26 de mayo de 2010

Cola de cubanos frente a la Embajada de España
para obtener la ciudadanía española

El otro apellido

Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press

LA HABANA, Cuba, mayo (www.cubanet.org) - La globalización y la crisis económica arrancan los símbolos de la identidad al más pinto de los cubanos. El acceso a una fabada, unos euros y una latica de mentol para la artrosis, pueden más, parodiando al poeta, que un mar de guarapo empozado como un charco de culpa en la mirada.

Los miles de cubanos que sueñan hacerlo o han logrado obtener la ciudadanía de otro país, principalmente española, no se andan con chiquiticas a la hora de demostrar que si ellos nacieron en Remanganagua, el abuelo es oriundo de Andalucía.

Ver para creer cómo invierten lo que tienen y lo que no para demostrar que su abuelo vino huyendo de la Guerra Civil Española, puso una bodega y se casó con una mulata. Es increíble la influencia del potaje y el arroz, las colas para el pan, el despelote del transporte y otras carencias a la hora de cambiar de paisaje. La máscara de la identidad que grita desde las corroídas paredes del país “Soy cubano ciento por ciento”, se desprende como una vieja estampa frente a la embajada española.

No importa si para obtener otra nacionalidad que los aleje o proteja de la cubana haya que vender el cuerpo a un habitante de otro país o fabricarse un abuelo de Galicia. Es común escucharlos decir que por su apellido descienden de un judío sefardí o un típico catalán nacido en Barcelona.

La cuestión es mostrar la veta española. El río ibérico que corre por el lomerío o el solar de su niñez, y lame con su lengua de euros los marabuzales de su olvidada campiña. El acento vendrá después, cuando al regreso de una estancia en la tierra madre, expresen en un castizo de platanal: ¡Joder, macho! ¡Como habéis flaqueao en sólo 30 días!

Por ahí andan los pasos de una Cuba que se españoliza, al menos en el número de pasaportes. Se funde con los desperdicios del acervo cultural de otras naciones y deja los suyos atrás. O los desconoce. De nada sirven campañas publicitarias que promocionen el sentimiento de cubanía si no resuelven el pan. “La identidad no se puede comer. Con los símbolos patrios no se viaja al exterior”, dicen mientras hojean inscripciones de nacimiento y fes de bautismo en la interminable cola.

A estas alturas del juego uno se pregunta: “¿No tengo, pues, un abuelo mandinga, congo, dahomeyano?”. En Cuba, sólo Nicolás Guillén afirmó:

Yo soy también el nieto,
biznieto, tataranieto de un esclavo.
Que se avergüence el amo.

Pero eso es poesía. La realidad es otra, y a nadie le interesa si su apellido es Yelofe, Banguila, Kumbá o Kongué.

Lo importante es el otro apellido. El del abuelo blanco. Ese que les permite recorrer en un avión de Iberia el camino a los euros y a Madrid.
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