14 de abril de 2017

AL CRISTO DE LA BUENA MUERTE, POEMA DE JOSÉ MARÍA PEMÁN

Al Cristo de la Buena Muerte

José María Pemán
 
Cristo de la buena muerte,
¡el de la faz amorosa,
tronchada, como una rosa,
sobre el blanco cuerpo inerte
que en el madero reposa!

¡Cuerpo llagado de amores
yo te adoro y yo te sigo!
Yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores
subiendo a la cruz contigo.

Quiero, en santo desvarío,
besando tu rostro frío,
besando tu cuerpo inerte,
llamarte mil veces mío...,
¡Cristo de la Buena Muerte!

A ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida, mi amor,
mi alegría, mi dolor;
cuanto puedo y cuanto tengo;
cuanto me has dado, Señor.

Y a cambio de esta alma llena
de amor que vengo a ofrecerte,
dame una vida serena
y una muerte santa y buena...
¡Cristo de la Buena Muerte!

13 de abril de 2017

EL CRISTO DE LA BUENA MUERTE

 
El Cristo de la Buena Muerte
 
El Cristo de la Buena Muerte o Cristo de Mena son l
as advocaciones de Cristo que surgen de una talla de Cristo crucificado original de Pedro de Mena, datada aproximadamente en 1660, y que se conservó en la Iglesia de Santo Domingo de Málaga hasta su destrucción.

Considerada una de las obras más singulares del escultor imaginero granadino por estar esculpida a tamaño mayor que el natural (característica poco común en las tallas de Mena), sufrió varios ataques y mutilaciones antes de ser definitivamente destruida en 1931 durante la quema de iglesias y conventos en Málaga del 11 y 12 de mayo del mismo año.

De la talla original solo se conserva parte de una pierna, rescatada durante la quema por el artista Francisco Palma Garcia y expuesta en el palacio episcopal, y un pie que lo custodia la Congregación del Cristo de Mena.

Estas secciones de la talla fueron agrupadas tras la quema por Narciso Díaz de Escovar, académico de Bellas Artes de San Luis que, en una carta al escritor malagueño Miguel Ruiz Borrero, le contaba:

«(…) El Cristo de Mena que se creía salvado, pues lo escondieron entre paños unos hermanos en un almacén, de quemó luego. Han aparecido los carbones. Palma salvó una pierna y mi sobrino tiene un pie carbonizado, pero se ve el hueco del clavo y se conservan dos dedos. El San Juan de Dios de Santiago, la Dolorosa de los Mártires, la Virgen de San Pablo, el Señor del Puente, la Exaltación… todo quemado. Hoy me han dicho que en la Trinidad quemaron todas las imágenes y por tanto habría perecido  la magnífica Virgen de la Paz de Ortiz y el notable San Onofre, escultura del siglo XV».

Con el Cristo de la buena Muerte y Ánimas fueron quince las tallas de Pedro de Mena destruidas durante la persecución religiosa de la II República en Málaga.

La imagen del Santísimo Cristo de Mena, como la conocemos hoy día, fue esculpida en 1941 por Francisco Palma Burgos, inspirándose en la imagen original de Pedro de Mena. Se encuentra en la iglesia de Santo Domingo de Guzmán de Málaga. Pertenece a la Congregación de Mena, procesionando el Jueves Santo en la Semana Santa de Málaga.

Vinculado a la Legión Española desde 1921, a partir de 1960 se impulsó que cada acuartelamiento tuviera una imagen de esta advocación. por lo que existen otras tallas similares.


Reyes González,

11 de abril de 2017

CAJITAS DE MÚSICA

Cajitas de Música
Ana Dolores García

En estos tiempos la música acaricia nuestro oído y nuestro espíritu de mil formas distintas, no limitadas a las salas de concierto. Estas, claro, todavía existen. Es mas, plazas y estadios se han convertido actualmente en inmensas salas de conciertos. Tan grandes son,  que deben contar con pantallas adicionales para que los concertistas puedan ser distinguidos por la multitudinaria audiencia.

También en estos tiempos disfrutamos música en pasta, almacenada y clasificada según estilos y gustos, en increíbles y diminutos mp3, Ipods o Ipads que llevamos en bolsillos o bolsos y que podemos enchufar a unos imponentes audífonos adosados a nuestras orejas mientras hacemos el cotidiano ejercicio de caminar o pedalear en la bicicleta estática.

Además, esas previas grabaciones de artistas y orquestas internacionales nos pueden llegar no solo a  través de la radio -en casa o mientras conducimos-, sino que incluso las podemos escuchar y no necesariamente conectadas por la radio, porque muchas de esas emisoras radiales se han agenciado unas páginas virtuales llamadas webs y la música navega en ellas por el espacio cibernético, para amenizarnos el tiempo que gastamos frente al ordenador.

Un simple ejemplo: en el sur de la Florida, hace mas de dos años dejó de trasmitir la única radioemisora de música clásica. Verdaderamente deplorable, pero no irremediable, gracias a  la página webListen live WETA” desde Washington.   

 Desde luego que para poder alcanzar esta amplia difusión que gozamos en nuestros días, la música ha tenido que recorrer un largo periplo, comenzando por salir de las paredes de los salones de palacios o residencias fastuosas y de las salas de conciertos.

Todo comenzó  escuchándose con un sonido metálico que facilitó su disfrute a gentes modestas que no podían sufragar la interpretación “en vivo”.  Relojes musicales, cajas de música, cilindros, discos, pianolas, fonógrafos, megáfonos, cintas (casetes), discos de vinil. discos de 33 revoluciones, sonido estereofónico, discos compactos(CD)… Es interesantísimo descubrir el proceso de esos adelantos paulatinos que nos permiten disfrutar de la música a través de una reproducción de excepcional calidad.

El origen de toda esta evolución debida al ingenio humano, estuvo en el novedoso diseño de un reloj de bolsillo musical hace ya más de dos siglos. Su creador fue un relojero suizo llamado Antoine Favre-Salomon, que lo fabricó en 1796 adicionándole un mecanismo para la música, y desde entonces se le considera como el inventor de la caja de música.


Nos referiremos solamente a esas encantadoras cajitas de música que aun hoy se conservan como joyas preciadas del pasado y con un alto valor sentimental como recuerdo de alguna abuela, de una madre, o, porque no, como una simple pieza con musiquita agradable que adquirimos tal vez en alguna tienda de suvenires, y que ha devenido en recuerdo de un viaje feliz. Cajitas que pueden ser pequeños joyeros o confidentes de perfumadas cartas de amor enlazadas con una cinta de seda.        

El mecanismo de esas hermosas y artísticas “cajitas de música”, es casi el mismo, o descendiente directo, del ingeniado por Favre en su taller de Ginebra o de los pintorescos relojes “cucos” tan característicos de Alemania y Austria. En efecto, el sonido  de aquel original reloj musical y de los que le sucedieron era producido por medio de unos remaches que se “peinaban” sobre un disco plano   

¿Se nos ha ocurrido alguna vez escuchar las vibraciones de un peine cuando movemos con una uña las terminaciones de sus púas? Cada una de ellas emitirá un sonido distinto. Del mismo modo, Fevre obtenía notas distintas con aquellas placas segmentadas y por ello al mecanismo se le aplicó la palabra  “peinar”.  Aproximadamente treinta años después comenzaron a surgir los cilindros sustituyendo las placas planas, y la industria de la música metálica  recibió un impulso que dio lugar a un crecimiento imparable.    

Pero las cajitas actuales, leales a un romanticismo decimonónico y
cargadas de nostalgias, continuaron también  fieles a la creación de Favre y producen -aun hoy- su música con un mecanismo en miniatura de remaches, que emiten sonido lo mismo en un cilindro giratorio que en un disco al ser tocados -peinados-  por un cepillo de metal.  Es así que a través de un delicado tintineo, bien estudiado e implementado, podemos distinguir la fascinante melodía de la canción de Bethoven “para Elisa”, o de la Canción de Cuna de Brahms o, si se prefiere un tema religioso, la del Ave María de Schubert, entre otras muchas.

Cajitas de música: verdaderos tesoros que guardamos con cariño por ser recuerdo vivo de seres queridos.  

Concluimos. Para ello basta este  interesante artículo aparecido hace años en el periódico El Mundo, de Madrid:

“El tiempo, entre tantísimos defectos, tiene la virtud de convertir la quincalla cotidiana del pasado en blanco y negro, en algo extraordinario y desconocido en este mundo en color. Pero si en el pretérito el objeto tenía ya esa condición de singular, en el presente adquiere por derecho propio la condición de verdadera joya. Víctor Novo, anticuario presente en una feria de antigüedades, mostraba con orgullo uno de esos tesoros de los que vale la pena conocer su historia.

Se trata de una caja de música de finales del siglo XIX y de fabricación inglesa que pasa por ser el objeto más preciado de su nutrido expositor. Durante la entrevista con el vendedor, el suave tintineo de su rudimentaria maquinaria interpreta hasta diez canciones.  La pequeña joya vale 1.900 euros, aunque siempre son negociables, como casi todo en un mercadillo de antigüedades. Con ese dinero se podrían adquirir casi 100 reproductores de mp3 que procurarían, a razón de 200 canciones por gigabyte de memoria, música suficiente con la que alcanzar el próximo cambio de siglo….”  

Pero no sonarían igual.

El funcionamiento de una caja de música en un sencillo vídeo:

https://www.xatakaciencia.com/tecnologia/el-funcionamiento-de-una-caja-de-musica-en-un-sencillo-video

2 de abril de 2017

LA ESPAÑA EN EL NIÑO MARTÍ

Pepito Martí,
la España en el Niño Martí

Introducción: Antigua deuda por el natalicio del Apóstol, cumplida en la celebración de San José, marzo 19, 2017

Marlene María Pérez Mateo

   El 24 de junio del 1413, desde la parroquia valenciana de San Juan, San Vicente Ferrer cuenta la leyenda: echó al aire un pañuelo tratando de motivar a la feligresía en ayudar a sus prójimos más necesitados.  Los motivó diciendo que allí donde cayera, de seguro había alguien en especial necesidad de auxilio. La realidad le dio la razón, aunque bien cabe decir que los necesitados eran muchos por entonces, por lo cual destinatarios no faltaban.

   En manos del buen viento, el volantón objeto llegó a una casa de la Calle Tapicería #5 en la Plaza  de Mocadoret, hoy Plaza del Milagro de Mocadoret. Lo dicho fue cierto, a la familia de tal domicilio aprietos y dificultades le sobraban.

   El bueno de Ferrer no creo que alcanzara imaginar cómo cinco siglos después su predicción mantenía vigencia. Pues los domiciliados  en dicha locación, aunque bajo otra nomenclatura, la seguían pasando mal; pero esta vez su pañuelo rozó un poco el otro lado del Atlántico, en particular a una islita para entonces desconocida por él.

    Corría el año 1857 cuando fallece el abuelo materno del patriota cubano José Martí y Pérez, Antonio Pérez Monzón, es decir el padre de doña Leonor Pérez Cabrera, madre del Apóstol. Habiendo sido parte del ejército de la metrópoli española y un hábil jugador de lotería, al parecer la suerte le había sonreído y, aunque no sin excesos, dejaba a su hija una modesta herencia. Mariano Martí y Navarro,  padre del Apóstol, renunció a su puesto de celador y partieron en septiembre de dicho año para España.

   La familia Martí Pérez era pequeña por entonces y  Pepe solo constaba con 6 años de edad.  Llegan desde La Habana primero a Santa Cruz de Tenerife,  Islas Canarias, donde el niño conoce a su abuela materna, Rita María Cabrera Hernández. Al parecer la tierra de isleñas no albergaban a la sazón las promesas esperadas y el próximo viaje lo realiza la familia a la península, en particular a la Valencia natal de su padre. Esto dejó huellas en Martí y de ello darán buena  cuenta en posteriores lustros sus escritos bajo el título “Los isleños en Cuba”, y sus innumerables comparaciones entre los pobladores de ambas islas y la marca insular en sus pobladores.

   En Valencia los Martí alquilan en un modesto vecindario una casa. Era el número 61 de la Calle Tapicería del barrio quinto, detrás de la Plaza de la Reina y la Torre de Santa Catalina. Allí nace un nuevo vástago, María del Carmen Martí Pérez, a quien por justa razón se le reconoce con el sobrenombre de “la valencianita”.

   La fortuna no les sonríe y don Mariano enferma, teniendo por entonces su mal como único remedio un largo reposo. Así se extiende el periplo español  hasta junio de 1859, sumando casi dos años. Los Martí vuelven a considerar a Cuba como el mejor lugar para su estancia y desenvolvimiento, aventajando a su propia patria y por entonces metrópoli de la mayor de las Antillas. Ello también era el sentir de no pocos peninsulares e incluso europeos, y lo siguió siendo por varias décadas después.
 
 La primera experiencia de vida en España del pequeño Martí fue   breve y a una muy temprana edad, marcadamente azarosa. Pero al parecer el llamado Milagro de Ferrer voló bien alto.
 

25 de marzo de 2017

PALOMA, AMIGA

Paloma, amiga
Jesús de las Heras Muera

Hizo realidad aquel deseo, convertido en canción por Roberto Carlos, “Yo quiero tener un millón de amigos”. Y un servidor, sin importarle el número que hacía dentro de este inmenso millón de amigos, ha sido desde hace más de décadas amigo de Paloma. Paloma era así. Era tan así que era igual en el trato que en la tele: cercana, cariñosa, veraz. Era alguien que transmitía confianza. Nada más lejos de una diva, de la diva de la comunicación que era. Y lo era siempre: en la cumbre del éxito, que le acompañó durante casi su vida profesional y también en su atardecer.

Le dabas cuatro ideas y en la servilleta de una cafetería pergeñaba una crónica para la radio, que sonaba luego a  las mil maravillas. Las llamaba por teléfono y te lo cogía… y te respondía. Siempre estaba dispuesta. Era un todoterreno de la comunicación e igual hacía una crónica para la radio, una tertulia para la tele, un artículo a mano para el periódico o la revista, que recitaba como nadie a santa Teresa de Jesús o a san Juan de la Cruz.

Para tantos y tantos miles y millones de personas fue la voz traducida, concreta y cercana de Juan Pablo II, su testigo permanente, su defensora aguerrida y amable en los mil debates de la comunicación social y de la vida.

Gracias, Paloma, amiga. Ha sido un honor ser también tu amigo y así más fuerte poder cantar y volar… Volar como tú ahora)

A última hora de la tarde del viernes 24 de marzo (en torno a las 20 horas), falleció en un hospital de Madrid Paloma Gómez Borrero, mítica corresponsal de radio y de televisión en Roma y en el Vaticano. Llevaba dos semanas ingresada en este hospital, aquejada de una grave enfermedad (un cáncer de hígado). A causa de su hospitalización, tuvo que aplazar diversos compromisos que tenía adquiridos, como una conferencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo bajo el título “Una periodista y cuatro Papas”.

Paloma Gómez Borrero nació en Madrid el 18 de agosto de 1934. Estaba casada y era madre de tres hijos y abuela de varios nietos. Estudió Periodismo en la entonces Escuela Oficial de Madrid. Concluyó sus estudios en 1955, Trabajó en distintos medios de comunicación (“El Alcázar”, “Crítica”, “Senda”, “El Correo Español-El Pueblo Vasco”, “Blanco y Negro”, “El Pueblo Gallego”, “Sábado gráfico”). En 1976 fue destinada a Roma como corresponsal de TVE para Italia y el Vaticano, siendo cesada en 1983. Desde entonces y hasta 2012 fue la corresponsal en el mismo destino de la Cadena Cope. Después y hasta su muerte, ha sido colaboradora de COPE y de 13TV. También fue habitual colaboradora de radios y televisiones de América Latina (México, Colombia, Venezuela). Fue la primera mujer corresponsal en el extranjero de TVE.

Asimismo ha participado como contertulia e invitada en numerosos programas de TVE, Antena 3, Telemadrid, y Tele 5, entre otros muchos medios. Ha sido autora igualmente de varios libros sobre temática muy variada: los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, la ciudad de Roma y hasta de gastronomía (Huracán Wojtyla, Juan Pablo, amigo: la vida cotidiana en el Vaticano, Santas del siglo XX, en colaboración,  Los fantasmas de Roma, La Alegría,  Adiós, Juan Pablo, amigo, De Benedicto a Francisco. El cónclave del cambio, Juan Pablo II. Recuerdos de la vida de un santo,  Dos Papas, una familia, Caminando por Roma, Los fantasmas de Italia, Una guía del viajero para el Jubileo, El Libro de la pasta, Pasta, pizza y mucho más, Comiendo con Paloma Gómez Borrero, Cocina sin sal, Nutrición infantil,…

Con más de 60 años de profesión Paloma Gómez Borrero ha dado más de 29 vueltas al mundo siguiendo los viajes del Papa, singularmente de Juan Pablo II (cumplió prácticamente todos ellos). Siguió informativamente cuatro cónclaves (los de 1978 y los de 2005 y 2013).

Entre las numerosas condecoraciones recibidas, destacan las de Isabel la Católica del Reino de España, Dama de la Orden  Pontificia de San Gregorio Magno, Premio Calandria al mejor corresponsal extranjero en Italia (1980), Premio Bravo de la CEE (en dos ocasiones), Cruz Pro Ecclesia et Pontifice, Premio Espiritualidad,  Premio Europeo del Ayuntamiento de Roma, Premio Rodríguez Santamaría de la Asociación de la Prensa de Madrid, Premio Iris  de la Academia de Televisión a toda una vida,  Premio Julio Camba de Periodismo, Micrófono de Oro,  etc.

22 de marzo de 2017

EL ABANICO ESPAÑOL


El Abanico Español

No existen noticias sobre el origen exacto de los abanicos, pero es de suponer que ha existido desde el comienzo de los tiempos. Una hoja de palma pudo ser el primer objeto que el hombre utilizó para abanicarse, y los países cálidos fueron los primeros en utilizarlo.  Luego se usaron las plumas de avestruz, las sedas, etc., y el abanico se convirtió en obra de arte, hasta llegar a ser un objeto de culto y un accesorio establecido de la moda femenina, como los guantes o el bolso.

Existen muchas leyendas para explicar el origen de los abanicos. Una de las más bellas es una leyenda china cuenta que el invento del abanico se debe al exceso de calor durante la "Fiesta de las antorchas", en la que las mujeres tenían que acudir con el rostro cubierto por un antifaz para preservarse de las miradas de los hombres. completamente prohibidas. Cuentan que una de ellas,  Kau-si, hija de un rico mandarín, no pudiendo resistir más el calor, se quitó el antifaz y lo agitó rápidamente delante de su rostro para darse aire, actitud que imitaron inmediatamente el resto de las mujeres.
Otra leyenda dice que el abanico surgió de los amores de Cupido que, al tratar de congraciarse con Psique, arrancó una pluma de la espalda de Zéfiro con el propósito de refrescar a la diosa mientras dormía. En la antigüedad también fue usado como objeto ceremonial que denotaba cierto estado social y, a través de la Historia, fue adoptando esta doble función: ornamento útil y símbolo de prestigio social.

Etimológicamente, la palabra “abanico” deriva del vocablo latino vanus, que designa un instrumento que se usaba para aventar el grano y avivar el fuego.

Los tipos de abanico son fundamentalmente dos: el abanico fijo y el plegable. El abanico fijo ha sido utilizado en todos los tiempos y en todas las culturas. Los faraones egipcios, entre quienes gozó de una alta consideración, lo utilizaron ya desde el siglo XVIII a.C. El abanico fijo más usado en Europa fue el abanico de plumas que traían los conquistadores desde el Nuevo Mundo como parte del botín. Este tipo de abanico fue el que se utilizó en todas las cortes europeas durante el siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, tal y como puede apreciarse en los retratos de corte.

El abanico plegable, tal y como se conoce en la actualidad, se inventó en Corea en el siglo IX y fue introducido en China en el siglo XV por los embajadores coreanos. En el siglo XVI llegó a Europa por vía comercial: de China a Portugal, desde este último país a España e Italia y, unos pocos años después, a Francia y Alemania. 

Pese al creer popular, la existencia y uso del abanico plegable en España no se remonta a épocas muy antiguas. Cuando hicieron su aparición, éstos se introdujeron en Europa a través de Portugal y España. La innovación que aportó el nuevo diseño fue rápidamente copiada.  Con todo, los maestros abaniqueros italianos y franceses superaron paulatinamente la factura española debido a la perfección con que trabajaban y a las medidas protectoras de sus respectivos gobiernos. En la actualidad, sin embargo, estos países ya hace tiempo que dejaron de fabricar abanicos, mientras que en España aún perdura la artesanía abaniquera.

A finales del siglo XVIII ya se fabrican abanicos en toda España, aunque el mayor centro de producción estaba radicado en Valencia. En el año 1802 se inaugura  la Real Fábrica de Abanicos. El uso del abanico en España estaba tan extendido en el siglo XIX que el escritor francés Teófilo Gautier llegó a escribir «nunca, he visto una mujer sin su abanico. La sigue a todas partes, hasta en la iglesia, las veo en grupos de todas las edades, arrodilladas o sentadas, con zapatos de tela, rezan y se abanican con el mismo fervor».

Las influencias de la moda y la entrada de nuevas costumbres hacen que decaiga la demanda, pero aun así, por los condicionantes climáticos de España, ha perdurado el uso del abanico no sólo como elemento de adorno y moda, sino también por necesidad. De ahí que, no sólo sea utilizado desde siempre tanto por las mujeres como por los hombres, aunque éstos hasta principios del siglo XX utilizaban abanicos más pequeños que guardaban discretamente en los bolsillos de sus levitas.

La forma del abanico ha permanecido inalterable a través de los siglos. Lo único que ha variado según los dictados de la moda ha sido “el país”, llamada así la parte alta del abanico, compuesta de tela o papel. Esta es la parte que normalmente se ha venido decorando con representaciones de escenas costumbristas de la vida española o con todo tipo de motivos florales. “El país”, según las épocas podía ser de tules, gasas, etc., o adornado con pedrería o marfiles. La parte baja del abanico, normalmente de madera, marfil o nácar, se llama “baraja”. Hay abanicos que carecen de “país” recibiendo el nombre de abanicos de baraja. 

El único taller-escuela de abaniquería estrictamente artesanal que existe hoy en España es el de Cádiz a éste le cabe el prestigio y puede ufanarse de haber modificado por primera vez en la historia la forma del abanico. En la concepción y diseño de los abanicos, la Escuela de Cádiz centra su interés en las formas que, aun no siendo funcionales, en virtud de su categoría pictórica, compositiva, creativa o por su originalidad, hacen del abanico una obra de arte.

El abanico no sólo es para abanicarse; además es un objeto de arte codiciado por más de un enamorado coleccionista. El abanico fue siempre un leal compañero de la mujer en el arte de seducir.

21 de marzo de 2017

EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA

El Sacramento de la Reconciliación
en la Historia de la Iglesia

En el Antiguo Testamento ya se practicaba la reconciliación y penitencia de un pecador según el ritual de la Ley Mosaica. En ella vemos (Levítico cc. 4 y 5) que Dios exigía un sacrificio ceremonial por los pecados cometidos. El sacrificio se realizaba en el Tabernáculo (luego en el Templo) y delante de los sacerdotes, lo cual en sí era una admisión pública del pecado. El ejercicio de estas ceremonias no solo era público sino que además enseñaba a los pecadores la inevitable consecuencia del pecado, la muerte, porque el animal que se sacrificaba moría en lugar del pecador.  

Al surgir el cristianismo, la facultad de la Iglesia católica para conceder en nombre de Dios el perdón de los pecados se sostiene en las palabras del mismo Cristo, que confirió esta facultad a sus apóstoles y que se lleva a cabo a través del sacramento de la Confesión o Reconciliación. Dos mil años de existencia han dado lugar a profundas transformaciones en el modo en que la Iglesia, -sus obispos y sacerdotes-, otorgan el perdón a pecadores arrepentidos.

En los comienzos, la confesión era pública delante del obispo y la comunidad de fieles. Se hacía regularmente una sola vez en la vida y por faltas graves tales como la apostasía, el adulterio y el asesinato. A comienzos del siglo III, esa única penitencia eclesiástica posterior al bautismo ya estaba perfectamente organizada y se practicaba con regularidad tanto en las iglesias de lengua griega como en las de lengua latina. El obispo Hipólito de Roma escribió que la potestad de perdonar los pecados la tenían solo los obispos. En ambas tradiciones, y hasta fines del siglo VI, no se conocía sino esa única posibilidad de penitencia.

La práctica de la penitencia comenzaba con la exclusión de la Eucaristía   y terminaba con la reconciliación, que volvía a dar al penitente el acceso a ella. Ese tiempo penitencial generalmente era largo, días, meses o años de ayuno severo, de acuerdo a la gravedad del pecado y al criterio del obispo. Durante ese tiempo debía mostrar su condición  de penitente con el uso de ropas características que acentuaban aún mas la humillación a la que se le sometía. Además, debía dar testimonio de su conversión y perseverancia con obras de penitencia (oraciones, limosnas y ayunos).

Quedaba excluido de la Iglesia en la medida que no podía recibir la Eucaristía y era apartado de la comunidad pues se le prohibia asistir a sus reuniones.  Finalmente, después que la comunidad hubiera orado por él, y transcurrido el tiempo señalado por el obispo, el penitente obtenía la reconciliación, mediante la imposición de manos por obispo, acto que se  celebraba preferentemente el Jueves Santo.

La práctica de esa penitencia canónica, después del siglo IV no modificó sustancialmente su estructura y severidad, pero el Tercer Concilio de Toledo, (circa 589) condenó  el uso reiterado de la reconciliación que, por influencia céltica se había introducido en España.   
 
En el siglo IV se sabe de penitencias de tres, cinco años y hasta de toda la vida, autorizadas por el Concilio de Elvira. Fue a partir del siglo V que la institución de esta forma de la penitencia canónica entró en crisis. Las cargas que comportaba eran extremadamente duras; entre estas destacaba la de la continencia perpetua, razón que invocó, por ejemplo, el Concilio de Arlés para no admitir a la penitencia a un pecador casado sin consentimiento de su esposa. Tratándose de hombres y mujeres de edad inferior a los 30 o 35 años, los obispos y concilios se mostraron partidarios de retrasar la imposición de la penitencia, a fin de evitar castigos mayores, como el de la excomunión en caso de abandono de la práctica penitencial.   
 
Muchos pecadores esperaban los últimos momentos de la vida para pedir la penitencia, y una vez que se sentían recuperados de su enfermedad, rehuían al sacerdote para evitar someterse a la expiación. La penitencia eclesiástica no se aplicaba por lo general a los clérigos y religiosos que incurrían en pecados graves, ya que se pensaba que su dignidad podía recibir agravio; solo se le deponía de su cargo, podían acogerse a la penitencia privada y llevar una forma de vida monástica, que era considerada como un segundo bautismo que permitía el acceso a la Eucaristía.

Comenzó a surgir entonces la práctica de la penitencia privada, cuyos orígenes se encontraban en las prácticas penitenciales de la vida monástica y, sobre todo en la llamada “penitencia tarifada o arancelaria”. Los "libros penitenciales", comenzaron a aparecer a mediados del siglo VI,  bajo la influencia de comunidades monásticas implantadas en las Islas Británicas.  

Su uso no estaba sometido a unos tiempos litúrgicos determinados ni a una forma solemne de celebración que exigiera la presencia del obispo, sino que se realizaba de forma individualizada, con la sola intervención del penitente y del presbítero confesor. Este, oída la confesión del penitente, le imponía una “penitencia” proporcionada a la gravedad de su culpa o su estado de monje, clérigo o casado, y le remitía a un nuevo encuentro para darle la absolución, una vez que hubiera cumplido la penitencia impuesta. La confesión se hacía espontáneamente o por medio de un cuestionario que utilizaba el confesor.

Los «libros penitenciales» recogían el conjunto de faltas graves y leves en que puede incurrir un cristiano, para ayudar a los confesores a fijar equitativamente la duración y el sacrificio de las penitencias, según   correspondían al número y gravedad de las faltas. La «tasación» desciende a todo tipo de detalles, y fija con absoluta precisión los tipos de mortificaciones, vigilias y oraciones. Las penas podían durar hasta años. El más antiguo de los penitenciales conocidos es el Penitencial de Fininan, escrito a mediados del siglo VI en Irlanda. La penitencia tarifada tendía a una exagerada cuantificación de la realidad moral del pecado y a su compensación penitencial o penal, subordinando excesivamente el perdón a la obra material que realizaba el penitente como satisfacción por el pecado. Este materialismo dio paso con el tiempo a conmutar penas por dinero en limosnas o misas.  

A partir del siglo IX, los libros litúrgicos, que hasta entonces contenían solamente el rito de la penitencia eclesiástica o canónica, incluyeron ya el ordo de la penitencia “privada”. A partir del año 1000 se generalizó la práctica de dar la absolución inmediatamente después de hacer la confesión, reduciéndose todo a un solo acto, que solía durar entre veinte minutos y media hora. A finales del primer milenio, la penitencia eclesiástica se aplicó únicamente en casos muy especiales de pecados graves y públicos. La penitencia privada, en cambio, se fue convirtiendo en una práctica extendida en toda la Iglesia.

De esa manera nació y se fue transformando el sacramento de la Reconciliación que conocemos en nuestros días. En la actualidad, la Iglesia nos exhorta a que confesemos por lo menos una vez al año, o lo antes posible después de haber cometido un pecado grave.

Fuentes:
http://es.catholic.net/op/articulos/16816/el-sacramento-de-la-penitencia-en-la-historia.html
Fray Gilberto Cavazos-Glz., OFM
https://es.wikipedia.org/wiki/Penitencia

20 de marzo de 2017

DOÑA PRIMAVERA, POEMA DE GABRIELA MISTRAL

Doña Primavera

Gabriela Mistral

Doña Primavera
viste que es primor,
viste en limonero
y en naranjo en flor.
Lleva por sandalias
unas anchas hojas,
y por caravanas
unas fucsias rojas.
Salid a encontrarla
por esos caminos.
¡Va loca de soles
y loca de trinos!
Doña Primavera
de aliento fecundo,
se ríe de todas
las penas del mundo...
No cree al que le hable
de las vidas ruines.
¿Cómo va a toparlas
entre los jazmines?
¿Cómo va a encontrarlas
junto de las fuentes
de espejos dorados
y cantos ardientes?
De la tierra enferma
en las pardas grietas,
enciende rosales
de rojas piruetas.
Pone sus encajes,
prende sus verduras,
en la piedra triste
de las sepulturas...
Doña Primavera
de manos gloriosas,
haz que por la vida
derramemos rosas:
Rosas de alegría,
rosas de perdón,
rosas de cariño,
y de exultación.

18 de marzo de 2017

DEL DICHO AL HECHO NO VA MUCHO TRECHO

 

Del dicho al hecho…

“Cría  cuervos y te sacarán los ojos”
 
Marlene María Pérez Mateo

       Don Álvaro de Luna (1390-1453), condestable de los reinos castellanos, en una de sus caserías cuya fecha no se precisa encontró a un aldeano con el rostro marcadamente desfigurado. Fue tan grande su curiosidad e imprudencia que interrogó al desconocido sobre el origen de su apariencia. La historia narrada le desconcertó. El campesino había criado a un pichón de cuervo por él descubiertos. La pequeña ave quedó al desamparo al caer de su nido. El esmero y la dedicación del “padre adoptivo” fueron encomiables y el animalito creció sano. Al llegar a la adultez en un descuido de su cuidador el cuervo se viró contra su cuidador y violentamente le agredió a picotazos los dos ojos dejándole inevitablemente ciego. Alvaro de Luna quedó estupefacto ante el relato y ante el infortunado dijo a los hombres de su séquito:

   -Ya ven, cría cuervos y te sacarán los ojos.

28 de febrero de 2017

MARÍA MOLINER, LA MUJER QUE ESCRIBIÓ SOLA Y A LÁPIZ UN DICCIONARIO

 
María Moliner,
la mujer que escribió sola y a lápiz
un diccionario mas largo
que el de la DRAE
Karina Sainz Borgo.
vozopuli.com

«María Moliner hizo una proeza con muy pocos antecedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario mas completo, mas útil, mas acucioso y mas divertido de la lengua castellana», dijo García Márquez.

El influjo que ejercen las palabras sobre las personas tiene en María moniler una expresión poderosa e iluminadora, ese tipo de experiencia que demuestra la forma en las frases empujan mas que cualquier ventisca.
 
María Moniner fue una bibliotecaria comprometida e impulsó la creación de una red de bibliotecas rurales. Hacia 1950 inició la que sería su gran obra, el Diccionario de uso del Español. Lo hizo con el objetivo de crear «un instrumento para guiar en el uso del español tanto a los que lo tienen como idioma propio como a aquellos que lo aprenden».

Comenzó a escribirlo, exactamente, en el año 1952: «Estando yo solita en casa una tarde cogí un lápiz, una cuartilla y empecé a esbozar un diccionario que yo proyectaba breve, unos seis meses de trabajo, y la cosa se ha convertido en quince años», aseguró en una entrevista concedida a la prensa.
 
Tras una larga y lenta labor, la primera edición contó con la fe y el apoyo de Dámaso Alonso, director entonces de la biblioteca Románica de la editorial Gredos, quien decidió impulsar el proyecto. Se publicó entre los años 1966 y 1967, en dos volúmenes.

Nada mas salir a la luz el Diccionario de uso del español, escritores como Miguel Delibs o Francisco Umbral comenzaron a mostrar su fervor por él; por su utilidad y la sencillez de su estilo, que rompía con la costumbre de definir los términos mediante frases enrevesadas y estereotipadas.
 
Ese es, tal vez, su mayor logro: un estilo propio, moderno  práctico, que recogía en muchas ocasiones el habla de la calle, y que María Moliner supo imprimir a todas y cada una de las definiciones con explicaciones claras, sin pretensiones, utilizando un vocabulario accesible para cualquier lector pero no por ello vacío de contenido ni falto de elegancia o sentido del humor.

Una mujer brillante en tiempos oscuros.

Hija de un médico rural y de una madre con un especial sentido de la supervivencia y agudeza, María Moliner fue la segunda de tres hermanos. Entre 1918 y 1921 cursó la Licenciatura de Filosofía y Letras en la universidad de Zaragoza (sección de Historia), obtuvo un sobresaliente y Premio Extraordinario.  Al año siguiente, ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y obtuvo como primer destino el Archivo de Simancas.
 
 De ahí pasa al Archivo de Hacienda de Valencia, ahí conocerá a Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física, con quien se casa en 1925. Durante esos años  nacen sus dos hijos, a la vez que continúa su vida profesional, comienza a participar  en las empresas culturales que nacen con el espíritu de la II República. 

Su inclinación por el archivo, por la organización de bibliotecas y  la difusión cultural, la llevó a reflexionar  y trabajar sobre las Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España e incluso asumió un papel activo en la redacción de instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, un trabajo vinculado a las Misiones Pedagógicas de la República.
 
Dirigió la Biblioteca de la Universidad de Valencia, participó en la Junta de Adquisición de Libros e Intercambio Internacional, que tenía el encargo de dar a conocer al mundo los libros que se editaban en España, y desarrolló un amplio trabajo como vocal de la Sección de Bibliotecas del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico, creado en febrero de 1937, en la que Moliner fue encargada de la Subsección de Bibliotecas Escolares.

Pero estalló la Guerra Civil Española y todo se vino abajo, derribado por los fuertes estragos de la contienda y los ajustes de cuentas que vendrían en los años siguientes. Tras la derrota del bando republicano, su marido perdió la cátedra de Física y fue trasladado a Murcia. María Moliner regresó al Archivo de Hacienda de Valencia: dieciocho niveles por debajo del que tenía en el escalafón. 
 
En la década de 1950, comienza la que sería su obras más luminosa en aquellos años de dictadura: el Diccionario de uso del español, en cuyos dos tomos se incluyen 1.750 entradas y más de 190.000 definiciones. Aunque ella ya confeccionaba anotaciones para un diccionario que corrigiera las deficiencias del DRAE, un hecho el terminó de acelerar su decisión de ponerse a trabajar: su hijo Fernando le trajo de París un libro que llamó profundamente su atención, el Learner’s Dictionary of Current English de A. S. Hornby (1948).

Semejante hazaña: escribir ella sola un diccionario cuya claridad y acierto fue reconocido de forma unánime no pareció mérito suficiente a los académicos de la RAE para incluirla entre sus filas. Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo la postularon para que fuera ella la primera mujer en entrar a la Academia.
 
Pero el elegido, sería Emilio Alarcos Llorach. «Sí, mi biografía es muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario. Es decir, yo no tengo ninguna obra que se pueda añadir a esa para hacer una larga lista que contribuya a acreditar mi entrada en la Academia (...) Mi obra es limpiamente el diccionario».
 
Más adelante agregaba: «Desde luego es una cosa indicada que un filósofo -por Emilio Alarcos- entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!», dijo Moliner en una entrevista en El Heraldo de Aragón, en  1972. La escritora Carmen Conde, primera académica, reconoció que tenía que haberlo sido antes Moliner. Y lo sugirió en su discurso de ingreso en 1979: «Vuestra decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria».