17 de octubre de 2013

Oscar Hijuelos, el primer hispano en ganar el Premio Pulitzer


 
Oscar Hijuelos, 
el primer hispano
en ganar el Premio Pulitzer


Por Eduardo Lago,
Reproducido de El País, Madrid

Oscar Hijuelos (1951), el más importante entre los escritores hispanos de Estados Unidos, de 62 años, falleció el sábado en Nueva York, su ciudad natal, mientras jugaba un partido de tenis. Se desplomó sobre la pista, y no volvió a recuperar la conciencia. Hijuelos, de origen cubano, se crio y educó en Manhattan, escenario principal de la mayor parte de sus obras. Su corpus novelístico es el más sólido y logrado de la literatura hispano-norteamericana. Al igual que ocurre con la mayoría de los escritores latinos de los Estados Unidos, su lengua literaria era el inglés. Cursó estudios universitarios en City College, institución académica de estudios superiores perteneciente al sistema público que goza de gran prestigio en la ciudad.

Su primera novela, un texto de carácter autobiográfico, Nuestra casa en el fin del mundo (1983), llamó la atención por la elegancia del estilo y el control de la técnica y la estructura, pero sobre todo por la fuerza interna de los personajes. Gracias a Hijuelos, el mundo literario norteamericano cobró conciencia de la existencia de una comunidad cuyas voces se tendía a ignorar. Seis años después, con la publicación de Los reyes del mambo tocan canciones de amor, Oscar Hijuelos situó en el mapa literario de su país a los escritores hispanos de Estados Unidos, quienes llevaban 150 años produciendo textos de relieve, pero jamás trascendían los límites de sus comunidades.

La concesión del Premio Pulitzer a Los reyes del mambo... tuvo el efecto de abrir las puertas del reconocimiento a otros escritores latinos, como Sandra Cisneros, Cristina García, Julia Álvarez o Francisco Goldman. Traducida a más de treinta lenguas, Los reyes del mambo... fue la primera, y hasta ahora única obra literaria latina en ser reconocida como miembro del elusivo y exclusivo canon de la gran novela americana. A diferencia de otros escritores, cuya fuerza se apaga tras el fulgor del primer o segundo título, Hijuelos siempre mantuvo un altísimo nivel de exigencia y calidad con cada nueva entrega narrativa. La intimista Las Navidades del Señor Ives (1993), la monumental Las catorce hermanas de Emilio Montez-O'Brien (1995), o la conmovedora y sobria Una sencilla melodía de La Habana (2002) son novelas de primera magnitud.

Los reyes del mambo tocan canciones de amor, su obra más representativa, lleva a cabo una formidable reconstrucción de la escena musical neoyorquina en la década de los cincuenta, cuando la música latina hacía furor no solo en Nueva York, sino en todo el país. El libro, estructurado como un elepé que divide la sustancia narrativa y musical en dos facetas (cara a y cara b) es la crónica de la lucha por la supervivencia de los hermanos César y Néstor Castillo, quienes logran ocupar el centro de la escena de los clubes neoyorquinos, convertidos en los reyes de un nuevo estilo musical. La novela es, además de la crónica de una época y una ciudad, la historia de la trágica peripecia personal del protagonista, César Castillo.
Cuando se publicó causó asombro, además de por su virtuosismo, por el rigor de la reconstrucción histórica y cultural del Nueva York latino. Hijuelos era un hombre tímido y solitario. Cuando Los Reyes del Mambo se convirtió en un éxito internacional y fue llevada a la pantalla en una película protagonizada por Antonio Banderas y Armand Assante, el legendario Roseland de Nueva York se disfrazó por un día del Club Tropicana.

Mientras todo el mundo bailaba el mambo y se divertía, el escritor observaba la escena en lo más apartado de una barra, al fondo del local. Me acerqué a preguntarle qué le hacía sentir todo aquello. “He puesto a un montón de gente en marcha”, me dijo, mirando al suelo. Tenía razón, pero no solo allí: toda la tradición literaria hispano-norteamericana está en deuda con él. Su última obra, publicada en 2011, es un libro de memorias titulado Pensamientos sin cigarrillos. Con la misma fuerza inconfundible que desplegaba en su ficción, Hijuelos ilumina, a través de sus memorias, la vida de toda la comunidad del Alto Manhattan de la que formó parte.

Eduardo Lago, Novelista y crítico literario. Acaba de publicar Siempre supe que te volvería a ver, Aurora Lee (Malpaso).

Remitido por Gladys Gutiérrez

Frase de sabiduría


15 de octubre de 2013

El legado de Laura Pollán



El legado de Laura Pollán

Por Yoani Sánchez
(16 de octubre de 2011)

Hace ocho años, Laura Pollán era una maestra que vivía con su marido, Héctor Maseda,  líder del proscrito Partido Liberal Cubano. A pesar de las vicisitudes de vivir en un país donde la oposición al gobierno es castigada, la familia trató de vivir una vida normal en su pequeña casa de la calle Neptuno en La Habana. Pero una mañana, temprano, un insistente llamado  a la puerta cambió sus vidas irrevocablemente.

Después de una búsqueda exhaustiva y un juicio sumario, Maseda y sus compañeros fueron encarcelados y condenados a 20 años de cárcel, acusados de actuar contra la seguridad nacional. Su crimen: imaginar una Cuba diferente, oponerse políticamente a las autoridades y expresarlo por escrito.

Setenta y cinco figuras de la oposición fueron detenidas y condenadas durante aquel triste marzo de 2003, un tiempo que siempre será conocido en la Historia de Cuba como la Primavera Negra. El gobierno cubano esperaba que este golpe a la oposición convencería  a otros ciudadanos a abandonar las filas de los agitadores. Sus funcionarios también creyeron que las mujeres, las madres y las hijas de los prisioneros políticos permanecerían calladas para no causar más problemas a sus seres queridos. Nunca anticiparon que estas mujeres se unirían para  denunciar públicamente las detenciones y encarcelamientos. Cada cálculo político producto de su arrogancia de poder les resultó equivocado.

Así fue que nacieron  las Damas de Blanco, un grupo de  mujeres que a través de  una lucha pacífica exigieron y alcanzaron  la liberación de todos los prisioneros de conciencia. Al principio parecía un movimiento diminuto, desunido, considerando las largas millas que separaban a una mujer de la otra. Pero la indignación de las damas funcionó como un elemento de unificación, con sus marchas por las calles de La Habana, cada una vestida de blanco llevando un gladiolo, domingo tras domingo durante más de siete años.   Una voz se destacó entre ellas, él de una mujer diminuta de ojos azules que enseñaba español y  literatura a adolescentes.

Laura Pollán surgía como la portavoz y la líder de las Damas de Blanco que pedían por derechos humanos y la liberación de sus familiares. En un país  siempre zarandeado por la polarización de un discurso ideológico, las Damas de Blanco fueron diferentes desde su inicio. En vez de plataformas de partido, estas mujeres mostraron sólo el deseo de abrazar a sus amados. No decidieron organizarse alrededor de una doctrina, sino más bien alrededor de la posición inexpugnable del afecto familiar. Así ganaron simpatía entre la población de la isla, y esto, desde luego, provocó que las autoridades lanzaran una campaña de difamación e insultos contra ellas.

Si hay un grupo que haya sido denigrado hasta el extremo en los medios de comunicación cubanos, es el de las Damas de Blanco. El régimen ha lanzado una   guerra propagandística contra estas mujeres, con el apoyo de actos de intimidación.  “Actos de repudio”,  turbas  "espontáneas"  les gritaban insultos  y hasta las golpeaban.  Hicieron de la casa  de Laura Pollán su objetivo principal.  Los  periodistas oficiales les llamaban  "las Damas en Verde",  alusión al apoyo económico que  recibían de cubanos en el exilio  para poder llevar  alimentos a sus maridos encarcelados. Mientras tanto, el gobierno cubano no vacilaba  en sufragar toda  clase de ataques políticos;  dinero que podría haber sido usado en beneficio de los cubanos,  gastado para denunciar  cada centavo que llegaba a las manos de estas mujeres necesitadas.

La prensa nacional siguió denigrando a Laura Pollán aún el 7 de octubre, cuando   era admitida en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de La Habana con intensos dolores,  dificultades respiratorias  y debilidad extrema. Considerando la seriedad de su estado, representantes gubernamentales preguntaron a su familia si la paciente podía ser transferida a una clínica de lujo diseñada para los militares. Laura Pollán dijo antes de perder la conciencia en un coma inducido,  «quiero quedarme en el hospital de la gente.» Y allí murió el 14 de octubre, después de un retraso de cinco días en diagnosticar como dengue su fiebre, en un país que ha estado experimentando un brote intenso de esa enfermedad durante meses.

Mientras los periódicos en el mundo entero reportaban la muerte de Laura Pollán, Granma, el periódico oficial del Partido Comunista, y todos los periódicos de las provincias de Cuba permanecieron callados. Esta reacción era esperada, considerando la mezquindad de un gobierno que no puede sentir   compasión por la muerte de un opositor. El régimen de Castro nunca ha sido capaz de hacer una pausa en su belicosidad, nunca ha sido capaz de ofrecer condolencias. Pero este silencio también se derivó de su miedo a esta pequeña profesora de español, miedo que enmudece, incluso ahora,  las gargantas de sus funcionarios.

La líder de las Damas en Blanco está muerta, pero ya nadie en Cuba  llevará alguna vez en sus manos un gladiolo  sin pensar en Laura Pollán.

Reproducido de The Washington Post.

Teresa de Jesús, vida



Santa Teresa de Jesús:
Vida

Teresa de Jesús, es sin duda la gloria más preclara de la ciudad de Ávila, en la que nació, pronto van a cumplirse quinientos años, el 28 de Marzo de 1515, miércoles para más señas y a las cinco de la mañana como anotó su padre D. Alonso Sánchez de Cepeda, hijo de Juan Sánchez, un judío toledano converso y buen comerciante, que se traslada a vivir a Ávila donde se casa su hijo, primero con Doña Catalina del Peso y luego fallecida ella, en segundas nupcias con Doña Beatriz de Ahumada. 

Matrimonio cristiano, ejemplar y virtuoso del que nacieron ocho hermanos a Teresa, que sumados a los tres del primer matrimonio cuadran la cifra que la propia santa nos da el decir que “éramos tres hermanas y nueve hermanos”, resultando ser Teresa, según propia confesión, que así se sentía, la más querida de su padre y hermanos.

Y nada digamos de su madre que encontró en la hija su mejor amiga y confidente, compartiendo con ella sus devociones y gustos, como el de la lectura. Primero de las vidas de los santos, que propician el deseo de Teresa de irse a tierra de moros, buscando el martirio por parecerle que los mártires comprobaban muy barato el ir a gozar de Dios. Y luego de los libros de caballerías, donde también aprenderá el galanteo, que no tardará en practicar con sus primos al entrar en su adolescencia.

A la que llega tras pasar la dura prueba de la orfandad, con la muerte prematura de Doña Beatriz, a sus 33 años, cuando Teresa apenas había cumplido los 13.

Llevada por su padre a las Agustinas de Gracia, para cortar más de raíz la relación citada con los primos, empezará a sentir la llamada a la vida religiosa. 
Vocación que madura con sus lecturas y reflexiones que le impulsan a huir de casa ante la negativa de su padre, a darle su consentimiento, ingresando en 1535 en el convento Carmelitano de la Encarnación, mientras los hermanos varones se marchan a la América recién descubierta, en busca de gloria y hacienda.

Y en su convento vivirá feliz 27 años, siendo siempre, eso sí, el centro de la atención y el afecto de familia, monjas y seglares, y dándose ardorosamente a la virtud, tras su conversión en 1554.

Alcanzada su madurez humana y espiritual, a sus 47 años, buscando el seguir con mayor perfección el llamamiento que el Señor le había hecho y ayudar a la Iglesia con su oración y encerramiento, funda en 1562 el convento de San José en Ávila, al que luego seguirán otros catorce, recorriendo los caminos de Castilla y Andalucía, interviniendo también directamente en la fundación de los primeros conventos de descalzos, como Duruelo y Pastrana que se deben a su iniciativa.

Por si no fuera bastante, en los escasos tiempos que le deja su quehacer de fundadora, escribe sus libros, cumpliendo con la obediencia que le imponen sus confesores, y un sin fin de cartas con las que gestiona la vida, los problemas, las inquietudes de los conventos, de los frailes y monjas, de los amigos que forman su familia y su entorno.

Finalizada la fundación de Burgos en 1582, morirá en Alba de Tormes, el 4 de Octubre de ese mismo año, maltrecho el cuerpo pero entero el espíritu, cuando iba camino de Ávila, donde estaban sus raíces y le esperaban sus monjas de San José de donde era priora. Porque Ávila fue su cuna y allí cada piedra evoca hoy su memoria porque nadie ha honrado como Teresa su nombre y su historia. Y de hecho, va tan unido a su existencia que con razón también, aunque nacida Teresa de Cepeda y Ahumada se le llama Teresa de Jesús de Ávila.

http://www.paravosnaci.com