1 de mayo de 2011


Un hombre de este pueblo

Paseo por las calles de una infancia en Wadowice, 
que nunca pudo olvidar

Por Ramiro Villapadierna / Wadowize (Polonia)
ABC, Madrid

Oyes hablar de él y lo desarmante —y así parecía serlo para sus adversos— es que era «un hombre muy normal», demasiado normal, como dice Przemyslaw Hauser, un «tipo entero, de una pieza, pero lleno de facetas», recalca quien ha producido para el cine su vida. Hasta su digno deterioro y muerte: «Me enseñó más verlo morir que todo su pontificado», dice la joven Claudia Popinski.

El Papa camino de la santidad era una persona llena de historias, debilidades y pasiones humanas que nunca ocultó, ni de las que tampoco presumió: su habilidad futbolística o teatral, su relación con las chicas o su predilección por los judíos, su pasado resistente y prisión a manos nazis, su persecución en el comunismo y su trabajo en la mina, su sensibilidad sindical y despreocupado coraje, su afición montañera, su debilidad por los pasteles o sus dotes lingüísticas y musicales, enumera Pawel Pitera, el director del filme de su vida, «Testimonio».<MC> Lo cierto es que todo ello sumado compendia todo menos una persona normal, pero sí habla de alguien humano. Si de algo se sorprende aún su viejo secretario, Stanislaw Dziwisz, era «de su bondad natural» y agrega en prueba que «me soportó 38 años…». 

El pequeño Karol nació, en la pequeña casa junto a la iglesia, dos años después de la independencia de Polonia y tres meses antes del «milagro del Vístula», la victoria polaca sobre los soviets. Su vecina entonces, que aún sobrevive en la misma casa color gris, era la señora Sziukowska. Cuando parte a la universidad de Cracovia, Hitler acaba de anexionarse la región Sudete de Checoslovaquia y su «mundo de antes» acabó al año siguiente con la invasión de Polonia y el comienzo de la guerra. Ya de muchacho parecía ser el «buen grandullón» de la clase, recuerda Eugeniusz Mróz, tan dispuesto como el que más a ser un trasto como a proteger al último de la clase o «jugar con los que perdían». Era el vecino «al que sí le comprarías un coche usado». Era tan legal que Mróz, que se sentaba en el pupitre de detrás, asegura a sus 91 años que, aunque «era el primero en terminar los trabajos de clase, no los entregaba hasta que lo hacía el último, para no desmoralizarnos».

El reloj de sol

Junto a la iglesia de la Ofrenda de María permanece en pie la casa en que nació Karol Wojtyla, en dos pequeñas habitaciones que miraban al costado del templo, donde el reloj de sol. El museo de su vida alberga algunos de sus pequeños objetos más personales, explica la hermana Magdalena: en una austera habitación, una cuna campesina de roble, una mesita de pared con un cirio, cinco grabados y fotos familiares ofrecen el modesto escenario vital. Pero están sus esquís y ropa deportiva de montañero de los años 50, su viejo escapulario recibido de los carmelitas del monasterio de Na Górce, la foto de cuando cantó misa, el rosario que empleaba cuando rezaba Urbi et Orbi en Radio Vaticano, así como el que le entregó Lucía de Fátima en el año 2000, su último atuendo de cardenal, del funeral del antecesor y cónclave que lo eligió. 

Sin embargo, aclara esta monja que lleva décadas entregada a consagrar la memoria de su paisano, todo esto no se podrá ver hasta que no se reinaugure la casa museo. Pues esto no sería Polonia si hubiera estado perfectamente previsto el fin de las obras, y las de la propia Plaza Mayor, para fecha tan significada. 

En cambio está toda la plaza levantada y la casa museo en obra mayor. Wojtyla «hizo de todo Wadowice su propia familia», al perder la suya joven, explica la hermana Strzelecka, «por eso le afectaba volver a pisar estas calles, tenía una necesidad vital de sentirse en casa». En Polonia, pero sobre todo en Wadowice, se descubría al hombre tras la púrpura: el vecino, el conversador, el bromista, el interesado en cómo les había ido a sus antiguos compañeros y vecinos.

Aquí aprendió a dar patadas «al balón, a rezar, a esquiar, a escribir y hacer teatro». «No había campo de fútbol y jugábamos en la ribera del Skawa», cuenta su compañero en el instituto Kaszimierz Sawicki: su fama de ecuánime hacía confiarle tanto las disputas como la tesorería común en las pequeñas ventas y trapicheos que hacían: «siempre podías confiar en él». Otros sitios que lo recuerdan es el monasterio y vía crucis campestre de Kalwaria Zebrzydowska, lugar de peregrinaje donde el joven Karol dice haberse encomendado a la Virgen al morir su madre. También la congregación de nazarenas que se ocupaban del hospicio y del parvulario a donde fue de niño. Y el Instituto Marcin Wadowita, donde se graduó como bachiller en 1938, el monasterio de los Carmelitas y naturalmente la basílica de la Ofrenda de María, esquina con esquina con la casa natal del luego Papa. En su costado, el viejo reloj solar marca ahora siempre la hora en que falleció, hace ya seis años. 

Pero en un caso probablemente único, ésta será la casa de un santo que rendirá asimismo homenaje a los judíos: «Este Papa encarnó como ninguno la amistad entre cristianos y hebreos», dice Ron Balamuth, nieto de los caseros de los Wojtyla.<MC1> En Cracovia, Adam Boniecki hace balance del tiempo pasado y «cómo este Papa cambió a Polonia». El director del semanario cultural Tygodniz Powszechny también creyó que «los polacos eran más juanpablistas que cristianos y todo acabaría con su muerte... pero este papado dejó un vínculo profundo con Europa». Los polacos se han sentido más europeos que nunca y Roma se convirtió en un destino de viaje común.


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