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24 de junio de 2016

Los Sanjuanes del Siglo XX en Camagüey

Los Sanjuanes 
del Siglo XX
Ana Dolores García
 

Las volantas y quitrines fueron desapareciendo paulatinamente de nuestras adoquinadas calles con la llegada del siglo XX y el progreso. 

Surgieron entonces los “autos” coches Victoria, capaces de moverse sin necesidad de caballos y luego aparecieron los Ford, con sus fuelles plegables que los hacían  vehículos idóneos para los desfiles sanjuaneros de comienzos de siglo.
 
En los años de vacas gordas la alegría sanjuanera se multiplicaba al compás de los sonidos de las monedas que tintineaban en bolsillos y faltriqueras. En aquellos paseos de entonces las damiselas camagüeyanas, estrenando serpentinas y confetis, comenzaban a lanzarlas y recibirlas de sus admiradores callejeros. Todo un derroche de colores y del buen disfrute, en unos desfiles en los que la presencia femenina era lo que más se celebraba. 

Las carrozas empezaron a incorporarse a la festiva caravana -generalmente nocturna-, patrocinadas   principalmente por industrias, ya fueran locales o nacionales, en las que entre cisnes o flores de cartón y bombillas de colores paseaban su belleza la elegida reina del carnaval, (como ya también se oía nombrar a los festejos sanjuaneros), las damas de su corte, la reina infantil (que también la había) y otras reinas de sociedades o barrios. Estos desfiles se celebraban los sábados y domingos o en las señaladas fechas del propio día de San Juan o el de San Pedro, que marcaba el cierre de los festejos.
 

La longitud del “paseo” se fue alargando y se extendió hasta incluir las dos grandes avenidas que enmarcan la ciudad, las llamadas de la Caridad y de Los Mártires. Las carrozas empezaron a verse acompañadas por camiones que cubrían su aspecto proletario con hojas de palma y otros adornos, y a los que se subían indistintamente muchachas y jóvenes en franca camaradería, exteriorizando su alegría con sus cantos.   

No faltaban tampoco las rudimentarias “planchas”, tan comunes en nuestro pasado, que tiradas por un caballo servían para el transporte rústico de mercancías dentro del pueblo, y en estas noches se veían también adornadas de ramaje verde y cargadas de juventud.  A carrozas, camiones y planchas se fueron incorporando las comparsas, genuinas réplicas de las comparsas habaneras, compuestas por parejas de jóvenes que avanzaban danzando elegantemente al ritmo de su música, y que eran patrocinadas por distintas sociedades de la comunidad. 

Nuestro sanjuan-siglo-veinte no quiso renunciar a dos genuinos modos  de diversión que provenían de los siglos anteriores: los clásicos ensabanados descritos por El Lugareño y que son ya característicos de nuestros carnavales, y las populares congas, reminiscencia de esa herencia omnipresente de cultura africana que permea nuestra sociedad.  Ensabanarse y “meterse” en una conga fue algo muy practicado, divertido y "conveniente" en las noches de entresemana.  

Las congas se comenzaban a calentar los tambores desde semanas antes, en las que su ritmo acompasado y monótono se escuchaba noche a noche en los barrios periféricos, el más afamado de todos, el de Bedoya.  Cada año se repetían los mismos sones: “Somos los comandos, lo que sea…”  o “Tú que me decías que Yayabo no salía más…
 

Poco antes de mediar el siglo comenzaron a decorarse calles y barriadas, tal como en los años del primitivo sanjuan. Se engalanaban con papeles satinados de todos colores, hojas de arecas o palmas de coco, se sacaban las radios a las aceras, se elegía una reina de la cuadra y se hacía fiesta. 

A esto mucho contribuyó la animación prestada por un periodista y locutor, Juan B. Castrillón, conocido cariñosamente como Don Pancho, a través de la emisora CMJK y su programa “La Hora Selecta Social” trasmitida al mediodía. El propio Don Pancho se personaba en las noches en distintas cuadras y prestaba su colaboración para la coronación de las reinas electas, y sostenía un concurso para premiar  la cuadra mejor engalanada. 
 
Realmente no sé cuando empezaría esta tradición, pero en el sanjuan camagüeyano del siglo veinte no faltaron las “sogas”. Mayormente esto sucedía cuando la mayoría de sus calles eran de tierra, porque ello dificultaba el tránsito rápido de vehículos. Las “sogas” eran precisamente eso, sogas sostenidas por muchachos (y a veces hasta mayores) de un lado a otro de la calle que impedían el paso a los vehículos para pedir alguna contribución (aunque ésta fuera de “quilos”) para la “olla”. Y la “olla” era donde hacían el ajiaco en plena calle para despedir el sanjuan y enterrar y llorar a San Pedro.  
 
Se disfrutaba también en las sociedades, en todas. En las exclusivas y en las más modestas, en todas. Tennis Club, La Popular, el Ferroviario, el Atlético, La Colonia Española, Maceo, Victoria…. en todos esos locales había bailes para que sus socios celebraran  el sanjuan
 
En la segunda mitad del siglo, con el arribo del gobierno castrista se han querido mantener las mismas tradiciones y las fiestas sanjuaneras se celebran con carácter oficial “para el pueblo”, como si en las de años anteriores no hubiera habido participación popular. 

Las múltiples escaseces  que han caracterizado estas décadas han difumado el esplendor que tuvieron en épocas anteriores. El ajiaco se ha convertido en caldosa, las rumberas con traje de cola bailan ahora en bikinis...

El pueblo se divierte de todos modos. Es natural, aunque no se trate de un circo, porque a falta de pan, hay mucha cerveza mientras duren estas dos semanas de fiesta. 

12 de septiembre de 2011

LA CRUZ DE LA PARRA

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La Cruz de la Parra
Ana Dolores García


La Cruz de la Parra es la reliquia más importante de Baracoa y al mismo tiempo la más antigua que se conserva en Cuba. Según la bitácora del Almirante Cristóbal Colón, éste, en su primer viaje al continente que después se llamó América, plantó 29 cruces en aquellos lugares en los que desembarcaba. Fueron símbolos de la evangelización que llegaba a las tierras  descubiertas según  los deseos de Isabel de Castilla.

De esas 29 cruces, la única que se conserva hoy en día es precisamente la que se encuentra en Baracoa, uno de los primeros lugares visitados por Colón en su prístino viaje. Es llamada por ello “la cruz de Colón”, aunque sea conocida más popularmente como “la cruz de la parra” atendiendo a la madera con la que fue confeccionada y al lugar donde fue posteriormente descubierta por Diego Velázquez. 

Réplica de la Cruz de Parra 
El Padre Bartolomé de Las Casas describió así lo que había leído en los relatos del propio Colón:  «Asentó una cruz grande a la entrada de aquel puerto que creo llamó Porto Santo, sobre unas peñas vivas» en aquel día 1 de diciembre de 1492,  el cuarto después de su arribo a tierras de Baracoa. 

Diego Velázquez, cuando en 1511 fundó el primer asentamiento español en Cuba al que llamó Villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, encontró entre unos parrales de Coccoloba Diversifolia (más conocida en Cuba como uva caleta), la cruz que había sido plantada por Cristóbal Colón, y que poco a poco fue tomando el nombre de “la cruz de la parra”.  

La que durante casi medio milenio fue considerada por muchos sólo como una tradición o leyenda milagrera de marcado sentido religioso, hoy en día cuenta  con autenticidad comprobada. En efecto, análisis llevados a cabo en laboratorios europeos y norteamericanos han podido comprobar que su madera procede de un árbol común en las costas caribeñas, la Coccolobaa diversifolia  o uva caleta cubana, conclusión que echó por tierra la teoría de que había sido traída por Colón en su viaje. Es una especie de madera rojiza que no se encuentra ni en Europa ni en Asia o África. Otra conclusión a la que arribaron en una universidad norteamericana al hacerle una prueba con carbono 14  es que su antigüedad ronda los quinientos años.
 
Lo que se conserva de ella es sólo una parte de la cruz original. Sus extremos fueron siendo recortados a través de los años bien para complacer a gentes piadosas o, incluso, a algunos Gobernadores españoles que visitaron la región. Hasta Alejandro Humboldt se llevó una reliquia de ella. Igualmente se tomaron trozos para los análisis a los que se ha hecho referencia en el párrafo anterior. Su dimensión actual es de 62 centímetros de alto y 57 de brazos, siendo el tamaño  de la pieza original  de 238 centímetros de alto. 

Ya a comienzos del siglo XVI, en 1528, se hace mención a un hecho milagroso de la Santa Cruz de la Parra, al no producirse víctimas en la villa a causa de un terremoto de bastante intensidad. Desde entonces surgió la costumbre de sacarla en procesión y de invocar su protección ante la presencia amenazadora de corsarios, piratas o ciclones, tan frecuentes en toda la región del Caribe.

Al no tener ya dudas de su autenticidad, la Cruz de la Parra acaba de ser declarada Monumento Nacional y Tesoro de la Nación Cubana. Esta declaración oficial ha coincidido con los festejos que se celebraron el 15 de agosto del pasado mes de agosto para conmemorar los quinientos años de la fundación de Baracoa. 

La Cruz de la Parra original, también llamada Cruz de Parra, se encuentra en la Iglesia Parroquial de Baracoa. Existe igualmente una réplíca que ha sido colocada en el lugar donde se cree fue plantada por Cristóbal Colón. 

Al finalizar en Baracoa una Eucaristía de acción de gracias el 15 de agosto por la fundación, hace quinientos años, de la primera villa en la Isla, el arzobispo de Santiago de Cuba levantó en alto la Cruz de la Parra  y bendijo con ella a unos dos mil fieles congregados en la plaza.

El acto había sido convocado por el obispo de la diócesis de Guantánamo-Baracoa, monseñor Willy Pino quien, en sus palabras de bienvenida, reconoció la presencia de casi todos los obispos de la Isla, así como la de los representantes políticos de la nación y de la provincia que habían acudido a la cita.

La Eucaristía fue presidida por el arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Dionisio García Ibáñez, quien predicó la homilía invitando a vivir la historia como enseñanza con mirada de futuro.

Monseñor Pino recordó a quienes “aún queriendo, no han podido venir, por estar trabajando o viviendo en otros países, por problemas de transporte, por motivos laborales, por estar enfermos o en prisión o estar cuidando a personas ancianas”.

Subrayó que “Dios los bendecirá igualmente”, al tiempo que expresaba para todos su bienvenida a la tierra “del famoso Yunque (una formación montañosa que tiene esa forma), de los bellos ríos, de muchos platos típicos y sobre todo de la gente amable complaciente y hospitalaria, que junto a la Iglesia que ha acompañado a este pueblo en todos estos 500 años, les recibe con los brazos y el corazón abiertos”.

De todas las comunidades de la diócesis, llegaron los católicos vistiendo camiseta blanca con el mensaje: “500 generaciones de fe, 1511-2011,  Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”.

También acudieron delegados de otras diócesis del resto de Cuba. Muchos tuvieron que viajar durante horas para estar presentes, y regresaron al anochecer a sus diócesis, en camiones contratados para ello.

Al iniciarse el acto, los jóvenes hicieron una representación sobre los orígenes de la ciudad, la llegada de los primeros conquistadores, el encuentro de culturas, y la labor evangelizadora de los misioneros, entre los que destacaron a san Antonio María Claret, obispo de Santiago de Cuba entre 1849 y 1858, que entonces abarcaba casi la mitad de la Isla.

La Cruz de la Parra había recorrido la Isla de Cuba en peregrinación nacional en preparación a la visita del Beato Papa Juan Pablo II en enero de 1998, quien la bendijo en la Misa solemne que celebrara en una plaza pública en Santiago de Cuba.

Fragmentos de la Eucaristía celebrada el 15 de agosto en Baracoa fueron tomados de Zenit/ Por Araceli Cantero


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29 de diciembre de 2010


CÓMO CELEBRABAN LOS POBRES LA NAVIDAD
EN EL CAMPO CUBANO ANTES DEL SOCIALISMO

Palabras pronunciadas por Mons. Agustín A. Román, Obispo Auxiliar Emérito en la Peña Vareliana el 18 de Diciembre de 2010 (Miami, Florida)

Pasé mi infancia en el lindo campo de Cuba. Con mis padres campesinos y mis hermanos vivimos una niñez y adolescencia pobre sin faltar lo necesario, pero muy feliz. Mi casa era un bohío amplio y fresco con techo de guano y con las habitaciones necesarias para descansar. El agua pura nunca faltó pues se sacaba del pozo del patio que era profundo, y siempre la teníamos en abundancia. No teníamos luz eléctrica pero, acostumbrados a las lámparas de aceite, no creíamos necesitarla.

El campo lo trabajábamos todos dirigidos por mi padre, y la comida siempre sobraba. Recuerdo que mis padres agradecían a las personas que se acercaban en busca de las frutas, porque eran tan abundantes, especialmente el mango, que caían a la tierra y las abejas volaban sobre ellas buscando el néctar en sus jugos. Más de una vez sufrimos la picada de aquellos insectos y las consecuencias eran desagradables.

A los 15 años me enviaron al poblado de San Antonio de los Baños porque los cursos en la escuela del campo sólo llegaban hasta 6º grado. Allí hice el 7º y 8º grados que eran llamados entonces Primaria Superior.

Dentro de este marco feliz vivimos nuestra niñez y adolescencia, y dentro de aquel inolvidable mundo de tierra poblada de verdes árboles siempre recuerdo las Navidades. Los campos se cubrían de unas flores silvestres blancas salpicadas de morado. Eran llamadas “aguinaldo” y con su olor anunciaban el Adviento desde finales de noviembre, y el colorido sobre la verde hierba de los potreros hacía que pareciera como adornada por un buen artista.

Al comenzar los duros inviernos del norte, las aves nos iban llegando como turistas y en el cielo azul las veíamos divertirse aprovechando la temperatura que habían perdido. Desde el comienzo de diciembre las casas siempre se pintaban con el blanco de la cal y las puertas con los colores de la bandera patria, azul y rojo. Los tres colores relucían.

Las mujeres cosían las ropas que vestiríamos en Navidad y Año Nuevo y todo se iba preparando. En mi casa hacían un nacimiento que comparado con los de hoy tenía pocas figuras, pero el misterio relucía en un lugar preferencial del bohío donde no faltaban la Virgen, San José y el Niño. Como carecíamos de luz eléctrica, utilizábamos la electricidad de la batería que mantenía la radio.

Aunque diciembre no era el tiempo mejor para las flores porque las lluvias habían desaparecido con el otoño y no había regadío, recuerdo que Mamá siempre las cultivaba para hacer adornos desde el día de Nochebuena hasta el primero del año. Las mujeres iban preparando el buñuelo y la miel desde temprano. Recuerdo ver los tableros llenos de harina de yuca para prepararlos. Se cocían los dulces de frutas, de manera especial los de papaya, coco, naranja y ciruela. Daban gran importancia a la preparación de una variedad de postres y a compartirlos con los vecinos.

Las familias soñaban con las fiestas que comenzaban con la Nochebuena. El día 24 se preparaba el lechón que era la carne preferida, aunque a las personas mayores se les ofrecía optar por la gallina de guinea o el pollo. No recuerdo nunca haber comido el pavo. Desde temprano alguien de la familia iba a la población a comprar el arroz, los frijoles y todo lo restante, y se traía el vino que se tomaba en los campos tan sólo en esta festividad y al terminar la Semana Santa, en la fiesta de la Pascua de Resurrección. El vino de frutas se hacía en los hogares desde el principio del año para que estuviera bueno en ese momento. En Navidad nunca faltó el turrón.

Unas familias iban a compartir con otras y traían las golosinas que habían preparado. La mesa se adornaba dentro de la casa aprovechando la luz de las lámparas ya que fuera la luz de la luna y de las estrellas, que bien resplandecían durante este tiempo, no era suficiente. Terminada la comida comenzaba la canturía para la mayoría que no podía ir a la Misa de Gallo, que por la distancia teníamos que salir temprano para llegar a las 12 y regresar muy pasada la media noche.

En la canturía se emocionaban algunos jóvenes, dirigiéndose a las jóvenes exaltando su belleza con gran franqueza gracias al entusiasmo que les daba el vino. En ese momento se descubrían los enamorados sin temor al respeto de los padres.

Se sabía que la celebración era por el nacimiento de Cristo, pero la carencia de catequesis no les permitía saborear el misterio de un Dios hecho hombre por amor a todos los hombres. Tal vez aquello contribuyó a que yo escogiera el sacerdocio pues en la medida en que iba conociendo más a Cristo y su Iglesia, iba descubriendo cómo en la mayoría de nuestro pueblo estaban todos bautizados pero ahí se quedaban dormidos.

Allí comencé yo más tarde una catequesis semanal a la que venía un gran número de niños que se preparaban para la primera comunión. Esto hizo que el párroco comenzara una misión anual de tres noches que en casa se llenaba y les instruía en la fe. Este despertar misionero en mí fue el fruto de la Acción Católica Cubana que pretendía, en los años ’40 y ’50, hacer una Cuba creyente y dichosa donde Cristo reinara en los hogares primero y en la sociedad también.

Esta evangelización era aun incipiente y mucho prometía, pero en los ’60 terminaba con la implantación del comunismo que puso fin hasta a la Navidad y Semana Santa, perdiendo así el pueblo la alegría que hacía feliz su vida. Las fiestas religiosas, en especial Navidad y Semana Santa fueron desapareciendo en poco tiempo y la alegría también desapareció con ellas, naciendo el terror a expresar todo sentimiento religioso exterior, ya que esto podía hacer perder a los hijos oportunidades ventajosas.

La visita del Santo Padre Juan Pablo II en enero de 1998 abrió algunas puertas a los creyentes, entre otras el resucitar costumbres como la celebración de la Navidad de manera pública. Pero la fe de la clase campesina, que tradicionalmente transmitía sus costumbres de generación en generación, existe hoy en día después de medio siglo en que ha pasado el huracán comunista. Pensaba que no. Sin embargo, el recorrido de la imagen de la Virgen por toda la Isla y que comenzó en Oriente el pasado septiembre, va demostrando que la fe parece dormirse, pero sorprende cuando resucita.

27 de octubre de 2010



MI “COMPUTADORA MENTAL CUBANA”

- Esteban Fernández -

¿Usted me cree si le digo que a veces me puede llevar media hora para poder acordarme que el Vicepresidente de Los Estados Unidos se llama Dick Cheney? Mientras tanto puedo cerrar los ojos y recordar de sopetón mil cosas y mil nombres de mi tierra natal donde sólo viví 16 años de niñez.

Cierro los ojos y ahí les va eso: voy a comenzar por recordar a los tres caballos de Rodolfo, Miguelón y Machito Villalobos: Azabache, Tormenta y Centella. Y pienso en Mamacusa, en “Balance” el borracho de la Taberna de Pedro, y recuerdo que “Pedro” y “Machito” eran la misma persona: Jesús Alvariño. ¿Se acuerdan ustedes de “Pelusa”? ¿Quién hacia el papel de “Pelusa”?: Violeta Vergara.

¿Se acuerdan de Cachucha y Ramón? Y cuando digo Ramón (Idalberto Delgado) me acuerdo de otro Ramón mucho más famoso: Ramón Grau San Martín. Y no puedo acordarme de Grau sin que me vengan a la mente Prío, Batista, Machado, Guas Inclán, Alonso Pujols, Miguel Suárez Fernández, Alfredo Jacomino, y Paulina ¿Se acuerdan ustedes, en La Habana, del "Bidet" de Paulina?

Me acuerdo de Tinguaro, “del borracho de la televisión” Álvarez Guedes, de Rosendo Rosell, de Tito Hernández, de Orestes Miñoso, del mejor Short Stop del mundo Willy Miranda, al cerrar los ojos veo a Pupy García dando un piñazo y a “Vinagre” Mizel tirando “strikes”. No pasa un solo día sin que me acuerde de Roberto Ortiz llevándose la cerca con un batazo en el stadium del Cerro.

En mi memoria grabado están Rocky Nelson y Bobby Bragan. Tengo que pensar un poquito (o llamar a Ángel Torres) para poder acordarme quien ganó la Serie Mundial el año pasado. Pero nunca olvido la fiesta que dimos en Güines, gracias a mi primo Jaime Quintero que era el Alcalde del pueblo, cuando ganó el Almendares.

Puedo recitar de memoria un montón de Presidentes cubanos: Estrada Palma, José Miguel Gómez, Menocal, Zayas, Mendieta, Miguel Mariano Gómez, Laredo Bru.

Y retrocedo aun más y recuerdo como si fueran unos difuntos familiares cercanos a Martí, Maceo, Máximo Gómez, Céspedes, Quintín Banderas, Calixto García, Narciso López. Yo tengo en mi memoria grabados los nombres de Panchito Gómez Toro y de Mariana Grajales. Y pienso siempre en la calle Paula simplemente porque ahí nació el Apóstol.

Me acuerdo de Raúl Capablanca, de Ernesto Lecuona, me parece estar leyendo artículos de Agustín Tamargo en Bohemia, de Humberto Medrano en Prensa Libre y de José I. Rivero en Diario de la Marina.

Al cerrar los ojos me acuerdo de “El Casino de la Alegría”, de “Jueves de Partagás”, de “Ellos Dos y alguien Más”, de “Aquí todos hacen de todo”, del “Show del Mediodía”, del “Álbum Phillips”. ¿Recuerdan ustedes a un cantante llamado Lino Borges?

Me acuerdo de Marta Pérez e Isidro de Cámara, de Raquel Revueltas y Manolo Coego, de Minín Bujones y Eduardo Egea, de los galanes de la televisión: Albertico Insua, Carlos Alberto Badias, Rolandito Barral.

Mi “computadora mental cubana” recuerda al Platanar de Bartolo, a la mula que tumbó a Genaro, al gallo de Morón, a los guapos de Yateras, y tiene frases grabadas como “Cacarajicara que sabrosa está la Maltina”, “Esto es Cuba Chaguito”. Y el cine y la televisión pueden traerme mil mujeres bellas, pero jamás yo olvido las curvas de Lina Salomé y de la “Meneito”. Mil bailarines veo y olvido, mientras en mi mente siguen eternamente incrustados Ana Gloria y Rolando.
 

5 de julio de 2010


Las abuelas, el Corazón de Jesús
y el Cristo de La Habana


Marlene María Pérez Mateo

Los ventanales se abren al sol, al rocío, a la brisa y hasta a la tempestad en las casonas coloniales, dejando al enrejado protector dibujar los rasgos de su encaje de metal que le adorna en el juego de luces y las sombras. Vemos a través de ellas la repetición cada vez más frecuente recorriendo las calles de la Isla de Cuba de una imagen una y otra vez, presidiendo las viviendas. No sé si habrá una estadística demostrativa, quizás la haya, pero si es mi vivencia : el “Corazon de Jesús” es la imagen mas común en la urbanística de mi patria.

Desconozco si existe en especial un hecho concreto que permitió y promovió que fuera ésta y no otra la forma tan repetida en el culto popular. Dicha devoción nació en la España medieval alrededor del 16 de junio de 1675 con el testimonio de Margarita María de Alacoque. Luego, como tantas otras cosas, pasó al Nuevo Continente en las manos de los jesuitas.

EL Corazón de Jesús tan característico de las salas cubanas con su mano izquierda en el pecho y la derecha apuntando al cielo y bendiciendo, y sus grandes ojos alertas, de mirada apacible, ha pasado tanto glorias como penurias. Se mantuvo en pocos casos en el cetro presidencial de los valientes hogares con el consabido precio a pagar. En otros fue sustituido, escondido, quemado, tornado al revés, borrado y/o cubierto en las fotos familiares, en fin cuanto verbo pueda aplicarse le cabe si su significado de una manera u otra es “negar”. Así pasó con la carga que ello supone y la huella que causó.

No hace mucho hojeando una publicación periodística re-encontré el mismo gesto, los mismos ojos, la misma figura en piedra de mármol. Era el Cristo de la Bahía de La Habana. Me pregunto si Jilma Madera (1915-2000), su escultora y compatriota, también pensó en la constante presencia de la mencionada devoción cristiana en la isla criolla. Que ello le pasara desapercibido es casi imposible. Allí estuvo hasta no hace mucho cubierto de maleza y musgo, sin ser notado o se le refiriera, la colosal obra. Rio de Janeiro se enorgullece del suyo con los brazos abiertos desde una cumbre; el cubano no es menos acogedor.

Si se increpa a alguien sobre el origen de tan conocido cuadro en su hogar, en múltiples ocasiones se obtiene como respuesta una verdad parcial «-Era de mi abuela-». Alli viene la segunda pregunta tan sabiamente formulada por nuestro Luis Carbonell, tantas veces nos la hizo y nos la sigue haciendo, (Quiera Dios que por muchos años)“- ?Y tu abuela, dónde está?»


Marlene María Pérez Mateo
Elizabeth, NJ
Junio 2010

¿Y tu abuela, dónde está? de Fortunato Vizcarrondo, interpretada po Luis Carbonell:

http://www.fundacionjoseguillermocarrillo.com/sitio/audio/carbonel/001-3-CUB-LC-0363-14-3394.mp3
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