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5 de mayo de 2019

LA LARGA SAGA DE H. UPMANN

La larga saga de H. Upmann




Ciro Bianchi Ross

Hubo mucho de casualidad en la fundación de la fábrica de tabacos y la creación de la marca H. Upmann. Corría el año de 1839 cuando Hermann Dietrich Upmann, hijo de un maestro relojero nacido en Bremen 23 años antes, decide dejar atrás su ciudad natal y cruza el Atlántico con ansias de venir a «hacer la América». Durante la larga y monótona travesía, un pasajero de origen británico que viajaba con destino a La Habana lo convenció de que probara suerte en la capital de la Isla y lo tentó con el giro de la fabricación de puros, rubro económico que prosperaba en la Colonia.
Proveedor de su majestad
Soltero y soñador, Hermann Dietrich siguió las recomendaciones del viajero desconocido. Aprendió lo que tenía que aprender acerca de los habanos y el 1ro. de marzo de 1844 abría su fábrica en la calle San Miguel 75. Su prestigio creció por días y con el tiempo alcanzó la calificación de «Proveedor de Su Majestad don Alfonso XII», y que se le adjudicara el sello del «Privilegio del uso de las reales armas», que hacía aparecer en las cajas de cedro en las que envasaba sus producciones; uno de los primeros manufactureros en recurrir a esos envases. H. Upmann llegaba a ser considerada, en su esfera, una de las cinco fábricas más poderosas de la Isla, y, por su seriedad, su propietario pasaba a formar parte de la directiva de la entonces recién creada Havana Cigar Brand Association, entidad que pretendía enfrentar la creciente falsificación de habanos.
En esa época, los grandes comerciantes asumían en sus empresas funciones de banqueros. Apoyado en la solvencia de su fábrica, Hermann Dietrich creó, en 1868, la agencia bancaria de la Sociedad H. Upmann y Compañía, con sede en la esquina de Amargura y Mercaderes, en La Habana Vieja, que ya a finales del siglo XIX era la firma bancaria más importante, seria y solvente de todas las Antillas. Contaba además con la naviera Gudewill Upmann, que garantizaba la transportación de sus insumos y producciones.
Hermann Dietrich fallece en 1894. Moría sin hijos. En su testamento, redactado siete años antes, dejaba a su sobrino Heinrich Upmann, alias «Henrique», al frente de la marca y la fábrica de tabacos, en tanto que Hermann Friedrich Heinrich, otro sobrino, asumiría la conducción de la agencia bancaria. Los negocios de la familia avanzaban viento en popa al crecer sus exportaciones. Los años finales del siglo XIX y la década inicial del XX fueron la etapa de mayor prosperidad para la firma. En 1907 H. Upmann rompía sus propios récords al producir 25 millones de unidades para la exportación.
En la lista negra
Es por entonces que Hermann Albert, hijo de Hermann Friedrich Heinrich, asume el mando de la empresa. No demora en unírsele su hermano. Conducen con tino los negocios, pero el emporio Upmann en La Habana está tocando a su fin. Transcurre la Primera Guerra Mundial. El 7 de abril de 1917 Cuba declara la guerra a Alemania y el 5 de diciembre del mismo año el Gobierno cubano formula una llamada Lista Negra que incluye a las principales personalidades alemanas radicadas en la Isla, 27 nombres en total encabezados por Hermann Albert Upmann, el alemán más prominente y rico. Su hermano figura asimismo en el listado. Se veía un enemigo y un posible espía en todo súbdito alemán radicado en cualquiera de los países en guerra contra Alemania. Al año siguiente, el 16 de octubre, 24 alemanes avecindados en La Habana son detenidos e internados en las prisiones de la Cabaña. La fortuna y su amistad con el presidente Mario García Menocal salvan a los Upmann del calabozo, pero, bajo fuerte vigilancia policial, cumplirían prisión domiciliaria en la residencia de Hermann Albert, en 17 y K, en el Vedado.
En quiebra
La desgracia, se dice, nunca viene sola. Finaliza la Guerra Mundial y sigue en la Isla un período de bonanza o «vacas gordas». Pero se desploma el precio del azúcar, que cae de 23 centavos en 1920 a 1,8 centavos la libra a comienzos de 1921, y se van a pique los bancos cubanos y españoles asentados en Cuba que especularon con el alza azucarera. El desastre fue total y la desmoralización del mercado provocó la ruina de productores y exportadores. La prosperidad, apuntalada además por el auge del turismo, quedó atrás y el país se sumió de manera brusca en las llamadas «vacas flacas».
Quebró el Banco Mercantil Americano de Cuba y depositarios y ahorristas, sospechando lo que se avecinaba, se lanzaron desesperados a extraer su dinero de todas las casas bancarias. No tardarían —9 de octubre de 1920— en suspender pagos el Banco Español, el Banco Internacional y el Banco Nacional de Cuba, entre otros, que confiados en que el azúcar se cotizaría entre 15 y 20 centavos/libra especularon con el alza y concedieron préstamos por más de 80 millones de pesos. Es lo que se llama el crack bancario. La moratoria decretada por el Gobierno calmó en algo los ánimos, pero solo de manera pasajera.
En mayo de 1922 quebraba el banco Upmann. Aseguran especialistas que ya para entonces estaba quebrado. La inclusión de su propietario en la Lista Negra obligó a la entidad bancaria a suspender operaciones. Sus valores fueron entonces congelados e incautados en Cuba y corrió igual suerte lo que la agencia tenía depositado en bancos de sus socios ingleses. En esa misma fecha la fábrica de puros fue entregada como resarcimiento y amortización de las deudas bancarias. Se remató por la irrisoria suma de 30 000 pesos, equivalentes a dólares, la décima parte de lo que valía realmente.
Por otra parte, los hermanos Upmann se vieron inculpados por fraude al ser acusados de una supuesta estafa y quiebra fraudulenta y por disponer de valores en depósito. Acusación que quedó sin efecto en octubre de 1922. La quiebra no dejó a Hermann Albert Upmann en la miseria. Logró salvar no pocas propiedades, si bien su posición no fue ya la misma en el panorama empresarial y financiero de la Isla. Falleció en La Habana el 3 de septiembre de 1925, a los 75 años de edad.


H. Upmann. Imagen: LAZ.
H. Upmann. Imagen: LAZ.

Vestida de griega
Su viuda, María Dolores Machín Iglesias, «asumió cabalmente todas las propiedades y negocios heredados de su esposo y sus propios negocios y mantuvo en funcionamiento cada uno de ellos con su invariable y proverbial dedicación al trabajo», escribe Raúl Martell Álvarez en su libro Fumando en La Habana, de donde el escribidor toma la información vertida en esta página. Entre otros temas relativos al tabaco, que llevó a varios títulos, Martell ha pasado años dedicado a seguir las huellas de Hermann Dietrich Upmann, el fundador de la marca, y su descendencia cubana. De ahí que la obra lleve el subtítulo de Los Upmann; Una familia cubano-alemana. Interesante grupo ese en el que sobresalen empresarios, deportistas, músicos, profesionales de diversas ramas y un combatiente como Gustavo Machín, que se enfrentó a la dictadura de Batista y formó parte de la guerrilla del Che en Bolivia, donde encontró la muerte.
María Dolores Machín nació en Sagua la Grande, el 31 de agosto de 1883, y en 1907 contrajo matrimonio con Upmann, con quien tuvo un hijo. Hizo estudios de magisterio y aunque parece que provenía de una familia acomodada, su matrimonio con el alemán le dio acceso a un mundo hasta entonces vedado para ella. Fue una de las invitadas al famoso Bal Watteau que en 1916 auspició Lila Hidalgo de Conill en su residencia de 17 y Paseo; uno de los actos sociales más resonantes y memorables de la Cuba republicana al que ella asistió vestida de griega, mientras Lila lucía un flamante traje de bailarina rusa.
No se limitaba la Machín a recepciones y saraos. Estrechamente vinculada a la Iglesia Católica, fue miembro del Comité de Damas para la conmemoración en 1922 de la canonización de Santa Teresa de Jesús. En 1944, al acceder a la Presidencia de la República, su amigo y vecino Ramón Grau San Martín, que vivía en 17 y J, la nombró presidenta del Patronato de la Corporación Nacional de Asistencia Pública, adscripta al Ministerio de Salubridad, que tenía bajo su responsabilidad las creches (guarderías infantiles) y los asilos de ancianos. Dice Raúl Martell en su libro Fumando en La Habana que «El Viejo» le había tirado el ojo a la bella María Dolores.
Grafos
La viuda de Upmann es una mujer interesante. Fue vicepresidenta y socia fundadora de Pro Arte Musical y socia del Lyceum Lawn Tennis Club. Codirigió con María Radelat de Fontanills la revista Grafos, que comenzó a aparecer en mayo de 1933 y debe haber durado hasta 1946. Una publicación lujosamente impresa y dedicada a la alta sociedad habanera que fue esencialmente gráfica, sin olvidar por eso la parte literaria. Colaboraron en sus páginas Nicolás Guillén y José Lezama Lima, Emilio Ballagas y Eugenio Florit, Cintio Vitier y Gastón Baquero, Jorge Mañach y Alfonso Hernández Catá, entre otros muchos. Esas viudas ilustres fueron asimismo las editoras del Directorio Social de La Habana, que tenía su Redacción en la casona de Línea donde radica la coordinadora nacional de los CDR y que fue la morada del doctor Eduardo Fontanills, médico de la casa de salud de la Asociación de Dependientes, y hermano de Enrique, maestro de la crónica social.
Antes, por mediación de su esposo y su cuñado, consiguió que el banco alemán Muller-Schall, radicado en Nueva York, otorgara al caricaturista Conrado W. Massaguer el crédito de 40 000 dólares que le permitió adquirir las máquinas de impresión off set, modernísimas entonces, que el publicista utilizó en su importante revista Social.
Era propietaria de una ferretería gruesa, sita en la calle Muralla, de la finca El Kuko, en Arroyo Arenas, y entre otros bienes inmuebles, de la casa donde residía, en 17 y K. A finales de la década de 1950 la viuda de Upmann arrienda, por una elevada suma, el terreno que ocupaba su residencia y construye en J entre 17 y 19 una casa de tres plantas a fin de residir ella misma e instalar a su hijo y su familia. En el espacio de la vieja casona el empresario panameño de origen judío David H. Brando Maduro construyó un moderno supermercado. Brando Maduro era propietario de la cadena de supermercados Ekloh S. A., y presidente de Minimax Supermercados, la principal cadena de venta al por menor de alimentos, vegetales, frutas, vinos y licores, con un almacén y 11 tiendas. Ahora funcionan allí un mercado comunitario y un agromercado.
En esa casa María Dolores Machín dio refugio a la célula especial, comandada por Pío Álvarez, el corajudo militante antimachadista, encargada por el Directorio Estudiantil del ajusticiamiento del capitán Calvo, jefe de la Sección de Expertos (Policía Política) de la Policía Nacional, Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado y del mismo Machado, los dos primeros de estos acometidos con éxito,
María Dolores Machín falleció en La Habana, en 1972. Su corazón, recuerdan sus familiares más cercanos, batalló por la vida hasta el último momento. Su hijo, notable tenista, con éxitos en competencias organizadas dentro y fuera de Cuba, murió en 1998, también en La Habana.
Reproducido de Juventud Rebelde

Enviado por Mary Acebo. Muchas gracias, Mary, por este interesante aporte. 

3 de octubre de 2015

¿Salimos a comer algo?

¿Salimos a comer algo?

Tania Quintero

El 1 de octubre se celebró el día internacional del adulto mayor, las personas de edad o los ancianos, como prefieran decirles. Ese día, Cubanet publicó un vídeo y un texto de Rosa M. Avilés sobre Domitila Blanco, una cubana de 95 años que acaba de fallecer, desamparada y en miserables condiciones de vida, como tantos y tantos viejos cubanos.

Y yo, casualmente, estaba preparando un post para mi blog sobre Ricardo Simón Antonio, sonero de Holguín que acaba de cumplir 97 años. Buscando en YouTube a ver si encontraba un video con el holguinero, encontré el documental “Los viejos y sabios músicos de Cuba,  donde el protagonista es Laíto Sureda.

Estanislao Sureda Hernández, "Laíto", nació en Cienfuegos en 1914 y falleció en La Habana en 1999. Blanco, alto y flaco, fue una de las grandes voces de nuestra música popular y uno de los mejores intérpretes que tuvo la Sonora Matancera. Su resurgimiento en la isla se produjo a mediados de los 90, cuando hizo una versión de “Idilio,  del puertorriqueño Alberto Amadeo Rivera (1903-1968).

En el documental, entre otras anécdotas –imperdible la del Benny– Laíto recuerda cuando por 15 centavos en una fonda china te comías una "completa" (arroz blanco, potaje, carne y plátanos maduros fritos).

Me recordó que en mi infancia, a cada rato me mandaban a comprar una "completa" para los cuatro de la casa: mis padres, mi tío Luis, recientemente fallecido a los 98 años, y yo.

Con un peso te llenaban la cantina

xMe daban un peso y una cantina, para que me echaran las cuatro raciones por separado. Siempre iba a una fonda china que quedaba a dos cuadras de la casa, en Monte casi esquina a Castillo, al lado de una ferretería que colindaba con el edificio de la COA (Cooperativa de Ómnibus Aliados) que, a su vez, quedaba pegada a mi escuela, la "Ramón Saínz".

En mi barrio, El Pilar, en El Cerro, quien quería comida de cantina la encargaba en San Joaquín entre Monte y Omoa, pero a mi padre le gustaba más cómo cocinaban los chinos la comida cubana, sobre todo la carne con papas. 

xSi queríamos comida china, íbamos a "La Estrella de Oro", en Monte, antes de llegar a los Cuatro Caminos. Por lo regular comprábamos arroz frito, chop suey y maripositas chinas. 

Las fritas preferidas eran las de René y costaban 10 quilos (centavos). En su timbiriche, en Monte y Fernandina, también podías pedir pan con bistec (0.20); perros calientes (0.15); minuta de pargo (0.15) o pan con tortilla (0.10). René te echaba lo que le pidieras: catsup, mostaza, cebolla fresca bien picadita o papitas fritas a la juliana. O aliño, de un pomo con ajicitos picantes macerados en vinagre.

Cerca del puesto de René estaba la cafetería donde solo vendían batidos. Quedaba al lado del cine Roosevelt (después le pusieron Guisa; ya no existe, como tantos cines habaneros). Había de mamey, anón, platanito, fruta bomba, mango, trigo y leche malteada, el vaso pequeño costaba 0.10 centavos y el grande 0.20.

Al lado, una panadería y dulcería. Las torrejas que hacían eran muy sabrosas y por un medio (5 centavos) te daban dos, enchumbadas en almíbar. Pan, palitroques y galletas grandes de sal se compraban en la panadería que había en Monte y San Joaquín, que todavía en 2003 existía, ya en pésimas condiciones. 

Los domingos no cocino

Los domingos por la tarde mi madre no cocinaba. Comíamos sandwich (0.50) con pan de flauta, jamón, queso, pierna asada y pepinillo encurtido; medianoche (0.35) con pan suave (alargado y dulzón), jamón, queso, mortadella y pepinillo encurtido; o galleticas preparadas (0.25), cuatro galletas de soda pegadas, con jamón, queso y pierna asada. 

Casi siempre era yo la encargada de adquirir la "cena" dominguera, en la Casa Presno, en Monte y Fernandina, o en cualquiera de las dos cafeterías que había en la Esquina de Tejas, las dos frente al cine Valentino y la valla de gallos.

Para tomar, malta: sola o con leche condensada.

Helados, en el puesto de chinos, en Romay y Zequeira (3 quilos una bola y 5 quilos dos bolas, de coco, mamey u orejones, como antes le decían al helado de tutti fruti). O esperar a que por la tarde o por la noche pasaran los carritos de Guarina, Hatuey o El Gallito.

Mariquitas, boniatos fritos, frituras de bacalao y chicharrones de viento o tripitas, también en el puesto de chinos. Y majúa frita, por un medio o un "nickel" el cartuchito (Antes de 1959 en Cuba circulaban monedas americanas de 5, 10 y 25 centavos. Y el peso cubano tenía el mismo valor del dólar estadounidense). En mi época, gustaban mucho las majúas, unos pececitos que los chinos eran expertos en freír.

¿Quién dijo que la manteca es mala?

Empellitas, las que hacía mi mamá. El aceite de oliva –Carbonell, en lata– ella solo lo usaba en ensaladas y potajes. Como buena campesina, a todo lo demás le echaba manteca de cerdo. Y nunca tuvo problemas de colesterol ni con el peso: siempre fue delgada, vivió 86 años, y si no duró más como el resto de sus hermanos, casi todos centenarios, fue porque desde niña fumaba cigarros fuertes.

Papitas fritas de paquete, en el Estadio del Cerro, al cual yo iba solo cuando jugaba el Habana o para acompañar a mi padre, que era del Cienfuegos.

Refrescos, maltas y cervezas, en la bodega de los "gallegos" de la esquina, en Monte y Romay. También en la bodega comprábamos chiclets, Adams de cajita o de bola (o balón); galleticas de sal, de soda o dulces; africanas, peters y besitos de chocolate; y rompequijás, entre otras chucherías, de Siré, La Estrella o La Ambrosía. O boniatillos, que había de dos tipos, no sé dónde los hacían, pero eran sabrosos y cada uno costaba 2 quilos. 

xLa especialidad de los vendedores callejeros eran los coquitos acaramelados, el maní tostado, salado o garapiñado, las naranjas peladas, los durofríos y, sobre todo, los tamales, con o sin picante, calienticos, riquísimos, por solo 10 centavos.

Hoy, muchos viejos cubanos recuerdan aquellos tiempos, cuando con muy poco dinero podías comer bastante y sabroso. Tiempos que nunca más volverán. Como tampoco Domitila, Laíto, mis abuelos, mis padres, mis tíos, y los abuelos, padres y tíos de ustedes.

Reproducido de Martinoticias.com

23 de julio de 2014

Loréta J. Velázquez, una habanera de armas tomar




Loreta Janeta Velázquez,
una habanera de armas tomar

Marlene María Pérez Mateo

          Loreta Janeta Velázquez (1842-1902) era una habanera de armas tomar. Su historia raya entre lo real, lo inconcebible y la leyenda. 

           Nació en un aristocrático hogar habanero, de descendientes de Diego Velázquez, conquistador español. Su padre, un acaudalado funcionario, y su madre, hija de una pudiente norteamericana y un oficial francés. A los 7 años Loreta  dominaba las lenguas de sus abuelos, y fue enviada a New Orleans a la casa de una tía materna quien se encargaría de su educación, tarea como veremos un tanto difícil. A los 14 años se enamoró de un oficial y escapó con un tal William del que no mucho sabía, y se convirtió a la religión metodista. Unió su destino al de su amado también en el campo de batalla y se enlistó en el bando confederado durante la Guerra de Secesión, bajo  una identidad masculina y adoptando el nombre de Henry T. Buford. Luchó en las batallas de Bull Run, Ball's Bliff, Fort Donelson y Pensacola, llevando todo ello a otorgarle el grado de teniente. Fue descubierto su verdadero sexo y se le licenció del ejercito. Ello no la desanimó y vuelve con otra identidad a enlistarse y es nuevamente descubierta.  

          Su singular audacia le llevan a otro rol, el de espía, adoptando distintos nombres de ambos sexos y haciendo varios servicios secretos. Tuvo tres matrimonios enviudando de cada unión, y varios hijos. Décadas después publicó sus memorias en un libro, cosa esta no frecuente para una mujer extranjera. De ello devienen múltiples controversias sobre su veracidad.

          Loreta ayudó tiempo después a la de la independencia de Cuba, desde su lugar  de residencia. 

          El documental “Rebel” de la directora María Agui Carter defiende la certeza de la historia de esta habanera, cosa que para muchos no es del todo creíble.

Marlene María Pérez Mateo
Marzo 31, 2014
 
Vídeo en Youtube:

11 de febrero de 2012

EN LOS ESCONDRIJOS DE CASA


En los escondrijos de casa

Marlene María Pérez Mateo

          Leí hace unos días un comentario de Zoe Valdés, compartido por mí, en parte. Se refería a La revista  cubana “Carteles”. Muy elogiosamente planteaba ella, pues el ya mencionado magazine le mostró esa historia de Cuba que no se enseña en las escuelas. Mucho de cierto hay en ello. Yo tuve la fortuna y aun la tengo de disponer de  muchas  y  más variadas fuentes de información, es decir personas y objetos valiosos; muchos de ellos aun conmigo en su totalidad o en su esencia. No por ello dejo atrás lo tan alto y justamente calibrado por la laureada escritora.

      “Carteles” ya no estaba en activo cuando llegamos al mundo los de mi generación. Mas se había quedado en los armarios de las abuelas, escondida con muchas de sus congéneres en las trastiendas de las casas, en fin en distintas guaridas. Allí llegábamos con nuestras chiquilladas a husmear en ese mundo que nos había antecedido y   tratábamos de dibujar en trazos al aire por medio de las huellas dejadas por un pretérito silente en lo que clasificábamos bajo la parca definición de “revistas viejas' o “las del tiempo de antes”.

       Allí estaba “Carteles” con sus carátulas de portadas a color, haciéndose eco de lo que a todas luces era un diseño maestro y criollo en el mundo de la ilustración, envidiable hasta por publicaciones que le sucedieron. Su fundación aconteció en septiembre de 1919 con una frecuencia mensual. Ocho años después pasó a ser semanal. En 1924 tras una modificación de sus temáticas se consideró la mejor revista de la etapa republicana. En sus páginas escribieron intelectuales de probado prestigio, por ejemplo Alejo Carpentier, Emilio Roig de Lechesenring, Oscar H. y Conrado W. Massaguer, Antonio Penichet, Mariablanca Sabas Alomá, Virgilio Piñeira, José Soler Puig, entre otros.

          Se extendió su divulgación más allá del territorio nacional hacia 1950. En sus páginas se retrató la Guerra Civil española, la Dictadura de Machado, el mundo cinematográfico, la cultura, la economía con sus entresijos, la literatura, el desnudo artístico, la corrupción, la moda, la sociedad, en resumen un poco de todo. Tuvo dos suplementos: uno infantil y otro de novelas por entrega. La revista calló su voz cuando dejo de publicarse el 31 julio de 1960.  
   
          Rebuscando para mi serie “A los 400 años” encontré en “Carteles” una portada de homenaje y alusión a la Virgen de La Caridad. Dicha ilustración hoy encabeza este artículo. Dijo un viejo y sabio indio americano, “El Alce Negro”, que todo va en círculo, y es ese círculo  el que me ha llevado ahora de una manera algo más sofisticada en manos de la cibernética a las amarillentas páginas de la añeja publicación.

          Antes eran una novedad dentro de una mono temática, ahora lo siguen siendo  de otra  manera. Es un querer decir de la valía de lo nuestro. De lo imperecedero de lo realmente bueno. Martí escribió de un vino amargo pero propio. Yo me atrevería a decir que quizás lo sea, pero que nuestro vino también ha sido dulce, y muy dulce. Valdría  pensar “-No nos hemos dado cuenta.-”

          Vaya un poco de gratitud a los que hicieron posible la prensa plana cubana por tan largos años, pasados, presentes y futuros. A los anónimos y a los conocidos. Esencialmente a los que sin saberlo la preservaron del olvido en un desván, en una esquina, en un cuarto soterrado o quién sabe dónde. Su esfuerzo merece el mejor de los aplausos.

Marlene María Pérez Mateo
Fecha: Febrero 7, 2012

Anónimo   Feb 11, 2012 08:32 AM
Tremenda revista "Carteles"! Siempre la preferí a "Bohemia", a la que consideraba muy manipuladora. Cada semana, lo primero que buscaba en Carteles era su sección de cine que escribía G.Caín (Guillermo Cabrera Infante)
Nicolas II


Anónimo   Feb 11, 2012 06:24 PM
Gracias por el comentario. La Autora

30 de junio de 2011

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Breve semblanza
sobre la tauromaquia en Cuba


Anuncio de una corrida de Luis Mazzantini en La Habana

-Marlene María Pérez Mateo

Hacia 1514, en las Fiestas de Corpus Christi, el conquistador español Diego Velázquez Cuéllar, organizó en Cuba la primera corrida de toros en el continente americano. Fray Bartolomé de las Casas en su “Historia de las Indias” escribió:

“ Acaeció allí luego de un terrible caso, que el día de Corpus Christi…, que es cuarto día después del domingo de la Santísima Trinidad, lidiaron un toro o toros, y entre otros españoles había uno allí, llamado Salvador, muy cruel hombre para con los indios, el cual fue vecino de una llamada de Bonao, en la isla de Santo Domingo, veinte leguas tierra adentro (…) Y trataba tan mal a los indios que lo tenían por diablo (…) Así que aqueste Salvador pasó a la Cuba, donde también comenzó a usar de sus crueldades con los indios, y se halló aquel día de Corpus Christi con lo otros que dije haber lidiado los toros..”


Veinticuatro años después el acontecimiento se repitió para festejar la llegada del nuevo gobernador a la isla Don Hernando de Soto y de su esposa Inés de Bobadilla, en la Villa se Santiago de Cuba. Luego de un lustro llegó a La Habana la fiesta brava para honrar a su patrono San Cristóbal.

   En 1727 la “Atenas de Cuba”, Matanzas, se suma al  mencionado tipo de festividad, con su primera corrida oficial en 1749. Hasta entonces dichos eventos acontecían en plazoletas, ya que la primera Plaza ve la luz en 1769, ubicada en la ciudad capitalina, en la intercepción entre las Calzadas del Monte y Arsenal, bajo el nombre “Aserradero y Millo de Blas”. Otras se construyeron en 1881 en la Calle Águila, y en 1825 en Calzada del Monte y Amistad, nombrada “Campo de Marte y Belona”. Todas en la capital de la mayor de las Antillas.

   Al cruzar la bahía de La Habana, en Regla, detrás de la Parroquia se edificó otra Plaza de toros en 1842. El primero de julio de 1850 acontece la corrida de la que se dispone mayor información.  Sucedió en la Ciudad de Santi Spiritus, ubicada cerca del acueducto municipal. Figuró incluso una mujer apodada “La Pepilla”, (nacionalidad desconocida), esposa de un mexicano, José Vázquez; actuaron también Cenobio como picador y López, el andaluz.

En las calles habaneras, Belascoaín entre Virtudes y Concordia, nació hacia 1853 una nueva Plaza al fondo de la casa de Beneficencia, activa desde 1897 y destruida por un incendio. Tuvo capacidad para 6000 personas y una circunferencia de 200 varas. Tres nuevas locaciones nacen en la mencionada ciudad. Una en la Calzada de la Infanta, otra en Carlos III y la última en Regla (1866).


    Luis Mazzantini, el aún recordado torero y protagonista de uno de los dicharachos del refranero popular (aunque con cambios en la ortografía de su apellido), estuvo en Cuba entre 1886 hasta 1887. Era de origen vasco y poseedor de una amplia cultura, conocimientos de música y, además, políglota. Era para entonces la “Joya de la Corona” en materia taurina. Tenía una cuadrilla compuesta entre otros por Diego Pérez, segunda espada. Se hospedó en el Hotel Inglaterra de La Habana coincidiendo con la actriz francesa Sarah Bernhardt (1844-1923) durante su primera gira en Cuba. Ambos protagonizaron un sonado romance que cruzó el océano y llegó hasta las páginas de “Le Figaro” en París. Los regalos suntuosos se sucedieron, incluida una corrida a puertas cerradas. El idilio melló en algo el desempeño del diestro, mas no su popularidad.


Ininterrumpidamente hubo fiesta taurina en Cuba desde 1538 hasta 1899, siendo el 10 de octubre de 1899 bajo la orden número 187 que se decretó la prohibición de la fiesta brava, aunque con excepciones. Muchos diestros pasaron por Cuba tales como: José Ponce, Manuel Hermosilla, El Marinero, El Platero, Parmio y Francisco Arjona Herrera “Cuchares”. Como dato curioso señalaré que la tripulación del barco “Maine” estuvo presente como parte del público en alguna de de estas fiestas taurinas.

La ultima plaza de edificó en San Miguel del Padrón, La Habana, en 1908 y funcionó hasta 1940. Por ley, las banderillas no tenían punta, las espadas eran de madera y no se sacrificaba al animal.

Silverio Pérez
El 30 y 31 de agosto de 1947 el Gran Estadio del Cerro habanero vio a los maestros Silverio Pérez y Fermín Espinosa (Armillita) ambos mexicanos, ante 30,000 asistentes.

Dos cubanos destacaron entre las artes de la tauromaquia: Betancourt y José Marrero Baez.(Cheche de La Habana).

Del primero hay un pequeño verso rememorando su bravura:

                             “Será el primer habanero
                             que haga lucir su valor
                             como bizarro torero,
                             como diestro matador”

José Marrero Báez
Del segundo se dispone de más datos. Nació en La Habana un 19 de marzo de 1870.  Comenzó  como medio espada en la cuadrilla de Ponciano Díaz. Llegó a Mexico y hacia 1842 tomó la alternativa en Monterrey. Se presentó en Tijuana, Ciudad Juárez y Denver, Colorado. Se casó con María Aguirre (La charrita mexicana), rejonera y torera de Zamora, Michoacán. Murió de una cornada el 9 de agosto de 1909, en la Plaza azteca de ciudad Jiménez.

Existe la referencia a un tercer torero cubano apodado “El Guajiro”.


¿Por qué no hay más tauromaquia en Cuba? ¿Dónde quedó toda esa tradición? Conjeturas para dar respuestas a esas preguntas pudieran ser entre otras, por ejemplo: el creciente nacionalismo, el cese del colonialismo español, la afición en la joven Republica por el baseball y quizás en cierto grado el reemplazo por el rodeo. 

Silverio Pérez en la voz de José Antonio Solís:

http://www.youtube.com/watch?v=zPLEh1UM3ws
 
Marlene María Pérez Mateo
Junio 26, 2011

21 de agosto de 2010

Liborio

Ana Dolores García

En una crónica aparecida hace muchos años en la revista "Ideal", de Miami, se reproduce un artículo de la "La Política Cómica" de 1913. En este semanario aparecía regularmente la figura de este criollo personaje, simbolo de nuestro pueblo desde comienzos de la república. A dicha crónica me atengo:

A la puerta de la gloria
está San Pedro sentado
y ve llegar a su lado
a un hombre de cierta historia.
No consigue hacer memoria
y le pregunta con celo:
-¿Quién eras allá en el suelo?
-Era Liborio mi nombre.
-Has sufrido mucho, hombre,
entra, te has ganado el cielo.
(Décima anónima)

Liborio es el símbolo del pueblo cubano como el "Tio Sam" lo es del norteamericano. Fue creado a fines del siglo XIX por el notable acuarelista y caricaturista Víctor Patricio de Landaluce. Landaluce nació en España en las provincias Vascongadas, y llegó a La Habana en el año 1863, muriendo en Guanabacoa el 8 de junio de 1889. Su notable obra "Tipos y Costumbres" es muy apreciada por sus descripciones de nuestro pueblo a fines del siglo XIX.

A principios del siglo XX Liborio se convirtió en la figura con la que los caricaturistas representaban al pueblo cubano, como lo demuestra la siguiente cuarteta


¡Basta, basta de jolgorio
y no sean tan guagüeros!
¡A trabajar, compañeros,
como trabaja Liborio!
"La Política Cómica", 1913

Emilio Cosío, brillante escritor costumbrista, nos agrega:

«El hombrecito del sombrero de yarey mambí representaba en Cuba todo lo cubano y de modo tan fiel que toda Cuba ponía atención a sus siempre acertados comentarios de la actualidad política. Es bueno que el símbolo de cubanía que representó allá se recuerde aquí con la misma fidelidad y propósito, como termómetro de la conciencia popular».

Ilustración, Google
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