12 de enero de 2014

CATALINA LASA, HISTORIA DE UN GRAN AMOR





Ha vuelto a tomar notoriedad la historia del amor entre Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, que encendió rubores y provocó ácidos comentarios en la sociedad habanera de comienzos del siglo pasado. Son variadas y disímiles las diferentes versiones mas o menos adulteradas que circulan desde entonces, por lo que creo oportuno dar cabida a una mas de ellas. Al menos su autora, la acreditada escritora Gina Picart Baluja, ha tratado personalmente de acudir a las pocas fuentes de datos que aún puedan existir sobre aquel “escandaloso” romance.

A continuación, lo publicado sobre este asunto por Gina Picart en su blog “Hija del Aire”. Tal vez parezca muy largo. Que es largo, si,  pero mas largas son las telenovelas y sin embargo las seguimos fielmente…  (adg)

Catalina Lasa,
historia de un gran amor,
una mansión y una tumba

Por Gina Picart

 Cuando se buscan ejemplos de un gran amor habanero, siempre se cita la pareja formada por Catalina Lasa del Río y Juan Pedro Baró. Hasta la prensa refleja con cierta recurrencia esta historia que andando el tiempo ha adquirido visos de leyenda, y parece como si la vida, con el tributo tardío de tanta admiración, quisiera compensar a los amantes del repudio social que debieron enfrentar en su época desde que decidieron alzarse contra todas las normas sociales establecidas para entregarse de lleno a la aventura de su pasión.

Sin embargo, esta romántica leyenda que tanto atrae a periodistas, lectores y soñadores de todas las edades y grupos sociales, es mal conocida, porque se ha escrito mucho sobre ella, pero se ha escrito mal. Generalmente quienes tocan el tema se limitan a recoger el corpus de artículos anteriores y repetir más o menos lo mismo una y otra vez con escasas variaciones, y hasta se ha dado el caso de investigadores destacados que le han añadido a la historia unos granillos de pimienta falsa para volverla más grandiosa y conmovedora. Me parece que ya va siendo necesario detener el desmande de ciertas fantasías y contar la mayor cantidad posible de verdad sobre estos amantes.

Y digo la mayor cantidad posible de verdad porque una investigación profunda sobre sus vidas resulta ahora extraordinariamente difícil: primero, porque ya deben quedar muy pocos testigos directos de los hechos, pues ha transcurrido demasiado tiempo y casi todas las personas que les conocieron han muerto en Cuba o en el extranjero. Y segundo, porque Juan Pedro Baró, quien luego de la muerte de su esposa, se radicó definitivamente en París llevándose consigo todos los documentos y fotos de familia. Otra parte de este legado se encontrará, sin duda, en manos de los herederos directos de Catalina, quienes tampoco viven en la isla desde hace décadas.

Yo comencé a interesarme por el tema después de ver un documental realizado en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. La imagen de Catalina cubierta por un velo negro danzando en los interiores de su mansión me turbó para siempre, poblándome de demonios que hasta la fecha no he podido exorcisar. Todo lo que el documental no explicitaba, velando la información tras un silencio poético, me lanzó hacia una vorágine de investigaciones que, si bien no han rendido hasta hoy todo el fruto que yo hubiera deseado, me han permitido al menos acercarme más a estas dos figuras que parecen evadirse constantemente, cual si desearan evitar que la curiosidad ajena pasee su mirada por la intimidad que compartieron en vida.

JUAN PEDRO

Juan Pedro Baró, nacido el 16 de mayo de  1861, era un riquísimo hacendado matancero propietario de varios ingenios y otros negocios ajenos al mundo azucarero. Descendía de José Baró Blanxard, ciudadano catalán radicado en la ciudad de Matanzas, quien llegó a ser uno de los más importantes tratantes de esclavos en toda la isla, negocio que dio origen a su inmensa fortuna. Aunque Baró Blanxard no era de noble cuna, logró que la Corona le concediera dos títulos nobiliarios: Primer marqués de Santa Rita y Primer vizconde de Canet de Mar, que heredaría su nieto Juan. Los antecesores de Juan tuvieron una hermosa hacienda en los alrededores de Matanzas, famosa porque en su construcción se emplearon materiales costosos y soluciones novedosas.  Al parecer, este hombre también fue protagonista de una intensa historia de amor hacia su esposa.

Juan estudió en los mejores colegios de la ciudad y también en escuelas de los Estados Unidos. El 2 de febrero de 1882, a los 19 años de edad, contrajo matrimonio con Rosa Varona y González del Valle, de diecisiete, hija de una familia de hacendados de gran reputación. Tuvo de ella dos vástagos, Concepción y John, y no cinco, como se ha escrito tantas veces  incorrectamente.  Era un joven con la refinada educación que los hacendados solían dar a sus hijos, pero tenía un defecto muy propio de los hombres de su clase social: necesitaba una muy intensa y variada vida sexual, y para satisfacerla acudía por igual  a cortesanas,  prostitutas,  esclavas y  niñas del servicio de su propia casa. Esta conducta inmoderada e irrefrenable puso en peligro su matrimonio muchas veces, hasta que al fin, cuando sus hijos contaban once y  siete años respectivamente, doña Rosa abandonó el hogar conyugal y se trasladó a los Estados Unidos para establecer una demanda de divorcio por infidelidad contra su esposo. El periodista e investigador Oscar Ferrer Carbonell encontró el acta de dicha demanda en el Archivo Nacional…  

 Para quienes deseen conocer el final de esta historia, corrieron por aquellos días rumores según los cuales la condesa de Jibacoa, encinta de Juan como consecuencia de su romance, dio a luz una hija. El conde de Jibacoa, en un esfuerzo titánico por evitar el escándalo, reconoció a la recién nacida y no se separó oficialmente de su mujer, aunque se comentó que no volvieron a convivir íntimamente. Tal vez la amaba, pues la condesa adúltera tenía fama de ser una de las más radiantes bellezas de aquella alta sociedad. De cualquier modo las relaciones entre los dos hombres no parecen haberse afectado mucho, pues después del escándalo ambos mantuvieron aún negocios, como consta en documento hallado en el Archivo Nacional, según el cual Baró compró al conde de Jibacoa la finca Santa Rosa.
    
No puedo resistir la tentación de comentar que desde el inicio mismo de su casamiento Juan tuvo para con su esposa bien pocas consideraciones, pero quizás se trataba de un matrimonio acordado entre familias por conveniencia de intereses, y no de una unión impulsada por el amor. Eso explicaría la intranquilidad sexual del joven Baró, así como el poco respeto por los sentimientos y la imagen pública de Rosa Varona, su legítima esposa y madre de sus hijos, quien no murió entonces, como se asegura en muchos artículos publicados por la prensa cubana sobre él y Catalina, por lo que no era viudo, sino divorciado cuando conoció a su segunda mujer, y en aquel momento, al no existir aún en Cuba la ley de divorcio, quizás la separación de la primera no fuera válida en el territorio nacional.

CATALINA
     
La familia de Catalina no tenía un estatus económico tan encumbrado como el de Baró, pero en cambio eran nobles verdaderos mucho antes de que el primero de la estirpe pisara tierra cubana. La casa Soler de Lasa aparece a principios del siglo XVII como natural de la villa de Astigarreta, Guipúzcoa, País Vasco. Fueron declarados Hijosdalgo de la villa de Zumárraga en 1792, y tenían un bonito escudo de armas, en el que aparecía en sotuer la parte superior de oro con lobo de sable, y a los lados, en campo de azur, una torre de oro.

Pero el padre de Catalina no podía usar este escudo ni tenerlo en el frontis de su puerta, porque él pertenecía a la tercera línea de descendencia de la familia. José Miguel Lasa y Barbería se casó con María Luisa del Río Noguerido y Sedano, hija de un capitán de navío de la Real Armada, quien también fue Tesorero de la Real Lotería de la Isla de Cuba.

José Miguel y María Luisa, padres de Catalina, tuvieron en total nueve hijos, de los cuales ella fue la quinta. Todas las hermanas Lasa  del Río fueron célebres por su belleza, pero Cati, nacida un 30 de abril de 1875 bajo el signo de Tauro, poseía, además, otros dones: gracia, elegancia, distinción, ingenio, seducción y una despierta inteligencia. Era cálida y vivaz como una llama, y la prensa de su época llegó a llamarla la maga halagadora. A lo largo de toda su vida demostró que también disponía de un fuerte carácter y un inquebrantable poder de decisión.

Como tantas otras familias víctimas de una época políticamente convulsa y peligrosa, los Lasa tuvieron que emigrar a los Estados Unidos. La familia se radicó en Tampa entre los exiliados cubanos, y fue en aquel suelo extranjero donde la bella joven conoció a Pedrito Estévez Abreu, único hijo de la gran patriota Marta Abreu y Luis Estévez Romero, un oscuro abogado habanero a quien siempre se ha querido acusar de haberse casado con la riquísima villaclareña para ascender en fortuna y escala social, y que fue elevado por sus propios méritos a la dignidad de Vicepresidente del primer gabinete republicano. Marta poseía un caudal tan enorme que en una ocasión pudo permitirse donar a la Tesorería del Partido Revolucionario Cubano 186 mil pesos oro para financiar la compra de armas con miras a una intervención armada en la isla. Se cree que ella sola financió la mitad del costo de esa guerra.

Por aquel entonces los padres de Pedrito se encontraban exiliados en París, y fue en esa ciudad donde Marta Abreu recibió carta de su hijo anunciándole que se había comprometido con Catalina y deseaba casarse con ella de inmediato. Marta Abreu debió tomar informes sobre la novia de su hijo, y habrá encontrado tal vez ciertas referencias a su conducta que no le agradaron, porque se mostró reacia ante la noticia y escribió a su hijo pidiéndole que aplazara la boda hasta que todos pudieran reunirse en Cuba libre, pues ya era inminente el fin de la guerra. Pero Pedrito no podía esperar, pues si se cotejan fechas, ya Cati debía de encontrarse encinta de poco tiempo de su primer hijo. Los Estévez Abreu se apresuraron entonces a viajar a Tampa para asistir a aquella boda que les disgustaba, celebrada el 15 de junio de 1898.

EL PRIMER MATRIMONIO
    
Se ha llegado a decir en artículos publicados por diversos  órganos de prensa,  y hasta en libros, que el matrimonio de Catalina con Pedrito fue infeliz desde el comienzo porque Marta le recordaba constantemente a la nuera sus orígenes más bien humildes. No creo que existan ya personas capaces de testimoniar sobre la intimidad de La Venerable, como llamaban por ese entonces a la digna dama, pero parece más lógico pensar que, habiéndose instalado inicialmente el joven matrimonio en el mismo palacete del Paseo del Prado que ocupaban los suegros, desde muy pronto tuvo Marta, austera, hogareña y reflexiva, la posibilidad de observar con detalle el carácter díscolo y bastante superficial de Catalina, entonces de 23 años.

Existe una correspondencia de Marta a una amiga, donde se queja de que su joven nuera gusta en demasía de las fiestas y el baile y de exhibirse en sociedad; y también de las joyas, los vestidos y muchas otras aficiones que La Venerable consideraba mundanas. Además de las diferencias generacionales que pudieran separar a estas dos mujeres, no hay que olvidar que Marta era de índole muy diferente a su nuera en personalidad y carácter.

Siendo una potentada que podía permitirse cuantos criados se le antojara, sentía placer en zurcir con sus propias manos la ropa interior de su marido y mejorar con sus agujas el trabajo de las modistas en los trajes que se mandaba a hacer siguiendo los dictados de la moda, no porque fuera coqueta o interesada en féferes, sino por la necesidad de presentarse en sociedad en concordancia  con su condición.

Patriota fervorosa que hizo de la causa de la independencia el eje de su vida, debió sentir rechazo y distanciamiento ante aquella mujercita radiante y joven que no servía a más ideología que la de sus diversiones y complacencias; madre incondicionalmente dedicada a su único retoño, debió de contemplar con disgusto la facilidad con que Catalina se separaba constantemente de sus hijos para ir en pos de sus banales aficiones. Las diferencias entre las dos mujeres debieron llegar tan lejos que la pareja joven terminó por mudarse para otra casa de la misma avenida.

También se ha sugerido que Pedrito no era el compañero más indicado para la turbulenta Cati. Su propia madre se quejó en muchas ocasiones de su debilidad de carácter y su pusilanimidad, y al parecer, antes de casarse había sido un pequeño dandy con infulillas de conquistador. En todo caso Marta pensaba que su hijo debería mostrarse más firme y enérgico ante los caprichos y veleidades de su bella esposa, y esta convicción debió exacerbarse cuando Catalina, ya toda una señora con tres hijos, fue elegida en dos ocasiones triunfadora en un concurso de belleza promovido por el diario El Fígaro. Es posible que La Venerable percibiera a su hijo como un juguete siempre moldeable en manos de su esposa.

SE ENCUENTRAN  LOS AMANTES
    
Así las cosas, aparece en escena Juan Pedro Baró. ¿Cómo se conocieron él y Catalina? Nadie ha dado una respuesta concreta a esta interrogante. Tan pronto se dice que fue en un sarao habanero como que el encuentro ocurrió en París; a la salida de Notre Dame, apuntan algunos. Ambas posibilidades pueden ser ciertas. Muchos hacendados cubanos multimillonarios, o simplemente de sólida fortuna, mantenían casas en París y otros lugares de Francia, Europa y los Estados Unidos, y en ocasiones hasta se compraban castillos, como  hicieron los opulentos Terry de Cienfuegos, los más grandes industriales azucareros del mundo, quienes adquirieron por una suma fantástica el antiguo castillo de Chenonceaux, en la ribera del Loira.

Marta Abreu tenía un hotelito en París, en la calle Beaujon,  y Baró otro en la Avenida del Bois de Boulogne. Como ambos pertenecían a la colonia cubana de esa capital y colaboraban con el Comité Cubano de París por la independencia de la isla, se encontraban con frecuencia…  

París es por entonces un punto de expansión de la cultura mundial. Se va a La Ópera, los teatros, los cabarets, las exposiciones artísticas. Es la época de gloria de Mallarmé, Zolá, Romain Rolland, Anatole France. En la música despunta   Debussy,  en la pintura Tolouse Lautrec, Cezanne, Degas, Renoir… El marco ideal para una joven mujer como Catalina Lasa, quien desea mostrar su belleza y reinar en los salones, pero sobre todo, vivir, vivir intensamente, vertiginosamente.

Pero también pudo haber sido en La Habana, en los primeros años del matrimonio de Cati;  por ejemplo, durante la fiesta de presentación en sociedad de  Lilita, hija de Rosalía Abreu, hermana menor de Marta. Por entonces Rosalía ya había inaugurado su  palacete de Palatino, adornado con muebles y cortinas de damasco y oro, seis frescos del pintor Menocal representando escenas de famosas batallas mambisas y un sin fin de objetos de gran valor.

Un periodista, invitado para reseñar la celebración, cuenta cómo en el salón lleno de espejos se bailó el cotillón, y que el follaje del jardín estaba entreverado de brillantes bombillitas a manera de guirnaldas, y había mesitas en la terraza para el bufete. Se encontraba allí la crema y nata de la alta sociedad habanera, y por supuesto, Marta Abreu, tía de la festejada, y Catalina luciendo un precioso vestido Luis XV,  se veía bellísima y su  gentil figurita destacaba.  También estaban entre los presentes Juan Pedro Baró y su hija Nina.

Después del cotillón —sigue comentando el cronista— todos los invitados fueron a dar un paseo por el jardín. Cada caballero llevaba un farolito eléctrico muy bonito. En parejas se trasladaron al lago rodeado de altos bambúes y farolitos chinos. Por el lago circulaba una góndola donde iban varios cantando (…). ¡Cuántas cosas pudieron haber sucedido aquella noche en los vastos jardines que rodean la quinta de Palatino! Aquella fiesta bien pudo ser el marco donde Juan reparó en Catalina, o ella en él. Tal vez nunca lleguemos a saberlo con certeza.

 Lo que sí se conoce de cierto es que Rosalía Abreu, poseída por alguna sospecha, contrató una agencia de detectives privados y pronto descubrió el romance clandestino. Se cuenta que cierta tarde en que Juan y Catalina se habían reunido ocultamente en la suitte que este último siempre mantenía alquilada en el hotel Inglaterra, la pareja fue avisada por un criado de la inminente llegada de unos hombres, presumiblemente los investigadores. Catalina apenas si tuvo tiempo de huir, envuelta en una sábana, hasta la esquina del hotel, donde la esperaba el coche de alquiler que la había conducido hasta allí.

Pero ya nada puede seguir siendo ocultado. La infidelidad es revelada y Marta, viendo fatalmente cumplidos sus peores pronósticos,  exige a su hijo que eche a la infiel del hogar. Pedrito duda, pero es la propia Cati quien da por terminadas sus relaciones y se marcha con Juan dejando sus tres hijos al cuidado de La Venerable. O quizás la familia Abreu le impidió que los llevara consigo,  prefiriendo conservar en su seno a los pequeños en lugar de entregarlos a una madre que iniciaba una existencia sumamente incierta como adúltera rechazada por la sociedad, junto a un hombre notoriamente conocido como inescrupuloso  seductor. Transcurre el año de 1906.

 Según algunos materiales de archivo, en los primeros tiempos de esta nueva relación que atrae sobre la pareja las iras y el desprecio de toda la sociedad, Catalina se hospeda, entre otros lugares, en el hotelito de Guillermo Lawton, gran amigo de Juan. En aquellos días tiene lugar la célebre anécdota de la visita de los amantes al Gran Teatro de La Habana, donde una compañía italiana ofrece una función de ópera o teatro. En señal de protesta ante la presencia de los execrados, el público se retira de la sala dejándolos solos en sus butacas. En un gesto que pone de relieve la magnífica osadía de su carácter, Cati se despoja de sus joyas y las arroja al escenario, donde los músicos y los actores continúan tocando solo para ellos dos hasta el final de la función.
     
También ocurre por entonces una historia menos conocida: Juan alquila solo para ellos dos el parque del Tivoli, y la pareja pasa todo un día recreándose en medio de la hermosa vegetación, que como un nuevo Paraíso, Juan obsequia a su enamorada.

Pero la atmósfera se vuelve irrespirable, los desaires se suceden y el rencor de la familia Abreu los persigue implacablemente. Juan decide trasladarse con Cati a París, pero la ofendida familia Abreu los denuncia por bigamia ante la INTERPOL, o al menos eso se ha asegurado. En uno de los tantos artículos que se han escrito desde aquellos tiempos sobre Cati y Baró, se cuenta que la pareja perseguida tuvo que huir  disfrazada de Francia: ella de aldeana, oculta dentro de una carreta de heno, y él como grumete, embarcándose en un barco que zarpaba del puerto de Marsella. Esta misma fuente afirma que huyeron a través de tres continentes, pero lo más seguro es que se hayan dirigido directamente a Italia. Una visita al Vaticano los enfrenta al Papa Benedicto XV, quien escucha el alegato de la pareja en favor de sus amores, y decide conceder la anulación del matrimonio de Catalina con Pedrito Estévez Abreu.
 Se ha escrito innumerables veces que el Papa actuó con tanta liberalidad porque se sintió sumamente conmovido ante el espectáculo de esos amores contrariados, pero en una página de Internet encontré una lista de miembros honoríficos del Hexarcado de La Habana, entre los cuales aparecían los nombres de Juan y Cati. Estos títulos eran otorgados a determinadas personalidades por sus méritos o por algún tipo de contribución en favor de la Iglesia, lo cual permite suponer que quizás Juan Pedro Baró hizo algún cuantioso donativo a dicha institución en agradecimiento a la condescendencia papal. ¿O tal vez lo había prometido a Benedicto XV cuando fue recibido en audiencia ante él? Son meras especulaciones.

 A raíz de la deserción de Catalina, los Estévez Abréu marchan a París en compañía de Pedrito y sus tres pequeños hijos. En carta a su ya mencionada corresponsal, Marta Abreu cuenta que los niños han enfermado gravemente por el frío y que extrañan mucho a la madre. Poco después el viejo padecimiento gástrico de Marta se convierte en una apendicitis. Operada de urgencia por el doctor Albarrán en su clínica parisiense, La Venerable muere en 1909. Su esposo inicia una viudez desgarradora, y obsesionado por la ausencia de la mujer con quien había compartido su vida, se suicida de un pistoletazo en el cementerio al pie de su tumba, demostrando así que mucho había amado a la cubana insigne. Imagino cuánto esta orgullosa familia habrá maldecido a Catalina, causante, por demás, de muchos de sus más  dolorosos sufrimientos y humillaciones.

Una vez liberados oficialmente de su culpa por obra y gracia de la dispensa papal, Catalina y Juan regresan a París y contraen matrimonio de acuerdo con las leyes francesas. A partir de entonces residirán permanentemente en la capital francesa, haciendo constantes viajes de placer y negocios por Europa y los Estados Unidos. En 1918 el presidente Menocal, gran amigo de Baró, declara vigente la ley que legaliza el divorcio en la isla.

 El retorno del flamante matrimonio Baró-Lasa ocurre en medio de una ostentosa cena que Menocal ofrece en el Palacio Presidencial. Bajo la fina servilleta de Marianita Seva, Primera Dama del país, Baró coloca discretamente un estuche con valiosos diamantes en agradecimiento por la ayuda que él y su mujer están recibiendo para insertarse de nuevo dignamente en la vida social habanera.

 A pesar del apoyo que les presta el matrimonio presidencial, de la inmensa fortuna de Baró y de la solidaridad de la familia Lasa del Río, la alta sociedad habanera no traga fácilmente la dorada píldora, y son pocas las personas que aceptan tratar con quienes se han atrevido a pasar por encima de todas las normas y convencionalismos establecidos por la moral de la época, diseñada especialmente para proteger la unidad familiar.

Testimonios de amigos muy allegados a la pareja Baró-Lasa, como el doctor Panchón Domínguez, miembro de la colonia cubana en París, demuestran que a pesar de hallarse junto al hombre que amaba, Catalina no se sentía completamente feliz. Panchón contaba a sus descendientes cómo cada vez que  los intereses económicos de Juan en la isla obligaban a la pareja a viajar a La Habana, en el momento en que el barco iba haciendo su entrada en la bahía, Catalina dejaba escapar exclamaciones de admiración y nostalgia por las bellezas de su tierra. Sin embargo, al ser incluida por el Fígaro en una entrevista realizada a varias damas habaneras de alta alcurnia, el periodista le preguntó dónde le gustaría residir, y Catalina respondió: “En París, y haber tenido allí, como es natural a mi familia y afecciones”. Es posible que se refiriera a sus hijos, y en general a toda su familia.

CÓMO ERAN LOS AMANTES
       
En 1918 Catalina tenía cuarenta y dos años y Juan cincuenta y seis. Aquella diosa que en su juventud había sido una de las mujeres más bellas y elegantes de La Habana, conservaba intactos su gracia y su porte de reina. Sus ojos verdes, impregnados quizás de una cierta tristeza, continuaban irradiando seducción en su blanco rostro de perfil griego, pero tenía una ligera tendencia a engordar que le causaba gran preocupación  y la hacía pasar varios meses al año en los más distinguidos balnearios y centros de descanso de Europa, sometiéndose a draconianas curas de adelgazamiento. Sin embargo, aún arrancaba a quienes la conocían expresiones de entusiasta admiración. Panchón Domínguez, al recordarla, exclamaba: ¡Qué mujer, qué gracia, era capaz de llenar un salón ella sola!

 Ha quedado consignado en artículos de la época que Juan Pedro era un hombre alto, delgado y atlético, aunque enjuto y nervudo, que hablaba a la perfección el inglés y el francés. Una crónica lo describe como:

(…) hombre de sociedad exquisito, ilustrado, con extraordinario don de gentes, respetado y querido en el mundo de los negocios tanto como en  el mundo social más exclusivo. Patriota amante de la causa emancipadora, contribuyó siempre con su peculio a impulsar la causa  separatista del país.  Espíritu ilustrado, buscó en los viajes satisfacciones que creía incompatibles con los negocios. Para viajar liquidó todas sus posesiones agrícolas y se quitó de encima todas las preocupaciones.

No es verdad que fuera un patriota muy entusiasta y generoso. Paul Estrade asegura que cumplía a regañadientes, muy a regañadientes con las recaudaciones que pedía el Comité Cubano en París, liderado por el doctor Betances. Como tantos otros cubanos acaudalados que no querían verse perjudicados  o que la Metrópoli les confiscara sus  propiedades en la isla, se ocultaba para colaborar bajo el seudónimo de Pidal,

 Durante años la pareja residió en París, en su espléndida mansión de la avenida del Bois de Boulogne, donde recibían a sus amigos cubanos y a hombres y mujeres de todas las nacionalidades, siendo su salón uno de los más brillantes de la sociedad parisina.

En un artículo que aparece en una Bohemia de la época, se dice que la pareja se paseaba por los salones más aristocráticos de la vieja Europa; que su mansión parisina era un importante punto de la vida social de esa ciudad; que Catalina ofrecía cenas con menú de comida criolla donde los manteles eran de encajes de Bruselas y se levantaban las copas de murano para brindar por Cuba; Baró discutía sobre nuestro comercio e industria con figuras prominentes del mundo extranjero y ambos pasaban largas temporadas entre Europa y New York, donde Juan tenía importantes negocios, acrecentando una fortuna que no conocía momento alguno de inercia.
Tanto era así que el enamorado caballero se permitió regalar a su esposa el castillo de Santa Ana, en el sur de Francia, propiedad célebre por su belleza y su valor arquitectónico, por la nada despreciable suma de un millón de francos oro.

 Por herederos del doctor Panchón Domínguez pude conocer que los días de Juan y Catalina transcurrían de modo muy semejante a los de sus iguales de la alta sociedad: él asistía a sus oficinas, desde donde atendía sus asuntos; luego almorzaba con sus amigos (era un inveterado comedor de carne roja) y asistía a su club. Ella recibía en sus habitaciones a masajistas y peinadoras, iba de compras o disfrutaba una velada con sus amigas.

Por las noches la pareja se reunía para cenar en la intimidad o con amigos, y más tarde iban a la ópera o a algún  otro importante centro cultural, o a las múltiples y espléndidas fiestas donde compartían con la cremme de la alta sociedad parisiense del farboroug Saint Honoré, el cuerpo diplomático internacional y los más grandes artistas del momento. Se sabe que Catalina era una entusiasta de los ballets rusos que por entonces arrasaban París con sus pintorescas y novedosas propuestas estéticas.

Ella fue una especie de corresponsal voluntaria de El Fígaro, diario habanero al que suministraba información sobre la vida cultural de París y la marcha de la moda. Cuando llegaba el verano ella y Juan abandonaban la capital rumbo a algún centro elegante de recreo, y así sus vidas transcurrían en una dorada monotonía donde el placer ocupaba todo el tiempo de una amable existencia.

EL REGRESO A LA PATRIA
    
La pareja decidió instalarse definitivamente en La Habana, y lo hacen originalmente en una casa ubicada en una de las cuatro esquinas de las calles H Y 13, sin que hasta ahora yo haya conseguido identificar en cuál de esas mansiones habitaron. Mientras, Juan Pedro inició de forma anónima la construcción de una residencia monumental en el número diecisiete de la calle Paseo, en la barriada del Vedado, entonces en plena expansión.

Los curiosos acudían diariamente a contemplar las obras, que duraron aproximadamente dos años, sin que jamás trascendiera la información de quiénes eran los dueños que se instalarían en el inmueble cuando éste estuviese terminado. Tampoco Catalina estaba al corriente de la edificación de la que iba a ser su nueva residencia. Cuando al fin él la condujo de la mano al interior del edificio ya decorado, ella estalló en llanto.
    

Quince días antes de la inauguración de la casa, el secreto tan celosamente guardado dejó de serlo cuando Baró envió invitaciones a todo lo que valía y brillaba en la sociedad habanera para que asistieran a la deslumbrante celebración que ofrecería a en honor de Catalina, esposa y propietaria.

LA CASA DEL AMOR
    
La residencia de la calle Paseo fue diseñada por la importante firma de arquitectos Govantes y Cavarroca, quienes la concibieron como una mezcla de los estilos Renacimiento Florentino y Art Déco, este último lanzado apenas dos años antes en la Exposición de París y último grito de la moda en Europa.

 La nueva morada fue inaugurada en 1926. Hubo tulipas de importación en la entrada principal y champaña en los jardines; y una asistencia muy nutrida de las altas personalidades y figuras de sociedad, pues la pareja había acompañado astutamente las invitaciones con regalos que en algunas versiones fueron pinturas de reconocidos artistas cubanos, y en otras, joyas diseñadas por el gran cristalero y joyero francés René Lalique, de quien Baró era generoso mecenas. No hubo invitaciones devueltas y finalmente, tras muchos años de rechazo y desprecio, la pareja tuvo su momento de apoteosis pública.

Se cree que fue justamente esa noche cuando Juan Pedro entregó a Catalina por primera vez la famosa rosa amarilla que él había concebido como homenaje a su belleza.

Sobre su origen corren diversas versiones: se dice que fue el famoso arquitecto francés Forestier, diseñador de los jardines de la casa, quien la creó a base de injertos; pero también que fue encargada por Baró al jardín El Fénix, elegante floristería habanera de la época.  Al parecer se trató de un regalo de cumpleaños. La rosa, de pétalos anchos y puntiagudos que alternan el rosa tenue con el amarillo vivaz, color preferido de Catalina, no tardó en convertirse en novedad y durante muchos años fue costumbre habanera que las novias llevaran esta flor en su ramo o corsage, en homenaje a la mujer que había inspirado tan grandes amores.

La casa resultó algo definitivamente innovador en la arquitectura cubana, y punto de referencia en cuanto a lujo insuperado se refiere…

Tras la pareja de leones que aún hoy recibe al visitante en la entrada de la mansión, decoraban la puerta de entrada dos grandes columnas de terracota con capiteles dóricos. En el piso de mármol del vestíbulo imperaba un diseño  de pirámides truncas y rectángulos con cuadrados negros, y estuvo adornado por dos enormes huevos de mármol sobre pedestales, los cuales se encuentran actualmente en los fondos del Museo de Artes Decorativas.  El recibidor tiene puertas de caoba que comunican a la izquierda con la biblioteca, y a la derecha con el comedor.  Para complacer los gustos de Catalina, que amaba los espejos donde podía ver reflejada su belleza, Baró hizo llenar la casa de ellos.

En la biblioteca, Baró recibía a sus socios y realizaba negocios, además de fumar los finos habanos que solía degustar tranquilamente en solitario rodeado de un elegante mobiliario de cuero negro y caoba.
 El comedor, amplísimo y ventilado, tenía estanterías empotradas para la vajilla y un juego de mesa para doce comensales diseñado por el hijo mayor de Catalina en el más puro estilo Art Deco; el nivel superior del piso fue recubierto por pastillas de mármol intercaladas con finas láminas de oro que ya no existen,  y en las ventanas se colocaron láminas de nácar. Una doble puerta corrediza de cristal da paso a una terraza que se abre sobre el jardín veneciano.

Una inmensa escalera helicoidal con pasamano laminado de plata nacía a un costado del vestíbulo, y exactamente a la mitad de la misma se alzaba un gran vitral de cristal francés, diseñado por la casa Billancourt de París, con los escudos de armas del doble título nobiliario ostentado por los Baró.

También en la planta baja está el famoso Portal del Sol, pequeña estancia abierta al aire libre y rodeada de vegetación, que se usaba como sala de estar; en su centro brotaba una bella fuente de mármol gris con piso de cerámica vitrificada, cuyo motivo se repetía en la lámpara. Las paredes estaban recubiertas de tabloncillos hasta la bóveda del techo, y mientras los dueños habitaron la casa, este tabloncillo  sirvió de soporte a una lujuriante enredadera.

En el piso alto se encontraban los dormitorios de Juan y Catalina, comunicados por un pasillo muy íntimo. El de ella en suaves tonos rosa y pisos de mármol gris, y el de él con piso de mármol alternando cuadros blancos y negros y paredes revestidas de caoba.  

Catalina tenía un vestidor recubierto de espejos empotrados en marcos de plata. Todas las piezas del baño eran de mármol rosa, y digo eran porque actualmente esta pieza ha sido convertida en almacén de la tienda shoping que ocupa el dormitorio de la dueña de casa, y no queda allí nada que permita imaginar su antigua y lujosa elegancia.

Los jardines tenían estilos bien diferenciados y aún puede apreciarse en ellos las escaleras de mármol rosado, los caminos de arena, los árboles frutales, los parterres floridos y las fuentes y estatuas, estas últimas representaban bellos cuerpos de mujer desnudos o recubiertos con un velo. No ha faltado alguna mente especulativa que arriesgue la hipótesis de que la propia Catalina sirvió de modelo para las esculturas. No puede comprobarse. Pero se sabe, en cambio, que a Catalina le gustaba mucho la naturaleza, lo verde; le gustaba arrellanarse en los mullidos butacones de la terraza a contemplar sus jardines, y desde allí permanecía horas enteras sumergida en aquel mirar  errático y silencioso.

 Fernando López fue el arquitecto que dirigió la remodelación realizada en el inmueble después de la Revolución. No sabe con exactitud a cuánto ascendió el costo de la propiedad, porque en aquella época las propiedades se inscribían en Amillaramiento, pero los dueños, para pagar menos impuestos, declaraban un valor muy inferior a su costo real. Aún así, Fernando piensa que fueron cinco millones de pesos, lo que hoy equivaldría a unos sesenta millones de dólares.

Magdalena y Jesús, empleados actuales del inmueble entrevistados mí, aseguran que han pensado mucho en Catalina Lasa y la imaginan como una mujer de carácter dominante, fuerte, de convicciones profundas; alguien que sabía muy bien lo que quería de la vida.

Magdalena incluso piensa que no era una mujer sufrida, que ni siquiera sufrió demasiado por el rechazo con que la sociedad castigó su transgresión, sino que supo gozar de la vida y se la pasó  estupendamente, como parece demostrar, entre otras, esta anécdota: María Luisa  Gómez Mena, condesa consorte de Revilla de Camargo, y Catalina, eran rivales en sociedad. Se cuenta que una noche ambas asistieron a un sarao, y que para asistir, la condesa había invertido una gran suma en la compra de un modelo exclusivo a un modisto francés muy reputado. Catalina sobornó a una mucama del servicio de María Luisa para que le entregara una copia del modelo y la noche del sarao se presentó con idéntico atuendo. La Revilla se retiró de la fiesta, quizás con un ataque de histeria; pero Catalina continuó muy oronda y se divirtió a sus anchas sin que nada enturbiara su buen humor.

     Baró, a estas alturas, ya no poseía ingenios ni haciendas azucareras. Se había desecho de estas propiedades y tenía otros negocios. Puso oficinas en el banco Nueva Scotia y repartía su tiempo entre sus nuevos negocios —presumiblemente de bienes raíces y capitales—,  y la vida social, que a pesar de todos los esfuerzos realizados por él y de su poderoso y siempre creciente caudal, nunca llegó a ser muy amplia, pues el matrimonio no consiguió  recuperar jamás la aceptación de toda la alta sociedad habanera. Su casa, por muy espléndida que resultara en cuanto a arquitectura, se nota evidentemente concebida para pequeñas reuniones, y no para eventos sociales de carácter magno como el palacio de los condes de Revilla de Camargo. Definitivamente, para los Baró-Lasa el ansia mayor era el goce de su amorosa intimidad.
     
LA MUERTE ABRE SUS ALAS
    
La feliz pareja disfrutó poco tiempo del espléndido nido de sus amores. Apenas dos años después de construida la grandiosa mansión, Catalina enfermó y Baró la llevó a París para ser tratada por los mejores especialistas. Poco después ella moría en la capital francesa, en brazos de su marido desesperado y asistida por Panchón Domínguez, reputado especialista cubano y médico personal de casi todos los cubanos pudientes que conformaban la colonia cubana en París. Junto a la agonizante se encontraban también sus hijos y algunos de sus hermanos.

 Sobre la causa de su deceso se ha especulado muchísimo. Algunas versiones aseguran que Catalina arrastraba una larga y penosa enfermedad contraída durante los últimos tiempos que pasó en su nueva vivienda habanera, por lo cual ya no se mostraba en público, y ante los empleados y sirvientes sólo lo hacía con el rostro semicubierto por un velo negro. El certificado de su muerte, archivado entre los legajos del cementerio de Colón, habla de una intoxicación producida por ingesta de pescado. También se ha manejado la posibilidad de fallo del corazón causado por una cura de adelgazamiento conducida con exceso, hipótesis que se sostiene sólidamente por el hecho de encontrarse Catalina en Carlsbad, famoso balneario del este de Europa, en el momento en que enfermó. También se ha especulado sobre la posibilidad de una neumonía, cáncer de pecho, envenenamiento por ingestión de setas venenosas (¿o envenenadas?) y otras dolencias, sin que de cierto se sepa la verdad. En la biografía de Panchón Domínguez escrita por su hija, esta solo narra que su padre fue llamado con suma urgencia en medio de la noche al petit hotel de los Baró-Lasa, donde encontró a Catalina agonizante en su lecho. El célebre médico nada pudo hacer por salvarla y ella expiró en los brazos de su marido, rodeada de algunos miembros de su familia. Ocurrió en la noche del 3 de noviembre de 1930. Tenía cincuenta y cinco años. Por una de esas extrañas coincidencias de la vida, la fecha elegida por Catalina para abandonar este mundo fue la misma que vio partir en el último viaje a su sempiterna enemiga Rosalía Abreu.

 Como era costumbre en aquellos tiempos entre las clases pudientes, Baró hizo embalsamar el cuerpo de su mujer en la agencia parisina de St Honoré de Eybaud y dispuso que el vapor francés Meñique trajera a La Habana el cadáver en capilla ardiente a través del Atlántico; se ha dicho que pagó para que cada día, durante toda la travesía, un avión arrojara sobre el barco una lluvia de rosas amarillas.
    
El cadáver llegó a La Habana el 2 de enero de 1931, y tuvo su primer enterramiento en una finca particular, pues el panteón familiar que Baró había comenzado a construir un año antes al costo de medio millón de pesos oro, aún no había sido terminado. Dos años más tarde sus restos fueron definitivamente trasladados a la que es hoy una de las más bellas, valiosas y arquitectónicamente representativas capillas del cementerio de Colón.

LA TUMBA
    
La capilla de estilo Art Deco que guarda para la Eternidad los restos de Catalina Lasa, Pedro Baró y doña Concepción, madre de este último, fue construida en mármol blanco (¿de Bérgamo, de Carrara?) con puertas de ónix o de granito negro; pero según el historiador Antonio Medina, especialista en monumentos fúnebres de la necrópolis de Colón, se trataría en realidad de un bastidor corredizo de bronce grumoso recubierto de un fino cristal negro trabajado en relieve por el propio René Lalique, y traído de Francia expresamente para la decoración de la tumba. (Lalique fabricaba ya entonces un cristal llamado Claro de Luna, con  textura lechosa de gran belleza, cuya fórmula se llevó al silencio de la muerte).

La puerta tiene grabada en su mitad superior una cruz que se dice fue pedida por Catalina para que custodiara su última morada. La cruz está orlada por cenefa de rosas e irradia de sí muchos rayos, los cuales van a derramarse en la mitad inferior sobre los cuerpos de dos querubines arrodillados. Dibujados de acuerdo con la ley de frontalidad, estos ángeles muestran un cierto sabor egipcio. Con su única mano bendicen hacia el suelo una columna vertical de rosas encadenadas.

El ábside de la capilla es una media cúpula en forma de vaina decorada con cristales de Lalique, cada uno de los cuales ostentaba una rosa amarilla Catalina Lasa sobre fondo púrpura, que al ser traspasada por los rayos del sol proyectaba la imagen colorida de la flor sobre las lápidas en el interior.

 Cuando visité el Cementerio con la esperanza de entrar a la capilla, tuve la decepción de saber que nadie ha franqueado su umbral desde hace por lo menos cinco décadas, pues la llave fue extraviada en circunstancias misteriosas. Tuve que conformarme con dar la vuelta y subirme sobre el cemento de otra tumba trasera para poder espiar a través de los cristales. Por suerte, en un intento de robo perpetrado contra el monumento durante el Período Especial, uno de tales bloques fue fracturado, siendo sustituido rápidamente por otro transparente a través del cual es posible captar algunos detalles del interior de la capilla.

Así alcancé a distinguir tres tumbas colocadas en semicírculo, detrás de las cuales se divisa una cruz de cristal amarillo, en realidad una mampara tras el altar que está detrás de la tumba de Catalina. Este altar aparece vacío, aunque Medina asegura que antaño hubo allí dos candelabros. Ante cada una de las tumbas hay una mampara de cristal de cuarzo transparente con cenefas de cuadros, y en cada cuadro una rosa tallada. Hacia la derecha, y casi fuera del marco de la visión, hay algo parecido a una capillita, altar o nicho al que evidentemente le falta la puerta, pues se puede ver perfectamente el marco.

 En el interior de aquel recinto sepulcral reina una paz tan absoluta que llega a estremecer, pero tiene cierta semejanza con la última sonrisa de alguien que, a pesar de todo, ganó las dos grandes batallas del Hombre: la de la vida y la de la muerte.

DESPUÉS…
    
Cuando Catalina murió, Baró no quiso habitar más la casa; pero tampoco venderla, y la alquiló a un canadiense. A su muerte, ocurrida diez años después, parece ser que la hija de éste, quien vivía en París, prestó o arrendó el inmueble al Consulado francés hasta 1957, año en que pasó a sus últimos ocupantes, una institución de boy scouts o algo semejante. Luego del triunfo revolucionario terminó convertida en la Casa de la Amistad Cubano-Soviética, y hoy es simplemente la Casa de La Amistad, donde cualquiera puede sentarse a disfrutar de los bellos jardines donde Catalina y Juan se amaron, y comprar un refrigerio o un almuerzo en divisas, tomando este último en el impresionante comedor que por lo general, permanece completamente vacío.

 El cadáver de Baró fue trasladado a La habana desde París en octubre de 1940 y sepultado junto a la que en vida fue su gran amor. Pero aquí hay un detalle que considero imprescindible esclarecer. Según me han informado especialistas en arte funerario, estudiosos de monumentos, y Teresita Aloy, historiadora del cementerio de Colón, es absolutamente falso que Baró se haya hecho enterrar de pie a la cabecera de Catalina para rendir eterno homenaje a quien fue para él la mujer más perfecta y más amada del planeta. Simplemente duerme junto a  ella en la tradicional postura yacente del mundo occidental.

 Sin embargo, sí es un hecho real que cuando enterró a su esposa Juan ordenó fundir sobre el féretro varios metros de concreto, para impedir que futuros violadores y saqueadores de tumbas osaran profanar su belleza y perturbar su descanso eterno. La leyenda de estos amores asegura que por deseo de su marido, el cuerpo embalsamado de Catalina fue enterrado con todas sus joyas, como una auténtica momia de faraón. Otra versión asegura que solo se trataba de un pectoral donde las piedras preciosas engastadas en oro conformaban un diseño de rosas.

Los trabajadores del Cementerio creen que ese fue otro de los motivos que tuvo Baró para tomar la disposición de convertir la fosa en poco menos que un bunker. He preguntado a muchos de ellos si las joyas de Catalina pudieran continuar aún hoy sobre su pecho, pero nadie ha sabido darme una respuesta rotunda, y no ha faltado quien, considerando la falta de escrúpulos y la avidez de riquezas tradicionales en los gobernantes  de la República, dude de que semejante tesoro repose todavía entre los senos de la diosa sepultada.
    
FANTASMAS
    
Mientras entrevistaba a los actuales empleados de la Casa de la Amistad se me ocurrió preguntarles si existe alguna leyenda sobre la presencia de fantasmas en el inmueble. Se cruzaron miradas  entre ellos y de repente temí que irrumpieran en una sonora carcajada de burla ante la ingenuidad de mi pregunta, pero para mi sorpresa permanecieron graves y comenzaron a narrarme extrañas historias.

 No solo actualmente, sino desde que la casa fue abandonada por sus propietarios originales, los empleados, sirvientes, jardineros y limpiadoras han referido haber visto fantasmas errando por las escaleras, los cuartos, los jardines y hasta la biblioteca de Baró (hoy  tienda de tabaco de la Casa), donde se asegura que en ciertas ocasiones puede verse el humo de un habano flotando en el aire de la habitación.

Magdalena Ramos habla del sonido de una invisible bola de cristal que rueda por las escaleras y estalla contra el piso.  También me refirió que una noche de huracán en la que los trabajadores fueron convocados para montar guardia y proteger el inmueble, ella se encontraba en su pequeña oficina intentando trabajar en la computadora. Un sopor momentáneo la invadió, y al intentar mantener los ojos abiertos creyó distinguir la imagen borrosa de una mujer ataviada con una larga túnica color amarillo pálido y un velo del mismo color. Tras el tejido leve y transparente creyó reconocer los rasgos de Catalina. 

Una empleada que trabajó durante dieciséis años en la Casa y ahora labora en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, me comentó tímidamente que mientras estuvo allí escuchó en varias ocasiones el llanto de un niño al que buscó por todas partes y jamás encontró. Ella también  juró haber visto una única vez el espectro de Catalina vestida de blanco descendiendo por la escalera, y ese fue el motivo por el cual solicitó su traslado al ICAP. Las puertas del ático se abren y cierran solas, y un antiguo jardinero que había trabajado cuidando las rosas de Catalina, contaba siempre a sus descendientes que en más de una ocasión, al alzar la mirada hacia la ventana de la que había sido alcoba de la señora, percibió el rostro de una mujer que asomada tras el cristal le saludaba gentilmente con su mano.

Roldán, el subdirector, me contó de un tiket de venta que cuando salió de la caja pagadora a manos del cliente, en lugar de decir: “Vuelva a la Casa de la Amistad”, rezaba de manera incomprensible: “Vuelve a Lasa de la Amistad”.
    
En otra parte de la ciudad una persona a quien entrevisté, y cuyo nombre me pidió mantener en el anonimato, me relató lo siguiente: su padre, conocido historiador e investigador habanero, comenzó años atrás una pesquisa sobre Catalina Lasa y Juan Pedro Baró. Trabajó en el Archivo de la Oficina del Historiador, en el Archivo Nacional y varias bibliotecas, y reunió una considerable documentación sobre sus vidas. De repente, una tarde, mientras se encontraba reunida su familia esperándolo para cenar, el investigador abrió de un tirón la puerta de su despacho y se precipitó en la sala con el aspecto de un hombre aterrorizado. Apenas conseguía hablar, y cuando al fin pudo hacerlo dijo entrecortadamente que Juan Pedro Baró estaba dentro de la estancia desordenándole violentamente los papeles de la investigación. A partir de ese día sus facultades mentales comenzaron a declinar aceleradamente y hoy se encuentra internado en una institución, aquejado de una irreversible demencia senil.

¿Debe el lector prestar crédito a todas estas historias? No puedo pronunciarme al respecto, pero por mi parte, si cediera a la tentación de interpretarlas, diría que estas presencias evanescentes nos hablan de un amor tan intenso que se niega a morir, porque no alcanzó a agotar en vida la savia terrenal que lo hizo nacer y lo alimentó por tantos años.

No creo que Catalina Lasa y Juan Pedro Baró deseen oraciones por el descanso eterno de sus almas. Me parece más bien que aún del otro lado del Umbral continúan recorriendo sin cesar los escenarios de su pasión, porque eso los hace muy felices y tal vez les consuele de su actual condición inmaterial. Como si se dijeran una y otra vez mirándose a sus ojos de espectros: Recordar es volver a vivir.


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