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11 de octubre de 2014

Quien fue Ambrosio, el de la carabina

 
Quien fue Ambrosio,
el de la carabina
M.Arrizabalga, abc.es

«Nada sé, amigo mío, de Ambrosio el de la carabina. Nadie hasta ahora, por mucho polvo que haya tragado en archivos y bibliotecas, dio con la partida de bautismo de aquel personaje», dice en «Un paquete de cartas...» Luis Montoto, que se lamentaba en ABC de que «mucha diligencia» había puesto en averiguar quién fue Ambrosio el de la carabina famoso, «pero todo inútil». Aunque no cejaba en su empeño: «Quizás algún día en la Alcana de Toledo o el mal baratillo del Jueves, en Sevilla, tope con polvorosos papeles que den noticias de ese personaje».

¿Qué clase de sujeto que debió ser el tal Ambrosio, cuya carabina dicen las gentes que estaba «cargada con cañamones y sin pólvora»? Ser alguien o algo la carabina de Ambrosio o lo mismo que ésta ha pasado a formar parte del lenguaje como no servir para nada.

En la revista “Por esos Mundos” (Madrid 1900) aparece una versión sobre quién inspiró este dicho: «Ambrosio fue un labriego que existió en Sevilla a principios de siglo (s. XIX). Como las cuestiones agrícolas no marchaban bien a su antojo, decidió abandonar los aperos de labranza y dedicarse a salteador de caminos, acompañado solamente por una carabina. Pero como su candidez era proverbial en el contorno, cuantos caminantes detenía lo tomaban a broma, obligándoles así a retirarse de nuevo a su lugar, maldiciendo de su carabina, a quien achacaba la culpa de imponer poco respeto a los que él asaltaba. Es este el origen verdadero de la popular frase».

De ser cierto este relato, que recogen con recelo en sus libros Montoto, José María Iribarren o Gregorio Doval, el tal Ambrosio habría vivido antes de la fecha que reseña M.V.Z. en «Por esos mundos» porque ya en 1791 la publicación “Espíritu  de los mejores diarios literarios que se publican en Europa” recogía la expresión en la frase «importa lo mismo que la carabina de Ambrosio».

Wenceslao Fernández Flores recogió esta leyenda en su novela “El bosque animado”. En ella el labrador Xan de Malvís, harto de las fatigas del campo y los pocos beneficios que de él consigue, se echa al monte para convertirse en «Fendetestas».

Junto a la carabina de Ambrosio se han forjado otras armas proverbiales, como la espada de Bernardo («que ni corta ni pincha») o el yelmo de Mambrino, con las que poco se puede hacer.

11 de noviembre de 2013

Por qué decimos..?



Por qué decimos..
A cada cerdo
le llega su San Martín

Ana Dolores García

A cada cerdo le llega su San Martín es un refrán que se emplea para decir que si alguien ha actuado incorrectamente o ha cometido algún delito que aparentemente no ha sido descubierto, llegará un día en que de todos modos tendrá que pagar su culpa. 

La expresión se basa en la centenaria costumbre surgida en Europa de matar los cerdos al comenzar los días fríos de finales de otoño o comienzos del invierno. Preferentemente se hacía el día en que el santoral católico celebra a San Martín de Tours, un santo de gran devoción entre los europeos: 11 de noviembre.  No se sabe a ciencia cierta el porqué se escogió precisamente tal fecha, ni tampoco cuál fue su origen, a no ser el de la imprescindible necesidad de preparar alimentos para la manutención. Sí se tiene noticia de que los pueblos celtas ya la practicaban.

San Martín, nacido en el año 326 en lo que entonces era territorio de la actual Hungría, llegó a ser obispo de Tours en Francia y falleció en dicho país en el año 397. Antes de convertirse al cristianismo, desde muy joven fue miembro de la guardia imperial romana. De esa época data la más conocida leyenda que sobre él haya traspasado siglos. Se cuenta que al haber encontrado en su camino a un mendigo tiritando de frío, le entregó la mitad de su capa pues la otra mitad pertenecía al ejército romano. A la noche siguiente se le apareció Cristo vistiendo la capa para agradecerle su gesto.

El caso ha sido que además de esa leyenda tan aleccionadora, “San Martín” forma parte de uno de los refranes más antiguos en lengua castellana. Cervantes lo menciona ya en su Quijote: “Su San Martín se le llegará como a cada puerco” (El Quijote, II 62), e incluso los franceses lo tienen como axioma cuando dicen: “à chaque porc vient la Saint Martin.”  En nuestros días, tan aficionados a lo políticamente correcto en cuanto a evitar ofensas dialécticas, se omite lo de  cerdo por la expresión “a cada uno”.  Por su parte, los colombianos prefieren decir “A cada pavo le llega su Nochebuena”. 



Cómo era la matanza de cerdos por San Martín

Una vez que ya sabemos lo que queremos decir con lo de que a cada cerdo le llega su san Martín, aprovechemos para conocer cómo eran las matanzas de cerdos que provocaron dicho refrán. 

En esas fechas alrededor del 11 de noviembre, la llegada de los fríos apremiaba para realizar la matanza de los cerdos que habían estado cebándose desde la primavera. Ello la convirtió en una costumbre popular y necesaria, a la que los pueblos supieron darle también carácter de celebración festiva, pues era un acto comunitario que solía durar dos o tres días. Tengamos en cuenta que eran épocas en las que no se conocían los refrigeradores y por tanto era ineludible hacer una matanza en conjunto  con la que poder preparar bien esas carnes para una larga conservación.

Se nos cuenta que la preparación comenzaba escogiendo a aquellos vecinos con experiencia  de “matarifes” y reuniendo los instrumentos a utilizar. El acto de la matanza propiamente dicho comenzaba bien temprano, después de un buen desayuno tal vez acompañado de alguna bebida alcohólica, pues el viento frío ya  soplaba tanto en las latitudes montañosas como en  las mesetas centrales del continente.

Sigo con el relato que ofrece Wikipedia del modo como más comúnmente se llevaba a cabo aquella “matanza”:

“El matarife va provisto de un gancho con el cual engancha al cerdo por la mandíbula y lo lleva hasta el banco de madera. Junto con el matarife con su cuchillo se sitúan quienes sujetan al animal con unas cuerdas, y varias mujeres y niños con cubos para recoger la sangre —que se empleará posteriormente en la elaboración de las morcillas- y dotados de cucharas para removerla y evitar que se cuaje. Es muy importante para conseguir una buena calidad final de los productos del cerdo el adecuado drenaje de la sangre del animal.

Una vez muerto el animal, se procede al socarrado quemando la superficie exterior del mismo para eliminar el pelo de la piel; después, con la ayuda de un tipo especial de cuchillo que está hecho totalmente de madera, se raspa la piel para desprender los restos de los pelos chamuscados y dejar la superficie perfectamente alisada.  

A continuación se abre el cerdo y se retiran las vísceras por completo, recogiéndose cuidadosamente. Parte de ellas, sobre todo los intestinos y el estómago, se reservan y se limpian de los contenidos que había dentro. Esta operación se realiza generalmente por las mujeres de la familia que todas juntas se dirigen al arroyo más cercano y limpian en él toda la suciedad. Hoy en día generalmente se limpian en casa, al disponer de agua corriente. No se trata de una operación agradable ya que el olor, el intenso frío y la humedad están presentes durante el proceso.

Por la tarde se continuaba con la limpieza de vísceras, y algunos empezaban ya a embutir las morcillas y el botillo, otros (depende de la zona) cocían el arroz y las cebollas  para las morcillas y se empezaban a cocer los primeros ejemplares. Si la gente estaba animada, por la noche se celebraba una fiesta en la que lo primero era probar la carne del cerdo.

Es ese primer día de la matanza cuando se asaba en la lumbre la “moraga”, que son los primeros trozos de carne aliñada con ajo y pimienta molida, y se acompañaba con un buen vino de "pitarra", el vino joven de ese año.

El picado de la carne se realizaba el día después, ya que prácticamente la totalidad del cerdo se dejaba colgado de una viga, oreando, a resguardo de perros y alimañas, en la parte baja de un frío almacén bien ventilado durante la noche posterior a su sacrificio.

Por la mañana se comenzaba con el trabajo, cortando y despiezando  las partes del cerdo que se iban distribuyendo entre los que salaban los jamones y las paletillas, los que picaban, sazonaban y añadían el ajo a los chorizos, los que adobaban el lomo,  los que ponían en salazón el tocino y los que cocinaban los trozos restantes para la concurrencia de personas que trabajaban ese día.

La extracción de la grasa tenía lugar en la tarde del segundo día, se metían los mantos de grasa en calderos al fuego y se fundían; se extraía el líquido en tinajas  de barro, y se empleaba posteriormente para hacer chicharrones o en la conservación de trozos de carne, chorizos o lomos. Parte de la grasa se empleaba en la producción de jabón.

La operación de embutir los chorizos solía comenzar a partir del tercer día de matanza, y podía durar entre uno y dos días, dependiendo de la cantidad de carne disponible. Se empleaba para ello una máquina especial que mediante presión introducía la carne picada y sus acompañantes en la tripa de cerdo. Generalmente la máquina era de un vecino adinerado, que la prestaba y tenía la suerte de ser invitado para observar este proceso en casa de los vecinos. Era habitual que en casas de gente adinerada, con poca práctica en la preparación de los productos del cerdo, se contratara a una mujer -o varias- a las que se conocía con el nombre de mondongueras.

El ahumado era una operación importante a primera hora del segundo día, ya que empezaba a haber morcillas y algunos pedazos de carne que era necesario ahumar. En esta operación trabajaban las personas más jóvenes y consistía en poner en una cocina con fuego (y algo de humo) los trozos para que estuvieran expuestos al humo.”

Fuentes:
Centro virtual Cervantes
Wikipedia

12 de marzo de 2013

POR QUÉ DECIMOS...



Por qué decimos...

Que te den morcilla

Esta expresión se utiliza para zanjar una discusión o despedir a alguien molesto. Muestra nuestro enfado o descontento, al igual que la frase vete a freír espárragos.

Los inicios de esta expresión tienen su origen en ciertos procedimientos higiénicos llevados a cabo en las ciudades.

 La rabia o la hidrofobia era una enfermedad muy común en otros tiempos y, en algunas ciudades, llegó a convertirse en una verdadera epidemia. Se transmitía a través de perros y gatos, y hacía también su parte la falta de costumbres higiénicas y la falta de salubridad de las aguas. De modo que las autoridades decidían periódicamente eliminar a los perros y gatos vagabundos que poblaban las calles. Para ello se utilizaban morcillas envenenadas, generalmente con estricnina.

6 de diciembre de 2012

VIVIR A LA SOPA BOBA


 
por qué se dice
"Vivir a la sopa boba"

Sopa boba es la comida que se repartía como caridad a los pobres que acudían a las puertas de los    conventos.  

También se llamaba así a los restos no consumidos por los comensales del menú  diario de una posada, que se les daba a los llamados “sopistas” que, a cambio, tocaban o cantaban alguna pieza musical, o recitaban algún verso o trova.  

De la forma de vida de los que se alimentaban de esta "sopa boba" proviene la expresión vivir a la sopa boba, que se dice de aquel que vive sin trabajar o a expensas de otro.