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14 de marzo de 2018

DESDE "TO WALK INVISIBLE"



Desde “To walk invisible”

 Marlene María Perez Mateo

 Exordio: “ Tejimos una tela en la infancia, una tela de aire soleado”
                                                              Charlotte Bronte   

               “Tejimos una tela en la infancia, una tela de aire soleado” así deslizaba  Charlotte Bronte hacia 1835 en  la voz de uno de sus personajes la mejor, pero no la única descripción de si misma y de su familia. La BBC (British Broadcasting Corporation) ha dado una vez mas muestra de sabiduría y profesionalidad al lograr estrenar el 29 de diciembre del 2016 una miniserie  con una total de a  120 minutos; para honrar y dar vida cinematográfica a las escritoras inglesas hermanas Bronte, en su segundo centenario. El guion corrió a cargo de Sally Wainwright,  a su vez basada en la primera biografía de las insignes autoras,  nacida bajo la pluma de Elizabeth Gaskell quien compartió con las mismas profesión y amistad.

                 La serie nos traslada a la Inglaterra victoriana y muy en particular a un páramo aislado, lúgubre, rodeado de un colosal cementerio donde a la sazón, clásico hecho  por entonces el Reverendo Patrick Bronte, padre de las jóvenes, ubicaba su ministerio apostólico y hogar. El Señor Bronte había sido un estudiante superdotado en la Universidad de Cambridge, un lector voraz y deslumbrante,  que al amparo de mecenas  había cursado costosos estudios y escritos, varios poemas pastoriles. La tía Elizabeth Branwell tuvo a su cargo la educación y el rol materno de sus sobrinos en ausencia temprana de su real madre; unida a la sirvienta Martha Brown, parte indisoluble de la familia. La infancia de estos seis hermanos se lleno de juegos y lecturas, a la vez. Tenían a su disposición una amplia biblioteca, un lujo para la época, no tanto porque su  economía se lo permitiera, sino por la posición del cabeza de familia como clérigo. Allí nacieron sus primeros libros, llamados “libritos”, posibles de ser leídos solo con lupa. Eran unas historietas describiendo reinos imaginarios y batallas entre fantasía y realidad. Posteriormente sobrevino la matricula en un internado para estudios y para torturas nombrado Cowan Bridge, Escuela para hijas del clero. Las duras condiciones de vida, el hambre, un frió tiritante y el maltrato fueron los ingredientes de los años de internas. Nada de lo descrito en “Jane Eyre”, quizás la mas popular  novela de  Charlotte, dejo de ser una realidad. El internado cobro la vida de Mary y Elizabeth las dos hermanas mayores, quienes pudieran haber dejado un legado brillante pues se les describe como personas de gran lucidez y  vivacidad. Sobre la vida angosta de la familia se sumo el alcoholismo, la enfermedad y la irresponsabilidad de su hermano Branwell. Un genio perdido en las sombras de la adicción, quien creció bajo motivación del pintor John Martin y las  paginas de Lord Byron y Walter Scott. Branwell hizo de su vida y de su familia una agonía, ademas de dejarles sin saberlo el germen de la tuberculosis, mal incurable en la época, llevando a la muerte a si mismo y a dos de sus hermanas en menos de seis meses..    
    
               “ The Bronte Society” es la institución mas antigua de Europa dedicada a un corpus literario en especifico. La segunda esposa de Charlotte, ultima sobreviviente de los seis hermanos, vendió a la referida sociedad valiosos materiales de todo lo que rodeo a tan particular familia. “Bronte Society” conserva y da vida al museo vivienda , la casa parroquial en Yorkshire; en mejores condiciones hoy de lo que fue en sus orígenes.

               Las Bronte escribieron inicialmente bajo seudónimos con las iniciales de su nombre C, E y A, mas el apellido Bell, “campana”, objeto este llegado a la iglesia dirigida por su padre en los tiempos de sus pinitos editoriales. Bajo la no poca presión de una sociedad donde la mujer poco valía, y cuyo mayor aspiración profesional era convertirse en institutrices, status llevado a cabo por las hermanas pero también detestado; sin tutoría propiamente dicha, solo la buena relación esporádica con mentes privilegiadas, con una economía muy limitada donde se incluía hasta el hambre, por otra parte una salud muy frágil pienso debido al ambiente poco salubre de su hogar, colmando el grupo de lo triste y escandaloso de la vida de su hermano. Emily, Anne y Charlotte llevaron adelante como su  medio de manutención y de existencia ( “..era en realidad cuando mas me sentía viva..” confesaba Anne en sus páginas) una impresionante obra, profunda reflexiva  y de valores perpetuos. La imaginación, no la de baratillo, sino la imaginación con mayúscula les desbordaba, pudiendo mirar y pisar firme y bien. Fueron personas de su tiempo y ya eso es bastante. No son pocos los que tratan de traerlas a su grupo: el feminismo y el ecologismos  mal entendido, los góticos trasnochados y nada góticos. Mala cosa esta. A las Bronte nada de ello les hubiera agradado, pero como diría alguien proverbialmente: ”Solo se tiran piedras al árbol cargado de frutos.”               


11 de mayo de 2016

Miguel de Cervantes: 4º Centenario de su llegada a la Historia

Miguel de Cervantes,
Cuarto Centenario de su llegada a la Historia

Nicolás del Hierro

El 23 de abril de 1616, Miguel de Cervantes se despedía de la vida. Se le quebraban las cadenas del ser y el existir para pasar, afortunadamente, a la inmortalidad que la literatura ofrece a sus elegidos.

Su existencia personal dejaba de ser creadora en la gran parcela terrenal del idioma castellano; pero también desde aquel mismo día la virtud de su palabra escrita impulsaría con mayor fuerza la hasta entonces impecable altura que, desde lustros atrás, ya hubiera comenzado a ser el trampolín que agigantara la perpetuidad con su literatura.

No pocas veces, paradójicamente, el cuerpo de la persona donde radica el genio ha de tragárselo la tierra para que el nombre del mismo se prolongue en la constancia a través de su quehacer anterior.

Aquel luchador de Lepanto, presidiario, cobrador de alcabalas, buena persona y permanente buscavidas, magnífico prosista, ponedor de su propio pensamiento humano en el cerebro y labios de un tranquilo neurótico, aquel “famosillo” entrecomillado, junto a famosos de turno que, como poeta, mintiera asegurando que fuera ésta, la ciencia del verso, “una gracia que no quiso darle el cielo”, le bastó sola su mano derecha para escribir la mejor prosa española que haya dado jamás la literatura en nuestro idioma.

Perdonad que me cite en uno de mis ya antiguos sonetos dedicados al genio cervantino; un soneto que repite su auto-rima:

 De una mano tan sólo, de la mano
tan sólo con que el hombre, el escritor,
se sirve cuando escribe, cuánto amor
pudo salir, Cervantes, de una mano.

No hacía falta más, sólo tu mano
derecha y tu cerebro soñador,
soñando que la vida y su dolor
estaban al alcance de tu mano.

Tú eras la vida misma, la existencia,
el fruto y la razón, eras conciencia,
de noble humanidad, eras el brote

más puro del amor, naturaleza,
la poesía misma, la grandeza…
Y te nos diste todo en Don Quijote.

Esto, que sucedió con don Miguel, no es una excepción ni mucho menos, pero sí lo es un vivo ejemplo, un gran ejemplo. La segunda parte de El Quijote, sumó y acrecentó el acierto que ya obtuvo en la primera, no sólo por el éxito editorial sino también por lo que suponía la corona literaria del escritor casi septuagenario, que había peleado durante toda su vida entre las luchas de guerra, las sociales y las del espíritu, pero sobre todos con las económicas, dentro siempre del duro resultado que la cruda existencia le proporcionó en los personales campos de todas sus batallas, y cuyos ecos triunfales le llegaban postrado en un sillón donde, todavía, el escritor incombustible y nato, daba los postreros retoques a la última de sus novelas, “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, cifrando en ella sus mayores esperanzas, pero harto convencido de que aquello era el final de su existir. No en vano su confesional apoyo sobre los versos de antiguas coplas en la dedicatoria que, desde esta obra, hizo al conde de Lemos:

      “Puesto ya el pie en el estribo,
 con las ansias de la muerte,
 gran señor, ésta te escribo...

Premonitorio, y adivinando cercana su terrenal despedida, lo escribiría en su casa de la madrileña calle de León, en el hoy “Barrio de las Letras”, o de “las Musas”, barrio que hicieron inmortal las triunfadoras obras literarias que salieron de mentes y de plumas, de dramaturgos, poetas y escritores que en aquel Siglo de Oro español lo habitaron, nombres y apellidos tan ilustres como fueron y son Lope de Vega, Quevedo y el propio Miguel de Cervantes, entre otros, aseverando los investigadores y biógrafos de éste que tal dedicatoria al Conde resultó ser lo último escrito por el “Príncipe de las Letras”, muy pocos días antes de aquel infausto 23 de abril, cuyas cercanas, próximas y nominadas calles podemos recorrer aún cualquier día, incluso visitar la casa donde alguno de ellos próceres habitara entonces.

Lo cierto es que, de una u otra forma, una vez más la desidia nacional y el generalizado poco aprecio de los valores personales en los momentos de la existencia de quienes están dotados de méritos para una mayor atención con su persona, sus restos quedaron confundidos en el osario común, casi imposible de identificar cuando el nombre se inmortalizó a través de la obra y quisieron recuperarse.

Sí quedó a buen recaudo el manuscrito de “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, en los que tantas esperanzas había puesto Cervantes, terminados como estaban y en vías, entonces, de hallar el privilegio necesario para su publicación, que pronta y afortunadamente consiguiera su viuda doña Catalina Salazar y Palacios y que vendiera a Villarroel.

 La obra apareció en librerías en los primeros días de 1617, alcanzando desde el primer momento tal popularidad, que aquel año se hicieron siete ediciones de la misma. Pero luego, como es bien sabido, la generalizada, extensa y maravillosa obra cervantina, quedaría minimizada ante la magnitud y grandeza de “Don Quijote de La Mancha”, imponiéndose en el mundo de las traducciones, publicaciones y lecturas. 

Se dice, y es la pura verdad, que el mejor homenaje que podemos hacerle a un autor, vivo o ya no entre nosotros, es leerle en sus obras.

Por ello, cuando de nuevo el 23 de abril celebremos el Día del libro y con él el de Cervantes, o lo que supone mayor fuerza aún, el mismo día en el que ya vayan a cumplirse o se hayan cumplido cuatro centurias de tres importantes eventos literarios en la vida y en la obra del mejor y más universal prosista que hayamos tenido en nuestro idioma (obran completa de Don Quijote: 1615; fallecimiento del escritor: 1616, y publicación de Los trabajos de Persiles y Segismunda: 1617).

No deberíamos dejar de ejercer este ejemplo en la extensión de su obra y a través suyo, porque amplio es el mundo de las bibliotecas, inmenso el de las librerías, o lo que hoy nos impulsa con mayor fuerza, la digitalización de los libros y la fecunda publicación de tan inmortales y conocidos títulos.

No dejemos, pues, de viajar por ellas, de visitar unas y otras, abordando con un diálogo entre todos, los ambientes, medios y modos para llegar a la mejor lectura en castellano que mantienen los siglos.
 
Publicado originalmente en la Revista La Alcazaba:
Todos los derechos son reservados por el autor o los autores

12 de febrero de 2015

Amores históricos: Dante y Beatriz

 
Amores imposibles: Dante y Beatriz
El amor imposible de Dante fue Beatriz Portinari a quien inmortalizó en su obra La Divina Comedia y en sus sonetos de la Vita Nuova. Dante nos descubrió una nueva forma de amar, sin egoísmo, sin correspondencia, sin esperanza. Una amor idealizado que le permite seguir viviendo con  Beatriz como musa de su obra.

Dante y Beatriz se conocieron, según algunos, desde la niñez y, según otros, en la adolescencia; como quiera que fuera, Dante se prendó de "la gloriosa señora de sus pensamientos", de quien hizo la razón de su existir. La sonrisa y el leve saludo que Beatriz le prodigaba a Dante cuando casualmente se encontraban, bastaban para satisfacer el profundo amor que el poeta le profesaba. Beatriz contrajo nupcias con un rico banquero y Dante buscó consuelo en el maravilloso mundo de la poesía, dando rienda suelta a su imaginación, produciendo nuevas rimas, todas ellas reflejando el amor que sentía por su dama.

Los jóvenes florentinos difundían las poesías de Dante al recitarlas en las reuniones y, Beatriz al escucharlas, se reconoció en ellas. Ella, dama virtuosa y además casada, se sintió lastimada en su dignidad, por ser la inspiración de un amor insano y, desde entonces, cuando solía encontrarse con Dante, aquel breve saludo con el que contaba el poeta para iluminar su existencia, le era negado. Las congojas de Dante no terminarían ahí, poco tiempo después Beatriz cayó enferma, contagiada de la peste negra o bubónica, y en 1290 la muerte hizo acto de presencia y el fiel enamorado solo pudo seguir de lejos el cortejo, acercándose a la tumba de la amada cuando todos se habían retirado. Dante, hundido, trocó su vida en un constante disfrute de placers, prodigándose múltiples amantes.

Tres años más tarde contrajo matrimonio con Gemma Donati, la joven que su padre le había escogido para esposa, a la cual no amaba, lo que no impedía que ella le brindara su ternura y admiración, comprendiendo que su esposo no era como los demás hombres. Gemma hizo posible que Dante gozara de un breve tiempo de paz y tranquilidad, tiempo que aprovechó para terminar "La Vida Nueva", mitad en verso y mitad en prosa, poemas en los que, una vez más, ofrendaba su amor a Beatriz.

En “La Divina Comedia” pide a Beatriz que le conduzca a su lado:

-«Beatriz, guíame hacia el paraíso, ya que Virgilio ya cumplió su misión.
Nuestro amor no es terrenal, porque este sentimiento es tan inmenso que no lo supera el amor de Dios por la humanidad
»

Nota: La foto que ilustra esta historia es un cuadro del pintor prerrafaelista Henry Holiday y representa el encuentro entre Dante y Beatriz en el Puente Santa Trinidad en Florencia.

grandes-amores.blogspot.com/2008

13 de diciembre de 2014

El burro que nos enseñó a leer


El burro que nos enseñó a leer

 Cien años, ese es el tiempo que ha pasado desde que el poeta Juan Ramón Jiménez regaló al mundo una de sus obras más populares, “Platero y yo”.   Y es que esta historia –que cuenta la vida y muerte de un burro plateado al que su dueño ama con locura- ha conseguido enternecer a una buena parte del mundo. No en vano es es el tercer libro más traducido a diferentes idiomas después de la Biblia y El Quijote.

“Entre los niños, Platero es de juguete. ¡Con qué paciencia sufre sus locuras!”   

La historia de esta obra maestra de la literatura se inició -según el poeta de Moguer- en 1906, año en que comenzó a dar forma a la que sería uno de sus textos más conocidos en el mundo y más leídos por el público infantil. Sin embargo, y a pesar de que en la actualidad suele estudiarse en todos los colegios de España, “Platero y yo” fue una novela dirigida a los adultos. ¿La razón? Cuenta con varios capítulos en los que es palpable una cierta crítica social.   

Así lo afirmaba el propio autor –Premio Nobel de Literatura- en 1956: «Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos nos ocurren»,   señaló.. Quizás ahí reside la clave de su éxito entre el público infantil y juvenil, puesto que, como decía Eugenio D´Ors,  «los niños adorarán Platero y yo porque no ha sido escrito con premeditación para ellos».

Sin embargo, la historia nos dice que la primera edición de este libro que fue publicada en 1914 por «La Lectura» (la que hoy recuerda el Doodle de Google)  se encontraba ubicada dentro de una conocida colección de literatura infantil. Además, en aquellos años no contaba con los 138 capítulos   que tendría la versión definitiva, sino con una selección de 66,  escogida especialmente para los más pequeños de la casa.

El propio Jiménez escribió la siguiente advertencia por entonces: «Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡qué sé yo para quién!... para quien escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma».

Aseguraba que ninguna de sus páginas le llevó más de diez minutos

«¿Existió de verdad Platero?» se preguntaba hace apenas unos meses Andrés Ibáñez en este periódico. «Sí, nos cuenta Juan Ramón, pero no uno, sino muchos, ya que «platero» es el nombre común con que se conoce en Andalucía a un asno de pelaje gris. «Yo tuve de muchacho y de joven varios –nos cuenta el poeta–. Todos eran plateros.   La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente y el libro».

Pese a su éxito, Juan Ramón Jiménez no estuvo del todo contento con el célebre texto. Según los textos que guarda la Fundación Zenobia —llamada así en honor a su esposa, la también escritora Zenobia Camprubí Aymar—, al ”andaluz universal”   le disgustó la primera edición de 63 capítulos, porque a su juicio «estaba descuidada». Según reconoció más adelante, ninguna de las páginas de Platero le llevaron más de diez minutos. El poeta también renegó de las ilustraciones que acompañaban su texto.

De acuerdo con la Fundación Zenobia, J.R. intentó a lo largo de su vida, cambiar Platero en sus muchos apuntes. Así, el escritor lo llamó Platero revivido, Platero residente, Platero (sin yo), Otra vida de Platero, y al final se decide por Primer Platero, Platero Mayor, Último Platero. El escritor justificó los cambios para hacer más sencilla su obra, mejorar la precisión de sus expresiones y actualizar su sistema ortográfico propio.

Los diez pasajes más tiernos del libro

1-«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro».

2-«Cuando, al mediodía, voy a ver a Platero, un transparente rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el oscuro suelo, vagamente verde, que todo lo contagia de esmeralda, el techo viejo llueve claras monedas de fuego».

3-«Los niños han ido con Platero al arroyo de los chopos, y ahora lo traen trotando, entre juegos sin razón y risas desproporcionadas, todo cargado de flores amarillas. Allá abajo les ha llovido —aquella nube fugaz que veló el prado verde con sus hilos de oro y plata, en los que tembló, como en una lira de llanto, el arco iris—. Y sobre la empapada lana del asnucho, las campanillas mojadas gotean todavía».

4-«Entre los niños, Platero es de juguete. ¡Con qué paciencia sufre sus locuras! ¡Cómo va despacito, deteniéndose, haciéndose el tonto, para que ellos no se caigan! ¡Cómo nos asusta, iniciando, de pronto, un trote falso!».

5-«Les dije que aquella carrera la había ganado Platero y que era justo premiarlo de algún modo. […] Entonces, acordándome de mí mismo, pensé que Platero tendría el mejor premio en su esfuerzo, como yo en mis versos. Y cogiendo un poco de perejil del cajón de la puerta de la casera, hice una corona, y se la puse en la cabeza, honor fugaz y máximo».

6-«Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás que he llegado a creer que sueña mis propios sueños».

7-Sobre la noche de Reyes: «¡Qué ilusión, esta noche, la de los niños, Platero! No era posible acostarlos. Al fin, el sueño los fue rindiendo, a uno en una butaca, a otro en el suelo, […] a Pepe en el poyo de la ventana, la cabeza sobre los clavos de la puerta, no fueran a pasar los Reyes... Y ahora, en el fondo de esta afuera de la vida, se siente como un gran corazón pleno y sano, el sueño de todos, vivo y mágico […]¡Ya verás cómo nos vamos a divertir esta noche, Platero, camellito mío!»

«A mediodía, Platero estaba muerto»

8-«Encontré a Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes.   Fui a él, lo acaricié hablándole, y quise que se levantara... El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada... No podía... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir a su médico. El viejo Darbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo»

9-«A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza... Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores...»

10-«Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos. […] —¡Platero, amigo!—le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?».

abc.es

23 de septiembre de 2014

La ingenua utopía de Julio Cortázar

La ingenua utopía de Julio Cortázar

Ernesto Santana Zaldívar

LA HABANA, Cuba - En este año se celebra el centenario de algunos de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo XX. Sin embargo, mientras Julio Cortázar se marchó hace ya treinta años, en Chile el antipoeta Nicanor Parra, sigue dando guerra y diciendo lo que le viene en gana, disgústese quien se disguste.

En 1970 Parra se consideraba miembro de la izquierda latinoamericana, pero entonces la jefatura revolucionaria de Cuba decidió expulsarlo de esa selecta vanguardia, porque había asistido a una recepción en Washington. Alejo Carpentier hubiera sentido que dejaba de existir como escritor si le hubiese ocurrido lo mismo. El chileno, por el contrario, se sintió liberado de un peso, pues, como declaró en unos versos, “No soy derechista ni izquierdista, yo simplemente rompo con todo”.

Cuarenta años después, fue invitado por aquella misma jefatura revolucionaria a asistir con la mandataria Michelle Bachelet a la Feria Internacional del Libro de La Habana, en una edición dedicada a la República de Chile, pero Nicanor Parra, sin revuelo pero sin dudarlo, rechazó la invitación.

Ese otro grande de las letras iberoamericanas, Julio Cortázar, que tanto despreciaba las falsedades burguesas, la politiquería y la prepotencia de los señores, carecía de ese don de ruptura. De hecho, su coraje y su genialidad como creador de la palabra no tienen correspondencia con su activismo político.

Claro que no es el único, entre los tantos artistas del continente, aunque jamás llegó a ser un hipócrita ni un oportunista. Si bien no asumió una postura vertical y firme como Vargas Llosa, de ninguna manera llegó a los extremos de un Gabriel García Márquez.

El autor de esa gran novela que es Rayuela, y de muchos de los mejores cuentos de la literatura mundial —que sabía mezclar realismo y fantasía con el más límpido estilo— tuvo, según Vargas Llosa, un espíritu adolescente, una voracidad cosmopolita, y un candor que siempre lo acompañaron.

A Octavio Paz, el premio Nobel mexicano, le parecía que en algunos momentos las tentativas literarias de Cortázar y las suyas se habían cruzado: “él en la prosa y yo en la poesía, dijo. “Me parece que es el escritor latinoamericano con el cual tengo más afinidad literaria, en esta tentativa por encontrar ciertos cruces entre el texto literario, el texto poético y otras formas de expresión”.

La bella utopía

Muy amigo de Roberto Fernández Retamar, cuando le escribe para tratar sobre la “situación del intelectual latinoamericano, Cortázar le asegura que, si tuviera que enumerar las causas por las cuales se alegraba de haberse ido de su país, “creo que la principal sería el haber seguido desde Europa, con una visión desnacionalizada, la revolución cubana. Para afirmarme en esta convicción me basta, de cuando en cuando, asegura el escritor, hablar con amigos argentinos que pasan por París con la más triste ignorancia de lo que de veras ocurre en Cuba.

Seguramente por ese candor del que hablaba Vargas Llosa —y que el escritor Plinio Apuleyo Mendoza consideraba “a veces alarmante, Cortázar pudo llegarse a creer que entonces, en 1967, él sí estaba muy bien informado de “lo que de veras ocurre en Cuba, y por eso, naturalmente, sentía que la revolución cubana era “una encarnación de la causa del hombre como por fin había llegado a concebirla y desearla.

Igual que muchos otros intelectuales, tuvo la certeza de que “el socialismo, que hasta entonces me había parecido una corriente histórica aceptable e incluso necesaria, era la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano esencial, en el inconcebiblemente difícil y simple principio de que la humanidad empezará en verdad a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre”.

Pocos meses después de redactar esa carta, la noticia de la muerte de Che Guevara en Bolivia lo llenaría de consternación. Su compatriota representaba para él, como para tantos, un paradigma de la revolución continental, una leyenda viviente junto a la cual él se consideraba, casi culpablemente, un simple intelectual, como sugieren sus versos: No nos vimos nunca / pero no importaba, / mi hermano despierto / mientras yo dormía.

La explosión Padilla

Duro despertar sería el de Cortázar, y muchos otros, cuatro años más tarde, en 1971, cuando estalló el caso Padilla, dividiendo en dos bandos a los escritores de lengua española. El autor de Rayuela firmó la primera carta de protesta, que recibió una réplica insultante de Fidel Castro, pero se negó a firmar la segunda, que era aún más fuerte. Principalmente, de un lado quedaron García Márquez y Cortázar, y del otro Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Semprún y Juan Goytisolo.

Para no firmar esa segunda misiva, Cortázar argumentó que se trataba de “una carta de ruptura” y que personalmente, pese a las objeciones que tenía con las autoridades de la Isla, seguía creyendo “que la revolución cubana merece, en su esencia, una fidelidad que no excluya la crítica, una presencia siempre posible para colaborar al triunfo de su lado positivo que, lo creo de veras, sigue existiendo a pesar de esta ofensiva de mediocridad y medievalismo”.

En los meses siguientes, Cortázar hizo incansables y patéticas gestiones para reconciliarse con Fidel Castro. Llegó incluso a aparecerse en la embajada cubana en París para donar una vieja máquina de escribir y un bulto de ropa usada, como humilde contribución para aliviar las carencias ocasionadas por el bloqueo económico de Estados Unidos. Ni siquiera lo recibieron.

Pero ni el hecho de que no llegó a firmar la segunda carta, ni un poema con el que intentaba recuperar la gracia revolucionaria (Buenos días, Fidel, buenos días, Haydée, mi casa, mi caimancito herido…), ninguno de sus intentos de acercamiento, nada bastó para que lo perdonaran y la condena se mantuvo durante varios años. Cuando, en 1973, una editorial habanera publicó las Narraciones completas de Edgar Allan Poe, en tres tomos, no se mencionó siquiera que la magnífica traducción y las enjundiosas notas eran suyas.

Julio Cortázar es uno de los más notables ejemplos de la confusión y parálisis que produjo la revolución cubana sobre un vasto sector de la intelectualidad de América Latina. Un hombre de izquierdas como Cortázar tuvo que pagar un alto precio moral por no atreverse a reconocer que había sido víctima de la manipulación y el engaño de Fidel Castro y su revolución.

Reproducido de Cubanet.com

23 de abril de 2014

Macondo hecho un pisapapeles



Macondo hecho un pisapapeles


Por Antonio José Ponte

Hace cinco años, a propósito de un artículo que me pidieron, leí de corrido toda la obra narrativa de Gabriel García Márquez. Es decir, releí muchos de sus libros y entré por primera vez, y no con demasiado gusto, en los últimos títulos suyos, que había visto aparecer en librerías sin atenderlos.

La revista mexicana y española Letras Libres me encargaba un examen de la obra del narrador colombiano que aparecería bajo el título "El Nobel en la picota", pues otros premiados por la Academia Sueca -Tony Morrison, Darío Fo, José Saramago y J.M.G, Le Clézio- iban a ser escrutados también.

Al recibir aquella orientación, lo primero que hice fue preguntarme por qué me reservaban a García Márquez, cuando no recordaba haber hablado de su obra ni para bien ni para mal, y no me interesaba en los más mínimo la personalidad del autor. Entonces supe que era debido a su amistad con Fidel Castro. Le procuraban el juez más severo posible, alguien que tuviera que sobreponerse a un enorme  prejuicio a la hora de leerlo.

 De modo que lo segundo que hice al recibir el encargo fue jurarme que no haría en mi texto alusión alguna a esa amistad. Leería a Gabriel García Márquez como si la revolución cubana de 1959 no existiera. Compré ediciones de bolsillo de todas sus novelas y volúmenes de cuentos, y me di a la tarea tan cronológicamente como pude.

Quizás no es buena idea leer de corrido la obra completa (o incompleta) de un autor, por magnífico que sea. Quizás no resulten fiables los efectos de un festival así. No obstante, experiencias parecidas con las obras de Joseph Roth o de Isak Dinesen no me hacen desaconsejar tal ejercicio. Si bien debo reconocer que Roth y Dinesen son narradores muy superiores a García Márquez.

Ahora, a propósito de su fallecimiento, vuelvo a publicar aquí mi examen de su narrativa y no me privaré de hacer una observación acerca de su amistad con el dictador cubano. García Márquez confesó alguna vez que cuando estaban juntos hablaban de literatura. Así el Premio Nobel sostenía conversaciones sobre libros y autores con el creador de un régimen de censura política. Mientras que generaciones de lectores en Cuba tenían prohibido el acceso a las obras de dos (por citar solo dos) maestros como  Jorge Luis Borges y Octavio Paz, Gabriel García Márquez admiraba a Fidel Castro y cultivaba su amistad.

Es un detalle, y no el más repudiable de esa complicidad política, aunque sí el más especifico para alguien que se ocupó de escribir libros.

Las que siguen son mis opiniones sobre sus novelas y cuentos.

El enigma del trópico
Antes de Macondo fue Comala, la tierra imaginada por Juan Rulfo. Antes, Bolombolo, "país exótico y nada utópico, / en absoluto! ¡Enjalbegado de trópicos / hasta donde no más!" que cantara el colombiano León de Greiff. Y antes, dentro de la obra narrativa de Gabriel García Márquez, los cuentos recogidos en Ojos de perro azul

La lectura de estas piezas publicadas tardíamente revelan torpeza veinteañera e incapacidad para lo fantástico. "De nada le valió arrastrarse con las vísceras rotas para auyentar los cuervos de la lujuria. Trató de apostarse tras el baluarte de su infancia. Trató de levantar entre su pasado y su presente una trinchera de lirios", escribió el joven García Márquez. 

Y en otro cuento: "Pero el esteta que lo habilitaba, tras una lucha aproximadamente igual a la raíz cuadrada de la velocidad que hubiera podido averiguar, venció al matemático, y el pensamiento del artista se fue hacia los movimientos de la hoja que verdeazulblanqueaba con los diferentes golpes de luz".

Luego, mejorará, por supuesto. En medio de esos cuentos primerizos aparece Macondo. Zancudos, astromelias, alcaravanes, gallinazos, campanadas de iglesias, almendros de hojas podridas: García Márquez ha confesado que aprendió de Graham Greese un álgebra para codificar el trópico. Mediante unos pocos elementos, dispersos pero unidos por cierta coherencia, podía reducirse "todo el  enigma del trópico a la fragancia de una guayaba podrida".

Idénticos detalles botánicos y bestiarios rotarán de novela en novela. Caerá siempre la lluvia (cualquier adaptación cinematográfica del mundo garciamarquiano tendrá que reservar un buen renglón del presupuesto para lluvia artificial). Según confesión suya, Frank Kafka le había regalado el desparpajo suficiente para que alguien despertara convertido en insecto sin más. Kafka le enseñó, luego de unos intentos fallidos, a evitar el embrollo de las explicaciones. 

En una frase de La señora Dalloway dio con la anticipación de ruinas que luego prodigaría en tantas páginas. Virginia Wolf tenía escrito allí: "Pero no había duda de que dentro se sentaba algo grande: grandeza que pasaba, escondida al alcance de las manos vulgares que por primera y última vez se encontraban tan cerca de la majestad de Inglaterra, el perdurable símbolo del Estado que los acuciosos arqueólogos habían de identificar en las excavaciones de las ruinas del tiempo, cuando Londres no fuera más que un camino de hierbas, y cuando las gentes que andaban por sus calles en aquella mañana de miércoles fueran apenas un montón de huesos con su propio polvo y con las emplomaduras de  innumerables dientes cariados".

Además de las ruinas premonitorias y los símbolos del poder político, él encontró en esta frase el miércoles preciso al que habría de apelar tantas veces: un día en contraposición a toda la eternidad, una concreción que permitiese avizorar lo demasiado abstracto. Si el trópico alcanzaba a abreviarse en cierta utilería recurrente, los manejos macondianos del tiempo quedarían reducidos a trascendencias (el hielo que rebota en el paredón de fusilamiento) y unas cuantas premoniciones: la muerte anunciada.

Sobrevivir a "Cien años de soledad".
Varios comentaristas de su obra han supuesto la carga de sobrevivir a una novela como Cien años de soledad, escrita a los cuarenta años. Los problemas, empero, habían comenzado antes. Pues ya a mitad del manuscrito, pasada la muerte del coronel Aureliano Buendía, Cien años de soledad podría considerarse escrito, no por Gabriel García Márquez, sino por los imitadores de Gabriel García Márquez a los que la novela daría lugar. 

Muerto Aureliano Buendía, aquellas epifanías que resultaban graciosas se convertían en retórica mala: lluvia de mariposas amarillas para Mauricio Babilonia. Y en tanto las guerras federalistas traían aún buenas páginas al mundo de Macondo, la llegada de la compañía bananera estadounidense quedaba impostada, tan literariamente infausta como el mar que desmontan los ingenieros gringos en El otoño del patriarca. (Cuidadoso de no chocar con autoridades, delicadísimo al vérselas con la Iglesia Católica, el antimperialismo del autor no resulta convincente por escrito).

Puesto a administrar su sobrevivencia, García Márquez tildó de superficial la escritura de su obra más conocida, mostró preferencia por otros libros suyos, sostuvo haber escrito Cien años de soledad para desviar lectores de una novela  publicada antes: El coronel no tiene quien le escriba.

En El olor de la guayaba conversa con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza acerca de los estorbos de la fama: "lo peor que le puede ocurrir a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, en un continente que no estaba preparado para tener escritores de éxito, es que sus libros se vendan como salchichas". Y, empeñado en superar tal maldición, publica el que tal vez pueda considerarse su mejor libro: Crónica de una muerte anunciada.

¿Fue a partir de Cien años de soledad que las frases de sus libros necesitaron ser rotundas, sus personajes se volvieron imposibles de tratar con esos nombres, y las descripciones pecaron de relamidas? Mientras que Jorge Luis Borges adjetiva para lo inusitado, García Márquez lo hace por razones reposteriles, para agregar almíbar a la frase, por engolosamiento.

Lo que vino después
Después de Cien años de soledad atinará parcialmente, por aquí y por allá. Compondrá un memorable encuentro entre el anciano dictador y la reina de belleza en El otoño del patriarca (leído con detenimiento, el furor nerudiano de ese episodio resulta cercano a la parodia de Neruda hecha por Juan Ramón Jiménez a propósito de la teoría de la sustitución). 

Subvertirá los modos de todas las novelas rosas con una novela rosa, El amor en los tiempos del cólera, obra de un cursi que se hace pasar por cursi.

El general en su laberinto, donde un autócrata tan desolado como el patriarca de un volumen anterior vive una muerte anunciada como la de otro libro previo, consigue aburrir.

Del amor y otros demonios es el esbozo para una mala novela. Y en su último relato publicado, Memorias de mis putas tristes, los enamorados devoran gardenias y rosas, se inventa el teléfono sin corazón... Cabría allí, en suma, cualquiera de las ridiculeces del cine de Eliseo Subiela.

Lo peor, sin embargo, es que esa historia pretende acogerse al ejemplo de La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, citada en el epígrafe. La traducción del japonés al colombiano transforma el delicado erotismo del original en voracidad por el virgo y alarde de potencia nonagenaria. Cabe preguntar entonces por qué sedan cada noche a la joven del prostíbulo colombiano. En casos como este, o cuando habla de música clásica, no es difícil sospechar en Gabriel García Márquez a un espíritu poco sutil.

Amén de su narrativa, el Premio Nobel colombiano es autor de unas memorias de infancia y juventud, y de un periodismo confundible con su literatura, al que podría calificarse de columnismo sentimental, no tan atento a la verdad como a las emociones. Vivir para contarla, sus memorias, permite conocer a los vecinos de Macondo en los lugares menos pensados. De ese entrecruzamiento practicable en muchos de sus libros recuerdo, en Cien años de soledad, la llegada a la firma del tratado de Neerlandia del joven tesorero de la revolución, anciano en El coronel no tiene quien le escriba.

García Márquez para los arqueólogos
Me pregunto qué pensarán los acuciosos arqueólogos imaginados por Virginia Woolf cuando, entre las ruinas del tiempo, lleguen a identificar la obra de Gabriel García Márquez. Vueltas las capitales un camino de hierbas, de las manos fosilizadas de los pasajeros de metro podrán extraerse los volúmenes del colombiano, y quizás sean celebrados como sus mejores libros Crónica de una muerte anunciada y El coronel no tiene quien le escriba (pese al final enfático reutilizado en El amor en los tiempos del cólera). Cabrá tal vez en esa selección futura alguna otra novela, aunque ninguno de sus cuentos y ninguna de sus intentonas cinematográficas.

En cuanto a Cien años de soledad, aventura que pasará a formar parte de la literatura para jóvenes o niños. Los Buendía quedarán emparentados con la familia Mumín. Macondo cobrará su decisiva forma de pisapapeles e, igual que en los pisapapeles, importará poco la intensidad de la lluvia o de la nieve, puesto que el mundo está al abrigo de una bola de cristal. (Ese abrigo es lo que se dado en llamar realismo mágico, un método para abaratar epifanías).

Macondo podrá entregarse a jóvenes y niños en la confianza de que lo terrible está domesticado y cualquier desgracia resulta irrelevante. No habrá necesidad de cerrar las tapas de un portazo, porque siempre el autor borrará lo inadmisible con la dulzura de la siguiente frase.

Valga como ejemplo esta narración del final de un personaje en Crónica de una muerte anunciada: "sin amor, ni empleo, se reintegró tres años después a las Fuerzas Armadas, mereció las insignias de sargento primero, y una mañana espléndida su patrulla se internó en territorio de guerrillas cantando canciones de putas, y nunca más se supo de ellos".

La patrulla no tenía reparos, a pesar del peligro, de delatarse con sus canciones a viva voz. Iban directamente a la emboscada, ninguno de los hombres saldría vivo, pero ¿quién podría resistirse, en una mañana tan espléndida, a cantar canciones de putas?

Los lectores más jóvenes entrarán en la obra narrativa de García Márquez con la misma felicidad irresponsable de esa patrulla. Apartarán tiranos y libertadores, asesinatos y guerras, ruinas y señales del Apocalipsis, hasta dar con el acto fundamental del universo macondiano: el amor primigenio.

Ahora bien, para aventuras más adultas resulta más recomendable Yasunari Kawabara, por citar otro Nobel.

Reproducido de Diario de Cuba. 

21 de abril de 2014

Gabriel García Márquez





Gabriel García Márquez

Por Armando Valladares

Todos los dictadores y asesinos de sus pueblos han tenido defensores a ultranza; los tuvo Stalin, Hitler y también Fidel Castro.

Quizás los más abominables en esa fauna que respaldan dictaduras, son los escritores, los poetas, los artistas.

Llevo décadas diciendo que un intelectual honesto tiene un compromiso con la sociedad: decir la verdad, luchar por el respeto a la dignidad humana y no utilizar el privilegio de poder llegar a millones de personas, para mentir, para escamotear la realidad histórica.

Este es uno de los más grandes crímenes y es el caso del fallecido Gabriel García Márquez. Puso su pluma al servicio de la tiranía de Fidel Castro apoyando las torturas, los crímenes, los campos de concentración. Los fusilamientos.

Solía decir que el único país del continente americano que respetaba los Derechos Humanos era Cuba.

Recuerdo que hace muchos años, rescaté al secretario personal de García Márquez en Cuba, que estaba escondido en Colombia y buscado por la Policía para devolverlo a la Habana. El actual Comisionado y entonces alcalde Xavier Suarez me acompañó al aeropuerto a recibirlo.

Nos contó cómo era la vida del escritor colombiano en Cuba. Vivía en una casa de protocolo con Blanquita, su amante adolescente, con edad para ser su nieta. Vimos las fotos. Se movía en un Mercedes Benz blanco, también regalo del dictador.

A cambio de eso defendía a ultranza la dictadura cubana y a su amigo Fidel Castro mientras se rasgaba las vestiduras denunciando a Pinochet.

Llegó a ser delator, informante de la Policía Política. Hace muchos años, allá en la Habana el disidente y activista por los Derechos Humanos Ricardo Bofill, logró que el entonces reportero de la agencia Reuters, Collin McSevengy lo entrara a un hotel donde estaba García Márquez tomando unos tragos. En un aparte, con absoluta discreción, Bofill entregó a García Márquez una serie de documentos y denuncias de la situación de varios intelectuales en Cuba…

Unas semanas más tarde cuando la Policía Política arrestó a Ricardo Bofill alli, sobre la mesa del interrogador estaba abierta la denuncia que él le había entregado a García Márquez.

El 13 de Octubre de 1968 el Diario ABC y el Diario 16 de Madrid, España, publicaron la denuncia enviada por Bofill relatando estos hechos y señalaban que: “La delación de García Márquez ha supuesto la encarcelación de numerosos escritores y artistas cubanos” (Textual). La cortesana de Castro -como lo llamó Vargas Llosa- y chivato de Castro agrego yo.

Algunos de sus amigos que lo defienden, han dicho que intercedió por mi libertad. ABSOLUTAMENTE falso. Toda una falsedad. Tengo suficiente honradez moral (que él no tenía) como para haberlo admitido si hubiese sido cierto. Aquella versión fue una maniobra de sus amigotes, para capitalizar en su favor, la simpatía internacional que produjo mi liberación. 

Lo que hizo fue utilizar la entrega del Premio Nobel, para repetir las acusaciones de Castro contra mí, lo cual motivó una carta recriminatoria del Pen Club francés que me había adoptado como miembro de honor.

García Márquez sí logró la libertad y salida de Cuba de un prisionero político. Un chivato como él, y que delató a noventa y nueve conspiradores. Era el líder del movimiento MRP el despreciable Reynold González

García Márquez apoyó las torturas, los fusilamientos, los asesinatos de mis compañeros en las prisiones… si yo fuera un cristiano puro tendría que decir: ¡que el SEÑOR lo reciba en sus brazos…! pero como no lo soy, como no llego a ese nivel de perfección espiritual, deseo que se achicharre eternamente en las pailas del Infierno.

Reproducido de Nuevo Acción.