción de la invocación patriótica del primer verso, que le da título a la composición, le falte el patriotismo y la marcialidad que caracterizan a los himnos nacionales.

La finalidad de Ignacio Piñeiro, al componer su canción, no era otra que homenajear al padre nostálgico a través de un tema que exaltase los valores de su Asturias natal. Y tanto lo logró con su texto sencillo y candoroso, que llegó a popularizarse como el canto por excelencia a la tierra asturiana. Con el tiempo –vaya usted a saber cómo y cuándo— la letra se divorció de la música original para casarse con la melodía polaca y alcanzar así su avatar definitivo de canción sincrética y transcultural, en mi opinión dignificada con toda justicia al elevarla a la categoría de himno asturiano.

No importa que la haya compuesto en Cuba o durante el viaje con su padre a España, como se ha discutido. Eso sería lo de menos. La pieza del maestro Piñeiro, dedicada a Asturias como a una novia lejana, está concebida por y desde la asturianidad más honda. Es asturiana por el tema y la intención, y lo es por la devoción filial del autor, un criollísimo cubano, mestizo por añadidura, hijo de padre astur y madre cubana afrodescendiente que muy probablemente sea la “morena” de la segunda estrofa del himno.

Si el ansia por recuperar el amor perdido de María Félix --que triunfaba sola y por la libre en los Madriles de fines de los cuarenta—fue la fuerza motriz que condujo al mexicano Agustín Lara a componer el chotis Madrid, desde México y sin conocer aún España; y si, sin proponérselo don Agustín, el número se convirtió en la canción emblemática madrileña, nada tendría de extraño que el canto asturiano por excelencia sea una pieza con música originalmente polaca, pero a la larga asturianizada, y con letra escrita por el músico habanero que triunfó y arrasó abriéndole nuevos rumbos estilísticos al repertorio sonero.

Pero sin ir más lejos, ¿acaso La Ma Teodora no se sigue considerando el primer son cubano? Más aún, es incluso reverenciada por muchos como la madre de todos los sones, no obstante el jarro de agua fría que nos lanzara el novelista y musicólogo Alejo Carpentier tras revisar viejos archivos y demostrar documentadamente, con meticulosa erudición de aguafiestas, que La Ma Teodora no pasaba de ser una copia de una antigua copla extremeña. Basta, sin embargo, con haber oído La Ma Teodora interpretada por el dúo Los Compadres, por poner un ejemplo señero, para no dudar en lo más mínimo de su raigal cubanía, sin importar que sus orígenes inciertos se remonten a una copla antiguamente cantada en la región de Extremadura, de la cual acaso no haya nadie que se acuerde en la actualidad.

De la misma manera, para entender por qué Asturias, Patria querida es el canto emblemático del Principado a mí me bastó sólo con haber contemplado a unos jóvenes asturianos cantando en un bodegón una canción que es suya por derecho propio. Independientemente de su génesis y metamorfosis, fruto de la interacción cultural inevitable en un mundo que en muchos aspectos ya era una aldea global antes de ponerse de moda la globalización posmoderna, lo autóctono del himno viene dado ante todo por la voluntad de los asturianos de hacerlo suyo.

La paternidad de una criatura no está determinada tanto por la huella genética de los progenitores como por el amor con que la acogen los padres de adopción.Asturias, patria querida es tan genuinamente asturiana como la sidra o la fabada, a pesar de su condición de hija adoptiva, o quién sabe si precisamente por ello. Y es tan asturiana como don Carlos, aquel simpático personaje de mi infancia que, siendo apenas un adolescente, emigró a Cuba y allí murió sin ver jamás de nuevo su terruño natal, pero con toda Asturias intacta en su corazón de astur cubanizado.

Reproducido de El País, Madrid
Nicolás Aguila, blog “Cuba al dente”

Publicado anteriormente en este blog el 29 de noviembrede 2012


17 de noviembre de 2014

Historia de la Sidra "El Gaitero"

La historia de “El Gaitero”

El origen de la compañía que comenzó a embotellar la sidra más popular de España hay que ir a buscarlo a los años finales del siglo XIX, cuando las sidrerías locales de Villaviciosa, Asturias, comenzaban a exportar la sidra al otro lado del mar, a las  Américas. Esta exportación siguió en aumento durante la mayor parte del siglo siguiente. Se ha dicho –y alguna razón hay en ello- que "El Gaitero” se convirtió en el cordón umbilical de los ‘indianos’, (emigrantes asturianos que residían en América), con su Asturias natal, con sus costumbres y sus recuerdos”.

Entre todos aquellos comerciantes de Villaviciosa sobresalieron los hermanos Alberto y Eladio del Valle, quienes –con gran visión-  en 1888 llevaron de Francia la maquinaria necesaria para un proceso de carbonización de la sidra, lo que dio un gran impulso a la producción.  

Apenas al año siguiente de haber montado la maquinaria, los hermanos del Valle fabricaban y exportaban una sidra espumosa que llamaron “El Gaitero”, como particular referencia a la tierrina, referencia subrayada con  una pintura de José Fernández-Cuevas para ilustrar cada etiqueta.  Formaron sociedad con Ángel Fernández y Bernardo de la Ballina y desde entonces la rúbrica de "Valle, Ballina y Fernández" puede leerse en la etiqueta de cada botella, aunque Eladio del Valle y Ángel Fernández vendieran poco después su participación a Obdulio Fernández: los tres apellidos quedaron, pues, vigentes y válidos para la razón social. Obdulio Fernández centralizó la producción, fomentó el uso de la publicidad y ordenó la construcción de una fábrica de botellas consolidando así la compañía.

Fue el comienzo de una sidra “achampañada” que ya no solo era degustada por los asturianos para refrescar su nostalgia, sino que pasó a ser preferida popularmente por su mayor dulzura y su condición de bebida casi similar y más económica que el champán francés, aunque luego tuvieron que renunciar a lo de “achampañada” por los derechos legales de la bebida francesa, y conformarse con un modesto “artificialmente carbonatada”. No provenía de la uva sino de la manzana, no era champagne pero, a falta de otra cosa, la gente le reconocía cierto parecido. Al menos entre muchas familias. Un zumo fermentado de manzanas, agradable, dulce, espumoso... Justo la bebida que se tomaba con los turrones y con la que se brindaba después de las uvas. Curiosidades de nuestra vieja historia.

¿Sidra champagne? No es extraño que circulara un viejo chiste: sentado en la mesa de un restaurante un cliente pide una botella de champagne. El camarero le responde: “Le parece bien una botella de la Viuda? (Veuve Clicquot, se sobreentiende). El cliente, sorprendido, le contesta: “Pero cómo, ¿Ha muerto el Gaitero?  

¿En qué momento “El Gaitero” dejó de utilizar la frase “sidra champán”?  Salvo error, el último cartel corresponde al año 1982 más o menos, porque  en otro posterior del año 1984, ya no figuraba.L´appellation d´origine contrôlée Champagne” tomaría cartas en el asunto.

Hoy, la mas que centenaria  firma “Valle, Ballina y Fernández” sigue elaborando su producto estrella: la sidra “carbonatada” “El Gaitero”,  con diferentes modelos (normal (0.5% de alcohol), natural, extra -etiqueta negra-, sin alcohol). En los últimos años ha centrado también sus esfuerzos en otros productos como el vino y zumos.  Además de bebidas, también poseen alimentos preparados y dulces navideños bajo esa denominación. Dentro del grupo también se encuentran las filiales Zarracina (sidras y vinos) o Bodegas Asturianas (licores).

Aún hoy la marca permanece grabada a fuego en la memoria de muchos españoles y su descendientes en América, igual que el fino Tío Pepe, la manzanilla Pochola, los brandis (otro eufemismo por cognac) de Domec, las sardinas Palacio de Oriente, el aceite Carbonell, las galletas María de Fontaneda y los turrones Sánchiz Mira y El Almendro. Y que el caldo gallego, la fabada, los callos a la andaluza y el cocidito madrileño.

Fuentes: Wikipedia,
y la página oficial de Sidra “El Gaitero”.

 

6 de diciembre de 2013

El puente del beso



El puente del beso

Ana Dolores García

Todas las ciudades tienen su puente –o más de uno- cargado de leyendas, simplemente atractivo o con alguna peculiaridad exclusiva. 

Venecia tiene muchos, pero dos de ellos son especiales: uno por su belleza y leyenda, el de los suspiros, el otro, el Rialto,  por su belleza y porque cada dos años lo escogen para promocionar en afiches un famoso festival de cine. París también tiene varios, todos bellísimos y algunos con historia propia. Nueva York el de Brooklyn, cargado de bombillas, San Francisco su “Golden Gate” repleto de oro cuando se pone el sol, y Tampa un “Sunshine Skyway Bridge” con complejo de montaña rusa. Sevilla se enorgullece de su saleroso Puente de Triana.  No importa que algún pueblo no tenga puente, porque aunque no lo posea la televisión le inventa uno y trata de que usted averigüe su secreto, como el del  culebrón de Antena3 que ya va por su capítulo 709. (Y el secreto del puente viejo sigue sin descubrirse). 


Este es otro puente: "El Puente del Beso", que es uno de los siete que sobre el río Negro se encuentran en Luarca, Asturias, permitiendo el paso entre los distintos barrios de la Villa. 

Allí se les ofrece a los forasteros que la visitan en el verano, la trágica leyenda que le ha dejado tan romántico nombre. Leyenda que nos llega desde tiempos medievales y, de la que como tal, ya no podemos separar lo que  en un principio fuera realidad y lo que a través de los siglos se le ha ido agregando o alterando. Modernos juglares del siglo XX y del XXI la han incluido en sus temas, no ya cantándola por las polvorientas rutas de Castilla, sino contándola, sin laúdes ni tamboriles, por las retorcidas y empinadas calles luarquesas.

Se le encuentra también en libros, como el de “Historias y Leyendas de Asturias”, en el que su autor Miguel I. Arrieta cuenta la historia de un bereber llamado Cambaral, figura que fue de tal resonancia en la historia de Luarca, que ha dado nombre a uno de sus barrios más característicos.

Pues bien, procedente de África, el moro Cambaral –que se dedicaba a la piratería-, con su pequeña flota se adentró en el Atlántico hasta estacionarse al norte de la península ibérica para asolar sin clemencia a los pescadores del Cantábrico. Los de Luarca, al igual que los de otros puertos pesqueros de la región, llevaban ya tiempo sufriendo la crueldad de sus ataques y la codicia de sus saqueos, porque poco podían hacer contra las ágiles barcazas que los embestían. Las rústicas embarcaciones con las que   ellos faenaban en las costas no eran aptas para combates de esa naturaleza y ellos -duchos en el uso de las redes-, poco sabían hacer con un mosquete en sus manos.   A la inversa, los buques de la flota real, de gran tamaño y lento movimiento, no eran capaces tampoco de dominar  las rápidas y ágiles embarcaciones de los piratas.

Pero es mejor que sea el propio Miguel Arrieta el que nos narre la leyenda con toda la melosidad de un relato romántico:

«Cansado de las tropelías que cometían los berberiscos, el señor de la fortaleza de Luarca, también conocida como La Atalaya, decidió que ya era hora de acabar con ellas y que, dado el fracaso de la flota real, se hacía necesaria una nueva estrategia que facilitara su captura. 

Embarcando a sus más fuertes y aguerridos guerreros en sencillas barcazas de pesca, bien disimulados entre sus aparejos y artes, salieron a la mar a esperar que apareciese la flota berberisca. A pocas millas de Luarca, se pusieron a pescar con la intención de que los moros les viesen como un botín fácil y  confiadamente les asaltaran.

Efectivamente, en cuanto aparecieron los barcos berberiscos y vieron las barcas de pesca, se lanzaron a su ataque. Pero cuál no sería su sorpresa, en cuanto se acercaron   y vieron que de ellas salían decenas de guerreros perfectamente armados y preparados para el abordaje, y que eran las inocentes barcas las que les atacaban a ellos y no al contrario, como tenían previsto. El combate fue largo y cruento, pero la sorpresa y maniobrabilidad de las barquillas dieron toda la ventaja a los luarqueses.

Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de La Atalaya, en cuyas mazmorras lo encerraron sin curarle siquiera las heridas.

Mientras el señor de Luarca y sus aliados festejaban el triunfo y preparaban los despachos para anunciarle al rey la buena nueva, la hija del señor, una bella doncella de espíritu generoso y gran corazón, pidió permiso para curar las heridas de Cambaral y se dirigió a las mazmorras.

Había poca luz allí, pero parece no les hizo ninguna falta, pues fue verse, siquiera entre las sombras, para que sugiera entre ellos el más puro amor. A pesar de las heridas, o quizá por ellas mismas, Cambaral comenzó a sentir lo que todas sus correrías le habían ocultado: que era huérfano de corazón,  y que al fin podía hallar descanso y sosiego  en este amor que se le ofrecía. 

La hija del señor, que nunca había sentido las punzadas del amor noble, curó las heridas casi con veneración, pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre, sabía cuál iba a ser el destino de Cambaral y, por ende, más que probablemente, el suyo.

En aquella semioscuridad se declararon su amor mutuo y se hicieron las promesas grandilocuentes con que los amantes noveles adornan la adversidad. 

Pero cuando Cambaral se recuperó de sus heridas, volvió a emerger en él su audacia y su ingenio, que tan bien le habían servido en sus correrías por todas las costas desde Argel hasta el Cantábrico, y planificó la fuga de ambos.

Fue una huida alocada, sin posibilidades de éxito, prácticamente, pero los ojos de los amantes no veían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en su pasión. No veían otra cosa que esa determinación cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral. 
Sin embargo, el señor de la fortaleza ya había sido avisado de la fuga y, con un destacamento de tropas, esperaba a los amantes en el puerto. Allí acabaron sus sueños y pusieron a prueba todas aquellas promesas que se habían hecho. 

Viendo imposible la huida, Cambaral abrazó a la hija del señor de Luarca; ambos se miraron como si estuvieran diciendo algo que no se puede decir (amor que nace a oscuras, oscuro muere); ambos se besaron como si ya nunca más se pudieran besar (ya nunca los labios volverán a soñar)...

Y así fuera que el señor de Luarca, loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo cortó ambas cabezas, las cuales fueron a escabullirse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del Beso.


La leyenda de Cambaral ha dejado una gran huella en la villa de Luarca. El barrio de pescadores lleva su nombre y se suele distinguir dentro de él el Cambaral Alto, que es donde habría estado la fortaleza (hoy, en su lugar, hay un monumento, llamado, precisamente, la Mesa de Mareantes), y el Cambaral Bajo, que es donde está el muelle».

Otras leyendas hacen del nombre Cambaral el de un pirata normando que habría desembarcado en Luarca y que habría sido muerto en combate por un tal Teudo Rico de Villademoros.

Restos de la vieja fortaleza en el Alto Cambaral

24 de octubre de 2013

Asturias, tierra de campos, mar y fabada


El Valle de Paredes
Mis raíces quedaron plantadas en Camagüey. Las plantaron mis padres, que antes habían dejado las suyas en el Valle de Paredes y que,  cuando plantaron las mías entre tinajones,  alguna tierrina asturiana se venía con ellas. 
 
Hoy me place reproducir un artículo publicado este martes en el ABC de Madrid, donde se describen  esos parajes tan conocidos y queridos del Concejo de Valdés. Allí  transcurrieron la infancia y la juventud de dos indianos que también se enraizaron en Camagüey y lo adoptaron como propio.
Asturias,
tierra de campos,mar y fabada 
Una vuelta por los Concejos de Valdés y Navia, donde crecen las fabes, deliciosas semillas de sus tierras.

La parte occidental de la Costa Verde asturiana, ocupada por los concejos de Navia y Valdés, es un destino ideal para disfrutar de la diversidad natural y social que aportan los distintos estilos de vida que conviven allí en torno al campo y el mar.

A Cadavedo, donde se inicia la ruta, se puede llegar desde Oviedo. Es un apacible núcleo rural que cuenta con un centenar de hórreos y paneras, tradicional construcción rural asturiana. La visita a la Torre de Villademoros es imprescindible y las vistas de los acantilados desde el mirador de la ermita de La Regalina, inolvidables.
 El recorrido de la ruta se adentra por el interior asturiano. Para ello se toma la vía local VA-3 desde Cadavedo en dirección a Trevías. Su iglesia, la de San Miguel Arcángel, es el único edificio que se conserva de lo que fue monasterio medieval del mismo nombre.

Casas unidas a los hórreos con arcos

Brieves
Siguiendo por la N-634, perpendicular al río Esva, se llega a Brieves. Conviene detenerse para observar el conjunto arquitectónico que forman los arcos que unen las casas con los hórreos.
San Pedro de Paredes

Desde Brieves, por la AS-221, se llega hasta el encantador pueblo de San Pedro de Paredes, en el valle de Paredes, quizá el más bonito de la zona. Además de ver su puente romano, San Pedro es punto de partida de las excursiones que se realizan a pie por las sendas labradas en la roca de las hoces del río Esva. Son dignos de visitar igualmente el Dolmen de Paredes y el Menhir de Ovienes.


Junto al Menhir de Ovienes*

Para conocer la cultura tradicional de los vaqueiros de alzada, grupos trashumantes que se trasladaban, según la época, de pastos en pastos con su familia, enseres y ganados, es necesario llegar a alguna de las brañas, como la de Aristébano, que se erige como mirador sobre el valle del Paredes. La braña era el lugar de los pastos y donde los vaqueiros erigían modestas cabañas para el ganado y los caseríos donde vivían.

Desde Aristébano, por la carretera AS-219, se llega a Luarca, la villa blanca de la Costa Verde, una población marinera volcada al mar como atestigua la historia de los barrios del Carambal y la Pescadería, donde se desarrolló la industria ballenera. En Luarca se disfruta visitando el Aula del Mar, que acoge la mayor colección de calamares gigantes de Europa; los barrios de Barcellina y Villar, donde se aprecian las casas de indianos -mansiones construidas gracias a las remesas de los emigrantes que marcharon a América- el faro, la capilla de la Atalaya o la Mesa de Mareantes.

La playa de Frejulfe, monumento natural
Se finaliza el paseo en la Plaza del Ayuntamiento para contemplar el estilo modernista de sus edificios. Aquí puede ser conveniente comer una gratificante fabada al estilo tradicional o degustarla con centollos o almejas. 

Siguiendo la N-634 hacia Navia y cogiendo en ésta la salida hacia Tox, se llega a la villa de Puerto de Vega. Sin duda, uno de los pueblos de mayor encanto de la costa asturiana. Merecen una visita el paseo del Baluarte y el conjunto arquitectónico que forman el casino y las casonas de indianos.

Antes de llegar a Navia conviene acercarse a la playa de Frejulfe, que, gracias a su campo de dunas y al estuario del río del mismo nombre, es monumento natural. Navia es el centro comercial y administrativo de la zona.

Se puede recorrer parte de su muralla medieval. Es interesante conocer el Monumento al Emigrante, en la playa, y varios ejemplos destacados de arquitectura indiana. Para terminar la ruta se vuelve hacia Luarca, llegando a Polavieja y ahí tomar la AS-37.

Subiendo al Alto de la Bobia, se alcanza Busmargalí, cuya foto será el penúltimo recuerdo del viaje. Desde allí se aprecian los valles y sierras y, hacia el norte, la costa de los concejos de Valdés y Navia, donde los cultivos de la faba han sido los protagonistas de este viaje al interior asturiano.

Rincón de las fabes
Dependiendo del lugar donde se cultiven, las vainas que encierran semillas comestibles tienen nombres diferentes; en Asturias se las llama “faba”. Se identifican como faba asturiana o fabes d'Asturies,  las judías secas, separadas de la vaina, de la especie Phaseolus vulgaris, L., de la variedad tradicional La Granja asturiana.

El grano, de propiedades cremosas, es oblongo, largo y aplanado y de fondo blanco. La referencia inmediata de la faba es la fabada, el cocido más tradicional de la cocina asturiana. Elaborada con alubias blancas -fabes- y distintos embutidos del cerdo.

Fundación Española de la Nutrición
Fuente de hidratos de carbono, proteínas de origen vegetal, fibra y bajo contenido en lípidos. Es rica en calcio, hierro, zinc, magnesio, fósforo y vitaminas del grupo B. Su aporte de ácido fólico es elevado. Una ración cubre más del 50% de las ingestas diarias recomendadas de hidratos de carbono.

PRODUCTOS DE LA ZONA
La gastronomía se basa en la excepcional calidad de los pescados y mariscos. La centolla o las almejas suelen incorporarse a la legumbre tradicional asturiana, la faba. En Navia se puede saborear el rapón, una especie de empanada de maíz con tocino, y la venera, el dulce más conocido del concejo. En Valdés se celebran diversas jornadas gastronómicas como las del pescado de roca, las del pitu de calea (pollo de la tierra), las de las setas, los callos o las de la cocina asturiana.

QUÉ COMPRAR
En los concejos de Valdés y Navia se celebran durante el año varias ferias populares. En ellas puede admirarse el arte y la cultura populares y comprar productos tallados en madera o forjados, madreñas, redes marinas, dulces, mermeladas, miel, embutidos, etc.

MEJOR ÉPOCA PARA HACER LA RUTA
Cada temporada tiene su encanto en esta zona que unifica el interés del mar y de la montaña. Durante el verano, las fiestas populares de los pueblos son un formidable atractivo para el viajero.

VISITA OBLIGADA
La ermita de La Regalina en Cadavedo, para disfrutar de un atardecer especial. Desde este espectacular mirador natural situado frente al Cantábrico se disfruta del perfil accidentado de la costa asturiana y de sus acantilados. También se aprecian desde allí todas las tonalidades de verde del litoral con la estampa de un hórreo construido junto a la ermita.

SORPRESA
La Reserva Natural Parcial de Barayo, un interesante espacio natural de 2,5 kilómetros cuadrados con dunas y marismas de gran valor ecológico y paisajístico. Se sitúa entre los concejos de Navia y Valdés y se extiende desde la Punta de Romanellas hasta la playa de Arnela.

FIESTAS
El Festival Vaqueiro y de la Vaqueirada, el último domingo de julio en Aristébano, mantiene viva la cultura tradicional de los vaqueiros de antaño. La romería de San Timoteo, fiesta de prao asturiana, el 22 de agosto en Luarca, es la más popular y concurrida de la zona. El Descenso Internacional a nado de la Ría de Navia es también una cita obligada en agosto.

*El menhir de Ovienes es un monumento funerario perteneciente a la cultura neolítica, enorme piedra de unos tres metros de altura y cerca de 1,70 de ancho.  
Fotos: adg