8 de julio de 2010

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Enterrando a Fariñas

GABRIEL ALBIAC
Día 07/07/2010
ABC, Madrid

MORATINOS no es nadie. Un nadie siempre acoplado en la foto del más visible. La alcurnia moral del elegido no cuenta. Y es que la luz mediática suele ser, en torno a los grandes asesinos, de primera calidad; así somos. Moratinos posa. A la vera sonriente de notables homicidas. De su nada logró hacer imagen planetaria, abrazado a Yassir Arafat crónicamente, en aquellos últimos sórdidos años del mayor ladrón y asesino del último tercio del siglo veinte.

Todo pasa. A Moratinos se le murió el bien pagado caudillo terrorista. Y hubo de cambiar de padrino. Los hermanos Castro eran la única reliquia viva de aquel universal despotismo en cuya construcción cayera a plomo el imperio soviético. Allá que se fue el ministro de Zapatero.

Cuba, la Cuba castrista, era eso a lo cual Aristóteles hubiera llamado su «lugar natural», aquel en el cual algo reconoce su propia esencia y a lo cual retorna siempre: moral, política y retóricamente, es el sitio natural de Moratinos.


Un muerto de hambre agoniza a cuatro pasos. Al ministro español, eso le trae, por supuesto, al fresco.

Ni más ni menos que al fresco le traían las cuentas personales de Arafat en Suiza, aquellas que desencadenaron la hilarante batalla entre viuda y lugartenientes del caudillo, tras su nunca aclarada extinción parisina.

Fariñas se muere, anclado en su perseverante exigencia de libertad para los enfermos presos políticos. Moratinos, en entrañable arrebato, le larga al desdichado un preclaro consejo: «Lo mejor para él es que abandone la huelga de hambre». Hubiera podido, ya de paso, escupirle a la cara, pero no lo ha hecho. En realidad, ni siquiera se ha acercado al lugar en que agoniza para carcajearse un rato. Es un detalle. Si Fariñas va a morir, mejor no hacerle pasar el trago de aguantar la burla.

La burla de quienes pavonean por la arruinada isla sus trajes caros, sus divisas, sus fantásticos negocios hoteleros con la banda de criminales que desangra a los cubanos desde hace ya algo más de medio siglo.

Moratinos sabe que hay un dineral en beneficios para cuatro sinvergüenzas con pasaporte español, al benévolo precio de lamer las botas del Comandante. Y además están las fotos. Al costado de un dictador con sesenta años de ejercicio, cualquier cosa parece algo. Incluso un hombre.


No son pocas las infamias que acumuló la diplomacia española en el último siglo. Su defensa del castrismo es la más perseverante. Atravesó los largos años de la dictadura, cuando todos los azules veían en aquellos tipos de uniforme verde oliva y letanía «patria o muerte», el calco de sus propias frustraciones: idéntica la consigna, idéntico el culto de los revólveres, más idéntico aún ese odio hacia la democracia en general y hacia la norteamericana en particular, que —acento caribeño aparte— hacía indistinguibles las arengas de Girón y las de Castro.

Surcó intacta la transición y se fosilizó en la democracia: a Castro lo amaron indistintamente Suárez y González, Zapatero y Fraga, izquierda, derecha, centro, extremos todos de cualquier tipo, moderadísimos de la tendencia que fuere…

No será un muerto más lo que le amargue el son cubano a Moratinos. Ni Hamas quien le impida luego dar lecciones a Israel de democracia.
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