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2 de diciembre de 2017

CALLE GALIANO, EL PAÍS QUE DESAPARECIÓ.

El país que desapareció


Galiano, la más elegante

FERNANDO DÁMASOLa Habana,   
1 de Agosto de 2014


Galiano y Zanja, La Habana. (F. DAMASO)
Denominada oficialmente Avenida de Italia desde 1917, todos la conocen como la calle Galiano. Debe su nombre a don Martín Galiano, ministro interventor en las obras de fortificación de la ciudad.

Fue la primera gran calzada transversal que sustituyó un camino que unía, a través de puentes y alcantarillas, el viejo Camino del Arcabuco (San Lázaro) con el de San Luis Gonzaga (Reina). En el lugar donde comienza, existieron unas canteras que aseguraron las piedras para construir las primeras edificaciones de La Habana.

En 1860 era ya la más hermosa calle de la ciudad por sus edificios de buena construcción, muchos de dos pisos, con amplios portales de columnas, donde las familias en las tardes se sentaban a conversar. Junto a la iglesia de Nuestra Señora de Monserrate, se encontraba la residencia de los condes de Buenavista, ocupada después por el periódico El País, hasta su traslado al edificio propio que se construyó en la Calzada de Reina. Sobre la calle Zanja existieron un baño público y el Puente de Galiano.

Pronto se transformó en una calle eminentemente comercial, siendo durante la época republicana la más importante y elegante de todas, con las mejores tiendas por departamentos, joyerías, locerías, etcétera.
Comienza en el Malecón, con el edificio del Hotel Deauville, construido en los años 50 con un 50% de inversión canadiense, y cuyos equipos del salón de juegos fueran lanzados a la calle y destruidos en algunos actos vandálicos del primer día del año 1959. Después de nacionalizado comenzó a depauperarse, y últimamente ha sido remozado para obtener divisas del turismo.

Cruzando San Lázaro existían algunos comercios para la venta de mascotas, preferentemente aves, hoy desaparecidos. En Galiano y Lagunas funcionaba el café Las Villas, y en la esquina de la calle Virtudes, en el número 164, el hotel Lincoln, un establecimiento tranquilo que se hizo famoso porque en él se produjo en 1957 el secuestro del as del volante argentino Juan Manuel Fangio, noticia que en ese momento recorrió el mundo.

A continuación, por esa misma acera, se alzan edificaciones venidas a menos, incluyendo la que perteneciera a los condes de Buenavista y la iglesia de Nuestra Señora de Monserrate, que aparece como una isla en medio de un entorno decadente. Enfrente, los locales que pertenecieron a la tienda de ropa deportiva Cancha, en el número 205, y a Miralda, en el número 213, un comercio dedicado a la venta de equipos electrónicos y de discos con grabaciones musicales.

Más adelante, el local de la famosa cafetería El Camagüey, donde se ofertaban exquisitos batidos de frutas naturales. Viene después la cuadra de Galiano entre Concordia y Neptuno, donde en 1880 estuvo la Sociedad de Recreo de la Colonia Catalana en Cuba. Un edificio que tuvo muchas vidas sucesivas: se convirtió en la Sociedad Gallega Aires de Miña Terra; en 1899 en el Teatro Cuba, que ofrecía piezas del género vernáculo; en 1908  en El Molino Rojo, con piezas del género picaresco, zarzuelas y cortos del cine mudo; fue en 1923 el Teatro Cubano, que presentaba obras cubanas; en 1927 el Teatro Regina, que también proyectaba algunos cortos y películas mudas entre sus variedades (allí estrenó Rita Montaner la zarzuela Niña Rita con la canción "Mamá Inés"); fue cerrado en 1930 y, a partir de 1936, abrió allí sus puertas Radio Cine con 2.600 capacidades.

Por último, en ese lugar tradicionalmente dedicado a la farándula, en 1941 se construyó, respetando el local del Radio Cine e integrándolo a la nueva edificación, el imponente edificio América, de 10 pisos y con más de 70 apartamentos, que en realidad se llama edificio Rodríguez Vázquez, en honor al padre de su propietario. El hermoso cine-teatro América construido en los bajos, de 1.770 capacidades y elegante diseño Art Déco, tuvo como primera proyección cinematográfica El cielo y tú, interpretado por Bette Davis y Charles Boyer, y un primer show donde se presentó  Pedro Vargas. Allí fue estrenado el filme Casablanca, y actuaron figuras como Lola Flores, Libertad Lamarque, Tito Guízar, el trío Los Panchos y, en 1950, Josephine Baker. Hoy está dedicado a ofrecer variedades musicales.

El local de Radio Cine, absurdamente bautizado después Jigüe, fue transformado en 2002 como la actual Casa de la Música Habana. En los bajos del mismo edificio se encuentra la cafetería América, en su tiempo magnífica y regenteada por chinos, y hoy decadente, como todos los comercios estatales. En la acera de enfrente, la original edificación forrada de celosías que, cuando se construyó en los 50, todos llamaron "La Colmena", dedicada a un parqueo vertical y, en su planta baja, a joyería y cafetería, hoy convertido en un taller de mecánica automotriz, utilizando su rampa de acceso al piso superior y, continuando, en el número 307 la tienda La Isla y una pequeña sala de teatro en un segundo piso, hoy desaparecida.

En la esquina de Neptuno, la importante tienda por departamentos La Época, donde cada año los clientes "hacían su agosto", inaugurada  en 1927 y, después, totalmente modernizada. Tapiadas hoy sus vidrieras centrales con puertas metálicas de corredera ante el temor a los robos en una zona de elevada marginalidad, actualmente la tienda más grande de Galiano pervive sin sus escaleras rodantes, teniendo que utilizar los clientes una estrecha escalera lateral para subir y bajar, y con servicios sanitarios fáciles de ubicar por el mal olor que despiden.

A continuación, se alza una  edificación en estado crítico donde antes hubo un hotel y el terreno donde se encontraba la también tienda por departamentos La Ópera, "la esquina del ahorro", construida en 1877, desaparecida desde hace años por derrumbe. Enfrente, queda una antigua locería convertida en una tienda de venta de productos industriales y artesanales en moneda nacional, oscura, sucia y desabastecida, de la que fuera la hermosa peletería California "a los pies de usted".  Y están las ruinas del bar Encanto, en la esquina de San Miguel, antes con sus puertas abiertas las veinticuatro horas del día y su espacio demarcado con jardineras de arecas con anuncios de la cerveza Cristal.  Allí se disfrutaba de buenos sándwiches y de uno de los cafés con leche y pan de flauta con mantequilla mejor preparados de La Habana. Y en las mesas de mármol y las sillas vienesas ocurrían tertulias políticas y culturales en las noches habaneras, tanto en verano como en invierno.

Lo que queda de El Encanto (y de otras tiendas)
Cruzando San Miguel, aparece el parque construido donde se encontraba la tienda por departamentos El Encanto, establecida en Guanabacoa en 1888 y luego trasladada a Compostela y Sol, hasta ubicarse en esta manzana con un magnífico edificio, donde "don julio" hacía ventas fabulosas cada año. Era la tienda más lujosa de La Habana, lugar preferido de las personas pudientes para hacer sus compras, destruida por un incendio en 1961.

Enfrente, en el número 352, El Bazar Inglés era otra tienda por departamentos, de corte antiguo, con vidrieras con marcos de madera y mesas rústicas para cortar las telas, hoy devenida un oscuro comercio de telas, generalmente desabastecido. A continuación, en el número 358, la Casa Quintana, una importante tienda de regalos y joyería convertida en un despojo, y el Ten Cents, ubicado en 1924 en San Rafael y Amistad y, a partir de 1937 en este emplazamiento, donde primero estuvo El Boulevard y después La Casa Grande.

Era, sin dudas, el más visitado de los comercios de su tipo en La Habana. Y quizás lo más memorable del lugar era su magnífica cancha, que ofertaba exquisitos club sándwiches, pies de limón y de fresa y otras especialidades. Una cancha siempre congestionada, donde había que esperar, situándose detrás de ella, a que se vaciara una banqueta, para ocuparla y ser atendido. Hoy el local, después de dejarlo destruir, ha sido reconstruido y convertido en una tétrica tienda con fachada de mármoles negros, sin vidrieras, que más bien parece un mausoleo, donde usted es observado continuamente por cámaras y empleados si se decide a entrar, además tener precios elevadísimos. Y lleva este nombre: Trasval.

Después de San Rafael, una de las esquinas de más movimiento en La Habana, la peletería donde se vendía el calzado de la marca Florshein y, a continuación, la otra gran tienda por departamentos que competía con El Encanto: Fin de Siglo. Esta tienda, establecida en 1897, construyó en este lugar un magnífico edificio de varios pisos  con entradas y salidas por Galiano, San Rafael y Águila. Una vez intervenida, comenzó a decaer hasta convertirse en un comercio de venta de artículos en desuso en su primera planta, y las dos restantes transformadas en albergues para damnificados por derrumbes de sus viviendas. La situación se mantiene hasta nuestros días.

En el lugar en que se encontraba la tienda de regalos exclusivos Le Trianon en el número 405, después de su derrumbe y demolición —donde desaparecieron todos los mosaicos de Talavera que cubrían su fachada— hoy, con el mismo nombre irónicamente forjado en cabillas, venden sus creaciones algunos artesanos. Más adelante, ya en la esquina de la calle Barcelona, el local de la colchonería Komfort, donde se vendían los colchones Beauty Rest de Simmons, y que fue transformado en una barbería colectiva, donde usted llegaba, solicitaba un turno, pagaba, le entregaban un ticket y lo atendía el barbero que le cayera en suerte, sin tener en cuenta su preferencia.

En la acera de enfrente, a partir de San Rafael, estuvo el café La Isla, famoso por sus helados; en el número 402, Flogar, una moderna tienda por departamentos, hoy totalmente venida a menos; la peletería Picanes en el número 416; y la importante Joyería Riviera en el número 456, representante en Cuba de los relojes Rolex y Patek Phillipe, hoy triste sombra de lo que un día fue. Venían a continuación una armería y cuchillería que ya no existe, y la cafetería al llegar a la calle Zanja, en los bajos de un viejo edificio.

Enfrente, comercios que fueron demolidos y actualmente una aglomeración de kioscos en el espacio que estos ocuparon, donde se venden diferentes tipos de artículos, algunos relacionados con la cultura china, teniendo en cuenta que se encuentra dentro del perímetro del llamado Barrio Chino de La Habana.

Después de Zanja, algunos comercios, lo que fue la tienda Albión, ya en Dragones, y el parqueo donde estuvo la Plaza del Vapor, un mercado público que desde 1818 abastecía con productos del agro a esta parte de la ciudad, y que fue reconstruido en 1836 como un gran edificio con arcadas de sillería, altas bóvedas, bellos antepechos y una fachada monumental hacia la calle Galiano, recibiendo entonces el nombre de Mercado de Tacón, en honor al entonces Capitán General, aunque los habaneros continuaron denominándolo Plaza del Vapor, por el cuadro del vapor Neptuno existente en la fonda que daba para este lado.

En 1918 dejó de ser mercado de abasto y consumo y fue ocupado por pequeños comercios de frutas, mariscos, zapatos, sombreros y venta de billetes de la lotería en su planta baja, mientras los pisos altos se dedicaron a viviendas  En la otra acera, en el número 502, estaba la locería La Vajilla, hoy dedicada a la compraventa de muebles antiguos; la tienda El Arte, especializada en materiales para artistas plásticos, hoy clausurada; al igual que La Borla, una tienda de artículos de costura. Y le siguen otros comercios y viviendas: la famosa dulcería y panadería El Bombero, actualmente un depauperado Sylvain; un Foto Service y la peletería La Defensa, que en su tiempo fue importante.

Una calle a la espera
Durante los años 50, la calle Galiano era la arteria comercial más elegante de la ciudad, compitiendo con ella solamente la vecina calle de San Rafael, luego de que sus aceras fueran fundidas en granito blanco con dos franjas sinuosas de color verde, que se extendían desde Galiano hasta el Paseo del Prado, demolidas en los años del socialismo, para convertir el tramo en un sucio boulevard, grasiento por la venta de comida rápida o chatarra que, en nuestro caso, sería mejor llamarla metralla. 

Durante el horario de ventas, de 8 am a 12 am, y de 2 pm a 6 pm, el movimiento de personas era continuo y masivo en Galiano. Por las noches, sus vidrieras engalanadas e iluminadas atraían las visitas de las familias habaneras. En  época navideña, toda la calle se adornaba con profusión de motivos alegóricos, guirnaldas y luces de colores. Muchos de estos adornos, verdaderas obras de arte, se guardaban en los almacenes de los comercios para ser utilizados nuevamente.

En uno de los muchos raptos de extremismo de las autoridades, cuando se pretendió borrar las navidades de la tradición cubana, esos adornos fueron enviados en camiones al basurero municipal de Cayo Cruz y destruidos, pasándoles por encima un buldózer.

Se escuchaban también villancicos en Galiano, emitidos por los altoparlantes colocados en los postes y dentro de los comercios, y se respiraba el olor a resina de los pinos recién cortados, traídos de Estados Unidos y Canadá, para adornar los comercios y los hogares, así como el olor de las castañas que se asaban en las esquinas, y el de las manzanas acarameladas que se ofertaban en el portal del Ten Cents.

Hoy todo eso es pasado. Recientemente han reparado sus sistemas de electricidad, teléfono, gas, acueducto y alcantarillado,  con las deficiencias propias de los trabajos que ejecutan las empresas estatales. Han maquillado sus fachadas con mucho colorete, y colocado luminarias del alumbrado imitando a las antiguas, pero todo se encuentra a años luz de la calle que fue.

Sin los importantes comercios que la caracterizaban, convertidos algunos de sus locales en albergues provisionales y muchos en precarias viviendas, hoy con ventas particulares a la puerta o a la ventana, y sobreviviendo sus inquilinos entre ilegalidades, hace tiempo que Galiano dejó de ser la calle más elegante, e incluso la más comercial. Como otras muchas calles, parece encontrarse en espera de la inversión y la iniciativa privadas, que le aseguren tiempos mucho mejores que los sufridos bajo este socialismo. 

Publicado en Diario de Cuba.

Recibido por email enviado por Mary Nieves Ramírez.

11 de julio de 2017

El antiguo Palacio de los Capitanes Generales

El antiguo Palacio
de los Capitanes Generales

El Palacio de los Capitanes Generales, en la actualidad Museo de la Ciudad, se encuentra ubicado en “La Habana Vieja”, junto a la antigua “Plaza de Armas”. Ocupa toda una manzana y está considerada la obra de mayor importancia arquitectónica de todo el desarrollo barroco en Cuba. Fue edificado en el lugar donde se encontraba la antigua Catedral de La Habana y su construcción comenzó en el año 1776.

En efecto, en el lugar donde hoy está emplazado el palacio ya existía en 1574 un pequeño templo católico.  Algunos historiadores afirman que esta iglesia fue la incendiada por el pirata Jacques de Sores en 1555. La primitiva iglesia llegó a ser verdaderamente rica en obras y esculturas convirtiéndose en Parroquial Mayor.[ ]  

En 1741 resultó seriamente dañada  por la explosión del navío Santa Bárbara, que estaba atracado en el cercano puerto de La Habana. Fueron tantos los daños que hubo que demoler la iglesia, por lo que la Parroquial Mayor fue trasladada a la zona conocida como La Plazuela de la Ciénaga, propiedad de la orden de Padres Jesuitas.   

Durante la época del Marqués de la Torre, gobernador español, sobre los escombros de la edificación se comenzó en 1776 la construcción de la Casa de Gobierno, la que se terminó en 1792, bajo el mandato de don Luis de las Casas, convirtiéndose en la residencia de los gobernadores coloniales de la isla.[ En ella vivieron, sucesivamente, 65 Capitanes Generales enviados por España para gobernar en Cuba.  

El edificio albergaba además de la Capitanía General, otros departamentos estatales y particulares. La planta alta con vistas a la Plaza de Armas, estaba ocupada por la oficina del Gobernador; en la parte que da a la calle Obispo se encontraban las oficinas del Ayuntamiento Municipal, y los entresuelos y la planta baja fueron ocupados por comerciantes y escribanos que alquilaban a plazos sus oficinas. El ala norte que mira hacia la calle Mercaderes fue destinada a la cárcel pública, luego esta sección fue ocupada por la Real Audiencia, donde se celebraron  frecuentes congresos con fuertes debates de instituciones criollas como la Sociedad Económica de Amigos del País o la llamada Junta de Fomento.

En el patio interior del palacio está enclavada una estatua de Cristóbal Colón, colocada en este lugar en el año 1862.  El edificio    ocupa toda una manzana,  tiene forma de cuadrilátero y mide 22 metros de alto.

Por su importancia para la Corona, casi todos los materiales con que fue construido fueron importados: ladrillos de Málaga, hierros de Bilbao y mármol de Génova. Las 10 columnas de su portal, de piedra labrada y que forman a su vez nueve arcos iguales, son de mármol de Carrara y adornan la entrada principal del palacio, sobre la que destaca la Corona Real española con el escudo y el collar de la Orden del Toisón de Oro.

Al terminar en 1898 el dominio colonial español sobre Cuba, el Palacio de los Capitanes Generales fue convertido en residencia y oficinas de las autoridades norteamericanas hasta el término de su intervención el 20 de mayo de 1902.  A partir de entonces pasó a llamarse Palacio Presidencial y en él se alojaron los presidentes de la nueva república hasta llegado el año 1920. Fue Mario García Menocal, entonces Presidente de la república, quien decidió la construcción de un nuevo y mas amplio edificio, por lo que el antiguo Palacio de los Capitanes Generales pasó a ser sede del Ayuntamiento de La Habana.

En 1967 el régimen castrista lo convirtió en Museo de la Ciudad de La Habana, con 40 salas de exposiciones permanentes, dedicadas a preservar la memoria de las gestas independentistas cubanas y el fragor de la búsqueda de la identidad nacional. Sus ambientes habitacionales rememoran épocas señoriales y recrean espacios interiores con el encanto de notables colecciones.  

La historia de Cuba está reflejada en las diferentes salas de exposiciones. La Sala de las Banderas expone las enseñas nacionales más importantes de las guerras de independencia, entre estas la que trajo Narciso López  en 1850 o la de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, y las que presidieron numerosos actos de los clubes de exiliados cubanos en Tampa y Cayo Hueso. Otra de las salas expone armamento mambí utilizado en las diferentes contiendas, pinturas alegóricas a los próceres independentistas y pertenencias de los héroes de la manigua.[ ]

Algunas salas se han destinado a mostrar la decoración colonial del palacio, con piezas de alto valor, un ejemplo elocuente es el llamado Salón Blanco que cuenta con lujosos espejos venecianos. El espacio más visitado en el museo es el Salón del Trono, construido imitando al gran salón del Palacio Real de Madrid, que  cuenta con exposiciones de joyas y vajillas pertenecientes a numerosas figuras históricas como la zarina rusa Catalina la Grande, y obras pictóricas de consagrados artistas cubanos como Leopoldo Romañach, Armando Menocal, Víctor Manuel, Amelia Peláez, Mariano Rodríguez, René Portocarrero y Wifredo Lam.

El Palacio de los Capitanes Generales, ahora Museo de la Habana, guarda también entre sus muros la escultura original de la Giraldilla, símbolo oficial y legendario de la ciudad, réplica de la que se conserva en el Castillo de la Fuerza oteando el horizonte, para preservarla de los rigores de agentes externos que llegarían a destruirla.


5 de julio de 2017

EL CAPITOLIO NACIONAL DE CUBA


El Capitolio Nacional de Cuba

El Capitolio, del latín Capitolium, era una de las Siete Colinas de Roma. El Capitolinus Mons (Monte Capitolino) era la ubicación del centro religioso y político establecido durante la antigua república romana. Actualmente se le conoce con el nombre en italiano “Campidoglio” y la plaza que lo forma fue diseñada por Miguel Ángel. Constituye hoy la sede del gobierno de la ciudad.

 El Capitolio Nacional de La Habana es un magnífico edificio construido en 1929 bajo la dirección del arquitecto Eugenio Raynieri Piedra, destinado a albergar y ser sede de las dos cámaras del Congreso o cuerpo legislativo de la República de Cuba. Como muchos otros capitolios, sedes de los gobiernos de diversos países del mundo y con igual nombre, la inspiración de su estructura y su estilo neoclásico se basan mayormente en el capitolio de los Estados Unidos, inaugurado en 1800.

 El origen de esta zona de la ciudad se remonta a finales del siglo XVIII, y está  estrechamente vinculado a la construcción de la nueva Alameda de Extramuros, propiciada por los nuevos espacios obtenidos de la demolición de las murallas a partir de 1863.  Se trataba de un espacio abierto, con una rotonda arbolada en cuyo centro se encontraba colocada la estatua de Isabel II, que constituyó el antecedente del actual Parque Central de La Habana.  

En su entorno se organizaron áreas verdes y parques  y fueron emplazados establecimientos de servicios, hoteles y teatros que hicieron de la zona (engarce entre la antigua ciudad intramuros y el desarrollo que se efectuó en el exterior), el centro recreacional más importante de la Capital.   

La historia particular de los terrenos hoy ocupados por el Capitolio de La Habana comienza cuando el lugar, ocupado por una ciénaga, fue dragado  a principios del siglo XIX para su aprovechamiento urbano. El terreno estaba ocupado por un vertedero de basura ubicado junto a la muralla de tierra, y se instaló allí un jardín botánico, el primero en la historia de la ciudad, fundado el 30 de mayo de 1817.   Bajo el auspicio de la Sociedad Económica de Amigos del País, en 1834 este Jartín Botánico se trasladó a los terrenos de los Molinos del Rey, actual Quinta de los Molinos, situados en las faldas de la loma de Aróstegui, donde está emplazado el Castillo el Príncie.  

En este mismo año comenzó en el mismo emplazamiento la construcción de una estación para el ferrocarril que enlazaría La Habana con Güines.  Se le dio el nombre de Estación de Villanueva, llamada así en memoria de Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva, Intendente General de Haciendas y primer presidente del Consejo Directivo del Ferrocarril. En 1817 se inauguró el primer tramo a Bejucal  y un año después llegó a Güines.  En 1839   se concluyó dicha estación en los terrenos contiguos al Campo de Marte y en 1840 la línea ferroviaria alcanzaba ya la localidad de Cárdenas. 

En 1910 se produjo un cambio de los terrenos ocupados por la Estación de Villanueva, que con los años se quedó insuficiente y desubicada.  Después de innumerables avatares, de inicios y paralizaciones que abarcaron un prolongado periodo de casi quince años, el lugar se había convertido en un gran caos en el que convivían los restos del edificio abandonado, con las estructuras de un parque de diversiones.

En el año 1925 el General Gerardo Machado Morales asumió su primer período presidencial con la idea de celebrar en La Habana en 1928 la Sexta Conferencia Internacional Panamericana en un edificio adecuado.

Carlos Miguel de Céspedes, su secretario de Obras Públicas, encargó a la firma de arquitectos Govantes y Cabarrocas el estudio del nuevo proyecto del Capitolio a partir de unas bases ya sentadas, introduciendo las modificaciones que fueran necesarias.

Se creó una comisión a tal efecto a cuyo frente se encontraba el arquitecto Raúl Otero, en la que participaron también los miembros del equipo francés que se encontraba en La Habana trabajando en un Plan Director para su reordenamiento urbano. Dicho equipo se encontraba dirigido por el urbanista y paisajista Jean-Claude Nicolas Forestier, que participó también en los estudios del proyecto del Capitolio. Forestier aportó un conjunto de nuevas soluciones, en las que se hallan muchos de los elementos exteriores que hoy apreciamos en el edificio, como la gran escalinata y las logias laterales de la fachada principal.

La dirección del proyecto fue llevada a cabo por arquitectos cubanos: Raúl Otero fue designado Director Artístico de la obra, encargado de la documentación de planos y los detalles del proyecto, y Eugenio Raynieri fue nombrado Director técnico a cargo de la ejecución y el presupuesto y asumiría más tarde también la parte artística del trabajo hasta su culminación.

El arquitecto José M. Bens también introdujo modificaciones muy importantes, como la proyección exterior de los cuerpos laterales de los hemiciclos, la segunda línea de fachada de las logias y la silueta general de la cúpula. La compañía norteamericana Pudrí & Henderson Company tuvo a su cargo la construcción del edificio.

Al proyecto del capitolio cubano resulta imposible asignarle una autoría exclusiva porque  fue una obra que ya desde el principio fue recibiendo a través de estudios sucesivos un minucioso trabajo de diseño cuya materialización dio lugar a la expresión y la imagen final del edificio.

Con el propósito de realizar un proyecto de organización urbana de la ciudad de La Habana, Gerardo Machado contrató los servicios del destacado arquitecto, urbanista y paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, quien había realizado importantes trabajos anteriores en España, Marruecos y Portugal. Además de sus realizaciones en La Habana, entre 1925 y 1929 intervino en compañía de sus colaboradores más cercanos, Louis Heitzler y Théodore Leveau, para aportar sus experiencias y sugerencias en el enriquecimiento del proyecto del Capitolio y sobre todo en lo referente a los parques y jardines del entorno, que servían de marco paisajístico para el conjunto.

El plan para remodelar La Habana contaba como motivo principal el edificio del Capitolio, que albergaría las sedes del Poder legislativo, la Cámara de Representantes y el Senado de la República. Forestier, en su propuesta, respetó básicamente la estructura existente de la ciudad colonial. La remodelación empezó con los parques de la Plaza de la Fraternidad Americana, situado en los antiguos terrenos del Campo de Marte, los jardines del Capitolio, el Parque Central, la franja del Paseo del Prado, el conjunto de parques de la plaza del Palacio Presidencial y los de la Avenida del Puerto.

El proyecto para los jardines del Capitolio se concibió como un sistema de senderos floridos que se correspondían con los accesos de entradas de las diferentes fachadas del edificio, a la vez que conjugaban con las jerarquías de las vías que conformaban el trazado versallesco de su diseño. Estas sendas de terrazo integral en diferentes colores: blanco, gris y negro, empleaban una composición con motivos decorativos de líneas y elementos geométricos que acentúan las direcciones o destacan puntos o áreas determinadas.


Estatua de Mefistófeles en un jardín interior
El estudio de la vegetación, desarrollado a partir del dominio y el conocimiento del paisajismo y la jardinería que Forestier tenía, se dirigió a enmarcar la monumentalidad del edificio, compaginando la arquitectura del capitolio con especies como lantanas moradas, calas rojas y amarillas, embelesos, y un conjunto de palmas reales situadas en los cuatro ángulos del edificio como culminación del tratamiento, un elemento típico de la vegetación tropical y símbolo de la nacionalidad cubana. La influencia de las aportaciones de Forestier resultó un importante legado que marcó el posterior desarrollo urbanístico de la ciudad de La Habana. Una estatua extraña y poco acostumbrada se erigió a Mefistófeles en uno de los jardines interiores.

La construcción ocupó un área total de 43,418 m², de los cuales 13,484 corresponden al inmueble, con un área circundante de jardines y parques de 26,391 m². El resto, 3,543 m², se dedicaron a la ampliación de las calles y su entorno.

El gran edificio se construyó a partir de una estructura metálica encargada a la compañía norteamericana Pudrí & Henderson, que ya había ejecutado con anterioridad numerosas obras de importantes edificios en la capital. La longitud total de la construcción fue de 207,44 m, y su composición arquitectónica y volumétrica se estructuró a partir de un cuerpo central compuesto por la escalinata monumental, de casi 36 m de ancho por 28 m de largo y un total de 55 peldaños interrumpidos por tres descansos intermedios.

A ambos lados de la gran escalera, se emplazan dos grupos escultóricos hechos en bronce por el artista italiano Angelo Zanelli: La Virtud Tutelar del Pueblo y El Trabajo, de 6.50 m de altura cada uno. En la ejecución final se invirtieron, cinco millones de ladrillos, 38,000 m³ de arena y 65,000 m³ de piedras, 150,000 bolsas de cemento, 3,500 toneladas de acero, 2,000 de cabillas y 3,500,000 pies de madera. Trabajaron más de 8,000 obreros especializados.

El pórtico central, de 36 m de ancho y 16 de alto, es sostenido por doce columnas jónicas de granito. En este espacio se encuentran las tres puertas de los accesos principales al edificio, con 7.70 metros de alto y 2.35 de ancho, así como un conjunto de bajorrelieves de mármol realizados por el mismo artista italiano.
 
La cúpula, de una altura de 92 m, fue en su momento la quinta más alta del mundo con un diámetro de 32 m. Tiene 16 nervios entre los que destacan los paneles recubiertos con láminas de oro de 22 quilates. La cúpula culmina con una linterna con 10 columnas jónicas en cuyo interior había hasta 1959 cinco reflectores giratorios que fueron retirados.
 
En el interior de este espacio se materializa el simbolismo arquitectónico en la imponente escultura de La República, situada bajo el domo, obra también de Zanelli, hecha en bronce, con 15 m de altura y 30 T de peso, que en su momento fue también la segunda más grande del mundo bajo techo.

Este espacio constituye el nudo de articulación del gran Salón de los Pasos Perdidos, el más monumental de los espacios existentes en los edificios públicos del país, con casi 50 m de largo, 14.5 de ancho y casi 20 m de puntal; y que sirve de vínculo con los cuerpos laterales del edificio, de proporciones mucho más bajas, y en los que predomina la horizontalidad con respecto al bloque central.
 
 

La gran escalinata monumental principal, el pórtico central y las escalinatas secundarias están construidas en granito. En el resto del edificio se utilizó piedra de capellanía, tanto para las fachadas como en sus interiores.

Resulta notable la variedad y riqueza de los materiales empleados en esta construcción, como las 58 variedades de mármol nacionales y de otras partes del mundo empleados en los pavimentos y en los paneles escultóricos labrados, los herrajes de bronce de puertas y ventanas, las lámparas, apliqués, candelabros, pinturas murales que decoran los hemiciclos, las decoraciones y molduras de fina ejecución de los falsos techos y paredes realizadas en yeso y estuco. También son destacables las maderas preciosas, particularmente la caoba, empleadas en la ejecución de puertas, ventanas, estrados, estantería y otros trabajos de talla y ebanistería; las rejas y otros elementos de función, los vitrales y lucernarios de vidrio emplomado.

En la parte baja de la escalinata principal del edificio se encuentra la “Tumba del Mambí Desconocido”. Está situada debajo y a ambos lados de ésta es posible apreciar dos arcos que conducen a un pasadizo cubierto donde se encuentran las entradas a este recinto, que contiene un sarcófago rodeado por seis figuras de bronce que representan cada una las seis provincias de la república.

Pero no sólo la arquitectura es importante en el Capitolio. Los elementos decorativos y la ambientación de sus espacios constituyen un complemento destacado de las soluciones arquitectónicas del edificio. La prestigiosa empresa Waring & Gilow Ltd. radicada en Londres y especializada en decoración y ornamentación tanto en interiores como exteriores fue la encargada de ejecutar toda la ambientación general del proyecto, y constituye uno de los aspectos más destacados de su interiorismo.

De modo particular se encargó a diferentes empresas el diseño y elaboración de elementos, como los herrajes de bronce a The Yale & Towne Mfg. Co. de Stanford, Connecticut; la Societe Anonime Bague y la Saunier Frisquet de París tuvieron a su cargo la lamparería; las casas Fratelli Remuzzi de Italia y Grasyma de Alemania todos los trabajos en mármol, basalto, pórfido, granito y ónix, y los trabajos de herrería y fundición, como barandas, rejas, escaleras de caracol y faroles de los jardines fueron ejecutados por los señores Guabeca y Ucelay cuyo taller se localizaba en Luyanó.

Además de esto debe añadirse la incorporación de una gran cantidad de obras artísticas consistentes en tallas de paneles escultóricos y bajorrelieves en piedras y mármol que se encuentran incorporados en las fachadas del edificio y en algunos espacios interiores, realizados por notables artistas nacionales entre los que se encuentran Juan José Sicre, Alberto Sabas y Esteban Betancourt, e internacionales, como Drouker, Remuzzi, Casaubon, Fidele, Lozano y Struyf etc, etc…. Algo similar ocurre con las tallas de las grandes puertas monumentales que incorporan conjuntos y escenas diversas, y con las tribunas, estrados y mesas con elaborados trabajos de ebanistería y tallado.

También es destacable la presencia de pinturas murales y lienzos que decoran muchos ambientes particulares que incluyen obras de maestros como Leopoldo Romañach, Armando Menocal, Enrique García Cabrera y Manuel Vega entre otros. Tapizados, cortinajes, lucernarios y vitrales, esculturas, bustos de mármol y bronce formaban parte de toda esta parafernalia decorativa que correspondía con el gusto y el momento en que fue concebido el edificio.

Paralelamente, se concibió otro ambicioso proyecto que superaba el ámbito de La Habana, que fue la construcción de una red de carreteras nacionales, cuyo kilómetro cero estaría marcado simbólicamente por un refulgente diamante de 25 quilates colocado bajo la cúpula del Capitolio. El diamante perteneció al último zar de
Rusia, Nicolás II, y había llegado a La Habana a manos de un joyero turco llamado Stephano que lo había adquirido en París. Se decía que tenía facultades curativas y poderes mágicos. El joyero había pasado apuros económicos y se desesperó, no sólo porque necesitaba dinero sino porque decía que el diamante atraía la mala suerte: «El Zar que lo poseía había sido derribado del poder y asesinado con toda su familia. La duquesa a quien se lo compró en París murió inesperadamente diez días después; el ruso que le sirvió de intermediario fue herido en un cabaret, quedando ciego; el propio Stéfano, desde que lo tenía en su poder fracasaba en cuanto intentaba»... Por fin Stéfano pudo vender la gema. El Estado cubano lo compró en 12,000 pesos, y a partir de la inauguración del Capitolio, estuvo allí, siempre custodiado.

A pesar de estar protegido por un sólido cristal tallado y considerado irrompible, el diamante fue robado el 25 de marzo de 1946 y recuperado el 2 de junio del año siguiente. Nunca se supo quien lo robó aunque  los  rumores populares señalaban a un teniente de la policía especial del Ministerio de Educación.

Teorías muy fundadas insisten en la autoría por ese policía de sobrenombre “El mosquito” que estando preso por un hecho de sangre le confesó a su compañero de prisión que él había sido el autor del robo del diamante.”El mosquito” pudo realizar el robo porque esa noche había sido clausurada una exposición de arte auspiciada por el Ministerio de Educación, la cual estaba instalada en el Salón de los Pasos Perdidos, y que ese individuo, precisamente por su condición de policía de ese ministerio, participaba del cuidado de la exposición, y seguramente se quedó escondido dentro del Capitolio. Los técnicos del Gabinete Nacional de Investigación encontraron en el lugar un pedazo de papel periódico ensangrentado, pero ni una sola huella dactilar.

Dos cosas pudieron favorecer que ese hombre realizara el robo: Una, que el cristal que protegía al diamante estaba quebrado, ya que otro policía, con el fin de demostrarles a unos turistas que el cristal era irrompible, le dio un fuerte golpe con el tacón del zapato, quebrándolo. La otra es que existía la leyenda de que el fantasma de Clemente Vázquez Bello, muerto en un atentado unos años antes, se paseaba por el Salón de los Pasos Perdidos y los guardias nocturnos del Capitolio evitaban ir por esa zona y vigilarla.

El diamante tenía un precio superior a los 25.000 pesos, una cantidad muy alta para la época, lo que dificultaba encontrar un comprador además del riesgo de venderlo, de forma que el ministro de Educación corrió la voz entre los bajos fondos de que pagaría 5,000 pesos por el diamante y no se tomarían represalias contra el ladrón. De esa forma el ministro recuperó el diamante. Cierta o no la historia, lo que si  resultó noticia bien divulgada por prensa y radio, fue que el 2 de junio del año siguiente el diamante del capitolio apareció en una gaveta del escritorio del Presidente de la República, por entonces el Dr. Ramón Grau San Martín.
 
En 1973 se sustituyó el diamante por una réplica por cuestiones de seguridad y se guardó el original en la caja de seguridad del Banco Central de Cuba. No se ha permitido nunca a ningún periodista desde entonces tener una prueba gráfica de la real situación del famoso diamante.

El Capitolio fue inaugurado el 20 de mayo de 1929, Día de la Independencia, con un costo total de casi diecisiete millones de pesos, lo que equivalía a la misma cantidad de dólares de la época.  

 El Capitolio de La Habana ocupa su lugar en la historia como sede de la Asamblea Constituyente que promulgó la famosa Constitución de 1940. Más tarde, en 1959, el nuevo gobierno revolucionario lo transformó en la sede de la Academia de Ciencias y del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente.

Con el paso de los años los jardines exteriores han sufrido cierto deterioro pero la estructura arquitectónica, debido a su sólida y resistente construcción, se mantiene en un buen estado de conservación, habiendo sido sometida en los últimos años a varios procesos de restauración para preservar su apariencia original.

Una parte fundamental de los datos e información de esta entrada ha sido tomada de la Red especialmente de Wikipedia, Enciclopedia Libre y reproducida por Almejeiras (Vigo) en su blog “La pluma del tocororo”.